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Cómo gestionar el duelo por un animal que se va

La muerte de un animal querido no conlleva rituales ni condolencias y hay quien se extraña de nuestro dolor. Pero tras ella se activan complejas reacciones psicológicas

Duelo mascotas

Recuerdo un taller de teatro con Uta Hagen en Nueva York. En medio de una escena intensa, una joven actriz se congeló, frustrada. Su personaje acababa de perder a su madre y no conseguía encontrar la emoción necesaria para encarnar ese dolor. “Nadie ha muerto nunca en mi vida”, dijo. “No puedo sentir ese dolor”. Uta la miró con incredulidad: “¿Nadie? ¿Nunca has tenido una mascota?”. Fue como si hubiera pulsado un detonante emocional. La joven rompió en llanto al recordar a su gata de la infancia, muerta años atrás. Ahí estaba el duelo, latente, esperando ser reconocido. Esa escena se me quedó grabada. Quizás porque yo también lloré la muerte de Mafalda, una caniche toy, como se llora la pérdida de un familiar.

Estuvo a mi lado durante 16 años, desde mi adolescencia hasta mis primeros pasos en la Medicina. Cuando murió, yo estaba lejos, terminando la especialidad. No pude tenerla en brazos en sus últimos momentos y esa ausencia dejó una sombra de culpa, como si la hubiera abandonado. No solo dejó un vacío físico en casa, también desapareció una presencia constante. Como escribe Wallace Sife en The Loss of a Pet (la pérdida de una mascota), el vínculo con un animal de compañía es una relación psicológica compleja, arraigada en nuestra necesidad de apego y ternura. Sife, fundador de la Asociación para la Pérdida y el Duelo de Mascotas, afirma que esta pérdida puede acarrear un golpe emocional único, a veces más intenso que el que sufrimos por la muerte de un ser humano. También señala que puede reavivar pérdidas anteriores, amplificando el dolor presente con ecos del pasado. Sin embargo, muchos tienden a minimizarlo: “¡Pero si solo era un gato!”, dicen, como si el sufrimiento dependiera de la especie.

A menudo es un duelo sin ritual: no hay velatorios, ni condolencias ni días de permiso. Lo que queda es un cuenco que ya no se llena, un paseo que ya no se da y un profundo sentimiento de añoranza. En muchos sentidos, la mascota se vuelve depositaria de nuestro yo más íntimo, aquel que no compartimos con nadie más. En nuestro inconsciente, las identificamos como símbolos vivos de nuestra inocencia y de nuestros sentimientos más puros. Por eso, cuando mueren, sentimos que muere también una parte secreta y preciosa de nosotros mismos. Aun así, su presencia perdura: en los rincones, en los sonidos que percibimos.

Hay un aspecto que vuelve aún más complejo este duelo: la eutanasia. Pocas decisiones son tan desgarradoras como la de poner fin a la vida de un animal querido. Aunque suele responder a una obligación humanitaria —evitar la pérdida de calidad de vida y el sufrimiento—, el peso emocional es profundo. Postergar la decisión por miedo o por querer prolongar la compañía puede, paradójicamente, aumentar el dolor del propio animal. Como enfatiza Sife, es la enfermedad la que mata, no la compasión que permite aliviar el sufrimiento. Y, sin embargo, la culpa persiste, porque elegir el momento de la despedida es asumir un poder que nunca quisimos tener.

Los niños crecen, se independizan y nos sobreviven; las mascotas no. Tienen vidas más breves y dependen de nosotros hasta el final. Cuando mueren, desaparecen de golpe las rutinas que habíamos establecido con ellas y surge una tarea inesperada: decidir qué hacemos con sus restos y, sobre todo, asumir una nueva responsabilidad hacia nosotros mismos.

¿Cuánto tiempo dura este dolor? No hay criterios ni plazos. Lloramos tanto como hemos amado. El tiempo no borra los recuerdos ni la tristeza, pero sí atenúa el dolor reciente y ofrece la oportunidad de sanar. Sin embargo, algo de la herida permanece. Es normal sentirse abrumado, ya que cada pérdida provoca emociones complejas y particulares. La muerte de un animal supone un adiós, pero también una metamorfosis en nuestras vidas. Por eso, atravesar el duelo requiere atención: compartirlo con personas de confianza, escribir, recordar… Llorar sin vergüenza forma parte del proceso. Si el dolor es incapacitante, es recomendable buscar un grupo de apoyo o una terapia con alguien con experiencia en este tipo de pérdidas. Ese dolor es, en cierto modo, una celebración de la mascota que nos acompañó y cambió nuestras vidas. Neruda lo plasmó en su poema Un perro ha muerto: “… Y yo, materialista que no cree / en el celeste cielo prometido / para ningún humano, / para este perro o para todo perro / creo en el cielo…”.

Los animales y la familia Freud

— Desde Sigmund Freud y Anna, su hija, que encontraban consuelo en la compañía de sus perros, hasta su nieto Lucian, cuya musa más constante, el whippet Pluto, pervive en su obra pictórica, el vínculo con los animales ha sido un hilo conductor en la historia de la familia. Esther, hija del artista, le dedicó una oda a Pluto en la que le pregunta: “¿Sabías que mientras duermes él te dibuja? ¿Sabías que eres uno de los perros más famosos del mundo?”.

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