Club Riviera en Castelldefels

Los últimos vestigios del Riviera

Las excavadoras trabajan para acabar de demoler el que fuera el mayor prostíbulo de España reducido ahora a montañas de escombros

Aspecto del solar en el que se erigía el club Riviera, en Castelldefels. / ROBERTA BOSCO
Aspecto del solar en el que se erigía el club Riviera, en Castelldefels. / ROBERTA BOSCO

Cuando las gigantescas excavadoras eliminen los últimos cimientos, ya no quedará nada del Hotel Riviera que durante casi 15 años tuvo el dudoso honor de ser el mayor prostíbulo de España. Aún no se sabe que se construirá en la gran explanada que estos días se ha convertido en la meta del peregrinaje de los vecinos y en el decorado para innumerables selfies. Los trabajadores dicen que la propiedad ya tiene el permiso para construir un hotel, pero dada la situación generada por la pandemia, es posible que modifique el proyecto apostando por un edificio de viviend

as o un supermercado. Aun derribado, el Riviera continúa envuelto en el misterio.

Situado en la C-31, la autovía de Castelldefels, a unos 500 metros del Canal Olímpico, el Riviera funcionó como hotel hasta mediados de los 90 cuando fue vendido para convertirse en club con habitaciones. En su época dorada, cuando incluso recibía autobuses de turistas, el célebre burdel llegó a acoger más de 150 trabajadoras y se decía que su facturación superaba los 16 millones al año. Su presencia en Castelldefels motivó la aparición de nuevos negocios, el incremento de la flota de taxi y la multiplicación de peluquerías y esteticistas, pero también protestas vecinales y graves episodios de corrupción que salpicaron a la policía y al Ayuntamiento y finalmente motivaron su cierre en 2009, junto con el hotel Saratoga, otro prostíbulo cercano.

Los propietarios fueron condenados a penas de casi 10 años por la Audiencia de Barcelona. El Supremo después redujo esa condena a dos años y rebajó notablemente las de los policías implicados en la red que protegía a los prostíbulos a cambio de regalos.15 acusados fueron absueltos. El Ayuntamiento le retiró la licencia por su proximidad a centros escolares al mismo tiempo que la Audiencia Nacional vetó su venta al investigar el patrimonio de sus dueños en otra causa posterior.

Debido a esta prohibición y a la crisis que afectó al sector de la construcción, el Riviera permaneció más de 10 años en el abandono. Primero fue saqueado a conciencia y según los vecinos este fue el periodo más peligroso, ya que durante su etapa como burdel, un ejército de vigilantes se encargaba de que todo pasase en silencio y de puertas para dentro. Durante años, los vecinos vieron como sus instalaciones, desde los sanitarios hasta elementos de hierro pasando por cables eléctricos, eran desmanteladas durante la noche. Todo lo aprovechable fue robado, mientras la basura se acumulaba y colonias de gatos y ratones se adueñaban del lugar.

Los grafiteros empezaron a usarlo como terreno de aprendizaje y los exploradores de lugares abandonados que encierran historias truculentas y misteriosas lo convirtieron en un lugar de referencia. En YouTube hay decenas de vídeos que recogen sus recorridos diurnos y sobre todo nocturnos con incidentes y sustos incluidos en tiempo real, cuando los exploradores se topaban con algún que otro huésped imprevisto.

Todo esto pasó hasta que a finales de febrero empezó la demolición, que se interrumpió abruptamente el 13 de marzo cuando la pandemia detuvo nuestras vidas. El Riviera transcurrió sus últimos meses en ruinas y con las tripas abiertas hasta hace dos semanas cuando los trabajos fueron reanudados y rápidamente lo convirtieron en una montaña de escombros. Una vez más se habla del Riviera en el barrio y en la prensa, pero esta vez es para especular sobre el futuro del solar. Hay incluso quien confía en un proyecto que prevé abrir comercios y pacificar la C-31, para hacerla de un solo carril de modo que se pueda cruzar como antaño. De todos modos harán falta muchos años más para que se pierda del todo el recuerdo del prostíbulo que fue.


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