“Todavía tenemos miedo a repartir, el virus sigue ahí”

Los repartidores a domicilio recuerdan la soledad de las calles en lo peor de la pandemia y lamentan el olvido de sus reivindicaciones en la nueva normalidad

Repartidores de comida trabajan por las calles de Barcelona.
Repartidores de comida trabajan por las calles de Barcelona.JUAN BARBOSA (EL PAÍS)

En las primeras semanas del estado de alarma, fueron de los pocos que podían salir a las calles. Pasaban el día pedaleando o en moto, de arriba abajo para entregar los pedidos que otros, los confinados, hacían mediante una aplicación del móvil. Fueron considerados como “imprescindibles” o “esenciales” por su labor de reparto, pero cinco meses después, algunos repartidores a domicilio siguen denunciando su situación precaria, tanto por la naturaleza de su actividad en el ámbito laboral —trabajan bajo el régimen de autónomos pese a que el modelo ha sido cuestionado en los juzgados—, como por seguridad frente a la pandemia.

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La semana que empezó el estado de alarma, Daniel —nombre ficticio— fue a Rubí y Sant Cugat para trabajar de repartidor mediante la plataforma Glovo. Vive en Sant Feliu de Llobregat, pero cuando decidió trabajar de repartidor, le dijeron que había lista de espera en su municipio y en muchos otros del área metropolitana, y le recomendaron que probase suerte en las nuevas ciudades en las que Glovo estaría operativo. Dos trenes y un buen rato después de salir, se subía a la bici para empezar su jornada.

“La primera semana ya la mayoría de restaurantes cerró, y la faena bajó mucho, hasta el punto de que no me salía a cuenta ir”, recuerda. Aquellas primeras semanas también estuvieron marcadas por el exceso de celo de la policía, que le llamó la atención en varias ocasiones por estar esperando en la calle a que saliese un pedido: “Teníamos un certificado conforme podíamos trabajar, pero la policía presionaba mucho”.

El miedo por la salud también fue constante. “Nos dieron una mascarilla quirúrgica y unos guantes de plástico, y ya. La mayoría de pedidos son de gente joven que no quiere tomar riesgos, pero los tomamos nosotros, y había miedo, y todavía lo hay, cuando tocas el timbre, la puerta. El virus sigue ahí”, destaca. Glovo y Deliveroo defienden que han dado mascarillas y guantes a los repartidores, y que emprendieron una batería de medidas para protegerlos frente al coronavirus.

La caída de la actividad desanimó a muchos, que ya normalmente tienen dificultades para llegar a tener un sueldo aceptable a fin de mes. “Hace dos meses me desvinculé, sentía que estaba pagando por trabajar, y digo yo que lo normal es que se trabaje para cobrar. Mantengo la cuenta abierta por si acaso”, explica Nasir, que repartía en Barcelona y ahora trabaja en un restaurante. Isaac, un conocido rider que lleva mensajes reivindicativos en su mochila, también lo ha dejado y se ha ido a trabajar a las Islas Baleares.

La rotación de repartidores en plataformas como Glovo, Deliveroo, Stuart o Uber Eats, todas las que comparten el mismo modelo laboral, es muy habitual. Suele coincidir con el momento en el que los repartidores ya llevan un año o un año y medio trabajando, y les va subiendo la cuota de autónomos después de perder la bonificación por ser la primera actividad en este régimen laboral. Es el caso de Daniel, que trabaja unas 40 horas semanales y cobra entre 1.100 y 1.200 euros al mes, a los que hay que descontar la cuota de autónomos (cuyo importe sin bonificaciones y con la base mínima es de 286,1 euros) y los gastos de material y reparación del vehículo. Hace unas semanas, este repartidor tuvo un accidente al chocar con un coche. “Hay un seguro que te paga a partir del séptimo día que no puedes trabajar y hasta 30 días. Luego, estás sin nada, sin cobrar”, explica.

Algunos repartidores y asociaciones como Riders x Derechos han denunciado en los últimos años este modelo laboral. Consideran que entra en la categoría de “falsos autónomos” y han llevado el caso a los tribunales. El resultado ha sido desigual, con sentencias a favor y en contra del modelo. Los tribunales superiores están empezando a unificar criterio con sus sentencias y a considerar que estos repartidores tendrían que ser en realidad trabajadores por cuenta ajena, un criterio que también ha seguido la Inspección de Trabajo. La polémica no ha parado por la pandemia, en la que hubo manifestaciones de repartidores que pedían mantener la flexibilidad del modelo y continuar siendo autónomos.

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Josep Catà Figuls

Es redactor de Economía en EL PAÍS. Cubre información sobre empresas, relaciones laborales y desigualdades. Ha desarrollado su carrera en la redacción de Barcelona. Licenciado en Filología por la Universidad de Barcelona y Máster de Periodismo UAM - El País.

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