España vacía

Las dos caras del premio millonario en Mayorga de Campos

El sorteo del Euromillones deja 145 millones de euros en una zona rural de Valladolid que teme que los agraciados se jubilen y reduzcan la actividad en los pueblos

Mayorga de Campos (Valladolid) - 08 jul 2020 - 15:19 UTC
Una peña de amigos celebra en Mayorga, en el bar La Central, que les ha tocado 144 millones de euros en los Euromillones.
Una peña de amigos celebra en Mayorga, en el bar La Central, que les ha tocado 144 millones de euros en los Euromillones.JAVIER ÁLVAREZ

Un ángel iluminado ha traído a Mayorga de Campos (Valladolid) la cantidad de ciento cuarenta y cuatro millones quinientos cuarenta y dos mil trescientos quince euros, una cifra que en Mayorga se resume como “un pastizal” para no quedarse sin aliento al pronunciarla. En cifras, 144.542.315 euros. Ángel Iluminado Alonso regenta el bar La Central y su administración de apuestas, donde se jugó la combinación de números en el sorteo del Euromillón que ha agraciado con unos ocho millones de euros —una vez Hacienda se cobre su 20% reglamentario— a cada uno de los 14 vecinos que jugaron. El martes por la noche se quedaron patidifusos al saberse millonarios y el miércoles lo han celebrado con champán, cerveza, vino y todo lo que pudiera refrescar las gargantas de un pueblo de 1.700 habitantes acechado por la despoblación y la pérdida del trabajo rural que da de comer a la zona.

Ángel se atusa el bigote y sonríe orgulloso: todos quieren hacerse una foto con él, con el cartelón que anuncia el premio y, de paso, que pague una ronda. Este antiguo esquilador que colgó las tijeras y se pasó a las barras tiene decidido que su primer “capricho” será viajar a Nueva Zelanda. Apenas puede explicar, entre tanta alabanza, que de la bendita secuencia, compuesta por el 41, 33, 23, 12, 16 y las estrellas 8 y 10, apenas dos números tienen un significado especial. Los demás eran fruto de un azar que ha revolucionado Mayorga. El dueño del local donde se ha repartido fortuna, Nicolás Martínez, se ve millonario con 75 años y lo único que le importa es estar con su familia: “Después, ya veremos”. Este señor es uno de los que contribuyó a comprar el boleto que les ha cambiado la vida.

El diluvio de millones pone una sonrisa en el rostro de una realidad perenne en el ámbito rural castellanoleonés, castigado por la despoblación y el abandono. Cuenta Marcos Pérez, de 62 años y propietario de un matadero, que el único dinero europeo que conocían en Mayorga era el de la Política Agraria Común. La joven Raquel Lezcano, de 22 años, también participa del premio y no sabe ni qué hará con tanto billete. Sigue trabajando a destajo, sirviendo cafés y consumiciones a una parroquia enfervorecida. El contrato de arrendamiento vence en dos años y ya habrá tiempo de pensar cómo invertir estos fondos.

El discurso de los distintos ganadores que se dejan caer por La Central coincide: familia, cabeza y salud. Algunos apenas se detienen unos minutos antes de seguir con la jornada laboral. El carácter de aquellos que llevan décadas trabajando les pide cautela y reunirse con los suyos para decidir a qué dedicarlo. David Magdaleno, eterno centrocampista de ese aguerrido equipo de fútbol de Mayorga imbatible en su campo, celebra que su padre ingrese en el cupo de nuevos millonarios y bromea con comprarle parte del Real Valladolid a su presidente, el mítico Ronaldo Nazario. El alcalde, su hermano Alberto Magdaleno (PP), aspira a que su boda, aplazada por la pandemia, trascurra en un contexto más halagüeño que en lo que va de 2020: tanto él como su pareja habían perdido el empleo. Ahora bien, teme que tras la buenaventura venga la ruina para ese pueblo encajado en la comarca de Tierra de Campos, caracterizada tanto por su pan como por el amarillo de sus campos.

Los ganadores tienen ya una edad, como la mayoría de los residentes en la zona, y regentan negocios pequeños como la panadería, una metalurgia o bares. Tanto el regidor como Mario Medina, que gestiona otra taberna mucho menos efusiva, recelan de que el premio anticipe las ganas de jubilación de estos veteranos emprendedores y nadie prosiga su linaje, adelantando así la velocidad de decadencia de un lugar donde antaño había 500 inmigrantes que vivían del campo. La crisis los espantó y ahora la cantidad es muy inferior. “Esta es la realidad del medio rural”, reconoce Magdaleno.

La comunidad búlgara abundaba entre los extranjeros e incluso hay dos tiendas de productos del este de Europa. Diyana Dimitrova despacha en una de ellas, llena de carteles en cirílico que contrastan en el paisaje castizo con motivos taurinos de Mayorga. “Que disfruten con salud”, pide, y ruega para que este potosí revista beneficios para la localidad. La joven Elsa Pérez, cajera en un pequeño supermercado, recalca el valor de que el dinero se quede en el pueblo, harta de ver cómo sus compañeros de quinta se marchan al carecer de oportunidades.

La decisión saldrá del bolsillo de aquellos que siguen disfrutando en los soportales de la plaza de España, delante del Ayuntamiento. La tragaperras acaricia con unas monedas a quien la fortuna europea no abrazó; la euforia dificulta mantener la distancia reglamentaria en un pueblo donde el coronavirus no apareció y el único enfado procede de un señor que refunfuña porque uno de los premiados no le ha dado la mano “por si acaso”.

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