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LA IMAGEN
Columna

La inminencia de algo

Juan Carlos I posa con la infanta Elena, un grupo de toreros y sus cuadrillas el pasado el 5 de abril en Sevilla.Comunicación Lances de Futuro

He aquí una naturaleza muerta a la que solo le falta, como recordatorio de la corrupción, la mosca posada sobre la fruta más madura del conjunto. Una de esas moscas tan bien pintadas que dan ganas de espantarlas con la mano. Me vienen a la memoria las pinturas de Sánchez Cotán con sus coles suspendidas en la penumbra, perfectas, pero también a punto de pudrirse. Recuerdo algunas naturalezas muertas del Museo del Prado, donde la fruta brilla con el fulgor sospechoso del oro de los trajes taurinos. Esa capa de barniz sobre la muerte.

Hay en este género pictórico, además de racimos de uva y cacharros de cocina, tiempo detenido, aire rancio: la respiración agónica de lo que no dura. Se aprecia el momento inmediatamente anterior al deterioro, que es el verdadero asunto del cuadro, porque toda naturaleza muerta es una naturaleza a punto de fermentar y oler.

La fotografía de Juan Carlos I rodeado de toreros pertenece a esa tradición, aunque haya sido tomada siglos después y con otro tipo de pigmentos. No hay fruta, pero hay carne. No hay mosca visible, pero se la presiente. Los ternos, las sonrisas, las posturas, todo está dispuesto con la precisión de un bodegón clásico, como si alguien hubiera solicitado a los personajes que no respiraran para no estropear la composición. Pero, igual que en las pinturas antiguas, lo que interesa no es la quietud, sino la inminencia de algo. Esa fotografía, como los membrillos de Sánchez Cotán, se descompone mientras la miramos. Y uno busca la mosca, convencido de que, cuando la encuentre, entenderá el sentido último de la escena. Y de la vida.

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