¿De verdad hoy todo es neurodivergencia?
Ante el volumen de vídeos en redes sociales que diagnostican desde autismo hasta TDAH en menos de un minuto, conviene recordar que las etiquetas no siempre son inocuas
En los últimos años, la salud mental ha saltado del ámbito clínico a las conversaciones cotidianas y, sobre todo, a las redes sociales. TikTok, Instagram y YouTube se han convertido en una nueva fuente de “evaluación psicológica”, donde los diagnósticos se explican en vídeos de 30 segundos y la palabra neurodivergente aparece como etiqueta bajo miles de contenidos. El fenómeno tiene una cara positiva: la información llega a mucha gente que antes no tenía acceso a ella. Pero también una consecuencia preocupante: el autodiagnóstico indiscriminado y el uso inflacionario de etiquetas psicológicas que han perdido, en algunos casos, su verdadero significado.
Mateo, de 15 años, llegó a una consulta convencido de que tenía TDAH. Había visto varios vídeos donde se describían señales como “cambiar de interés rápido”, “aburrirse en clase” o “tener la cabeza llena de ideas”.
—Lo tengo clarísimo, soy neurodivergente —dijo en la primera sesión.
Tras una evaluación completa, se descubrió que no tenía un trastorno atencional, sino un nivel de ansiedad elevado, presión académica y un ritmo de sueño desordenado. Lo que había interpretado como un diagnóstico era, en realidad, una mezcla de estrés y sobrecarga emocional.
La palabra neurodivergente nació dentro de los movimientos de neurodiversidad para visibilizar a personas con autismo, TDAH, dislexia, discalculia y otros perfiles neurológicos distintos. Hoy, sin embargo, se ha extendido hasta convertirse en un paraguas donde cabe casi todo: “Soy neurodivergente porque soy muy sensible”. “Creo que soy neurodivergente porque me abruman las multitudes”. “Me cuesta concentrarme, seguro que soy TDAH”. En redes sociales, el hashtag #neurodivergente tiene millones de publicaciones. El problema no es el término en sí, sino su uso como etiqueta identitaria sin evaluación ni contexto.
Marina, de 32 años, estaba convencida de que era autista. Había encajado en todos los vídeos que veía: introversión, incomodidad social, gusto por la rutina, dificultad para improvisar. Pero en su historia clínica había algo que no aparecía en los vídeos: una infancia marcada por críticas constantes y un entorno rígido donde mostrar emociones era percibido como debilidad.
La evaluación confirmó que no era autismo, sino ansiedad social y un estilo de personalidad introvertido que durante años había confundido con algo más.
¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Por qué hoy todo es neurodivergencia? La cara oculta del fenómeno es que se banalizan los diagnósticos complejos. Muchos rasgos descritos como “señales de TDAH” o “indicios de autismo” son, en realidad, experiencias comunes bajo estrés. Por otro lado, también se invisibiliza a quienes sí necesitan apoyos: si toda diferencia se convierte en neurodivergencia, los perfiles que requieren intervención específica quedan diluidos. Todo ello deriva en que se crean unas identidades rígidas porque, mientras para algunas personas, la etiqueta funciona como alivio; para otras, se convierte en una jaula: “No puedo cambiar, es que soy así”. Por último, de esta manera se saturan los servicios educativos y sanitarios. La demanda de “diagnósticos exprés” crece, incluso cuando no corresponden clínicamente.
El hecho de que ocurra especialmente en adolescentes se debe a que son precisamente ellos los que tienen una mayor necesidad de identificarse con algo. Las etiquetas dan pertenencia y sensación de explicación. A ello se suma la exposición constante a contenido psicológico en redes y a un malestar emocional real y poco acompañado. Además, en las redes se cae en contenido que abusa de un lenguaje psicológico superficial, y al contacto con adultos que también se autodiagnostican, reforzando el modelo.
En la actualidad, la frase “creo que soy neurodivergente” es para muchos adolescentes lo que hace décadas era “soy raro” o “soy diferente”. La etiqueta tranquiliza… pero no siempre aclara.
¿Cómo reconducir el discurso sin invalidar la diversidad?
— Enseñar a diferenciar rasgos de diagnósticos: ser sensible, intenso o introvertido no es una condición neurológica.
— Promover valoraciones profesionales completas: una evaluación bien hecha no solo nombra, sino que comprende numerosas historias, contextos y necesidades.
— Recuperar el valor del matiz: no todo lo que duele es un trastorno. No toda diferencia es neurodivergencia.
— Educar en gestión emocional y pensamiento crítico.
— El interés por la neurodiversidad es positivo. Comprendernos es necesario y nombrarnos puede ser útil, pero solo si las palabras mantienen su sentido y no se utilizan como atajos emocionales. La diversidad humana es real, rica y compleja. No cabe en diagnósticos reducidos a vídeos de un minuto.


























































