Desplazamiento espiritual


He ahí un grupo de personas apelotonadas en forma de enjambre alrededor de esa especie de abeja reina religiosa. He ahí por tanto un enjambre de cabezas cada una de las cuales reúne un enjambre de 80.000 millones de neuronas. He ahí también un enjambre de manos que forman una cadena hasta alcanzar el cuerpo del líder sobre cuyos hombros recae la responsabilidad de matar con alegría a quien se le ponga por delante. He ahí, en fin, un grupo de pastores evangélicos pidiendo a Dios que Trump lo haga bien, que bombardee bien, que secuestre bien, que propague bien el sufrimiento por doquier. Demasiadas personas, demasiadas cabezas, demasiadas neuronas, demasiadas manos para la búsqueda de un fin tan miserable. Nos preguntamos qué pensarán en el cielo los enjambres de ángeles, arcángeles, principados, potestades, virtudes, dominaciones, tronos, querubines y serafines de la jerarquía celestial reunidos en torno a Dios.
El botón de un bombardero es para muchos una extensión lógica de la fe. La oración se especializa. Las manos tocan con suavidad el cuerpo del líder, pero se mantienen alejadas de los cuerpos desgarrados por la metralla. Se mata con educación, se mata de traje azul y con corbata, mientras se supervisan las obras del gran salón de baile del ala este, o del oeste, ahora no caigo, de la Casa Blanca. La distancia convierte la violencia en abstracción y la abstracción en trámite burocrático. Usted y yo, ingenuos espectadores de este rito insectoide, sentimos un desplazamiento espiritual que nos asoma a una de las formas contemporáneas del espanto.
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