Relato de verano | ‘Unos ojos que parecían de plata’, por Lucía Lijtmaer

El elegido para salvar el planeta, el maestro para dar una nueva oportunidad a la humanidad, es un oficinista perdido en la rutina de su empresa en periodo vacacional

María Medem

Perdona por hacerte venir tan pronto hoy, especialmente teniendo en cuenta que no hay mucho que hacer en la oficina, ambos sabemos que está desierta y que hemos elegido quedarnos a trabajar en verano para que nadie nos dé el coñazo, ni los jefes, ni nuestras mujeres, yo te entiendo, tío, no tienes que darme explicaciones, a mí me pasa lo mismo. Ya vi que el otro día desviaste las llamadas de tu cubículo al móvil para irte al bar, no te preocupes, no diré nada, si yo estoy igual, si todos estamos igual. Lo malo de quedarse en la meseta a currar en agosto es que esto es un erial, no hay absolutamente nada que hacer, se siente como una condena perpetua. Ya sé que necesitas anestesiarte de la manera que sea, yo también lo hacía antes, antes de que todo cambiara. Por cierto, si lo necesitas tengo birras en la nevera del fondo, pero no le digas nada a Martínez porque si las descubre se acabó todo, el tío es una esponja, no tiene límite, si le pinchas una ojera te podrías hacer un cubata.

Bueno, me dejo de circunloquios. La cosa es que quería hablar contigo porque siempre he sentido que tenemos cierta conexión, ¿sabes? Quizás me equivoco, pero creo que no. A veces cuando te veo en las reuniones noto que estás ido, que no estás exactamente ahí. Perdona si soy brusco, pero somos dos tíos hechos, ya tenemos una edad. Lo que me pasa es que noto en tu mirada perdida que tú también crees que te has equivocado en tus elecciones. Para qué te voy a engañar, es eso lo que pienso. Se te ve en la cara, pareces preguntarte cómo hemos acabado aquí, aguantando a estos inútiles, día sí, día también, cómo hemos acabado en esta mediocridad. Sé que eso es lo que te pasa, porque es lo que me pasaba a mí. No sé exactamente cuándo se jodió tu vida, ya me contarás si te apetece, pero para mí era lo mismo: cada día de mi vida que llegaba a este polígono sentía que era una derrota más. No podía soportar más a Sanz y sus problemas con su chalet apareado, el fanatismo de Rodríguez por su equipo local, o si a Delgado su mujer se la chupa solo cada seis meses. Ninguno de ellos es especial, no hay brillo en nada de lo que hacen o piensan, su vida tiene la misma emoción que un táper recalentado.

Pero vengo aquí a decirte que no tienes por qué soportar eso más. No tienes por qué seguir viviendo así. No lo he hablado con ninguno de todos estos porque no lo entenderían, pero siento que contigo es distinto, porque veo el desprecio en tus ojos. Tú sientes que mereces algo más que todo esto, y es verdad, lo mereces. Estoy aquí para ofrecerte una vida mejor, si estás dispuesto a aceptarla, que creo que sí. Me estoy jugando mucho contándote todo lo que te voy a contar, pero a veces en la vida hay que arriesgarse, ¿verdad?

Te explico. Todo empezó hace apenas unas semanas, cuando tuve que ir a una de esas convenciones espantosas que montan en los hoteles del centro, uno de esos que tienen un carro de comidas de metal en la azotea a la que llaman foodtruck y una piscina del tamaño de un sello de correos, ya sabes, el tipo de cosas que ponen para que los guiris saquen fotos y las suban a Instagram. Tú te escaqueaste de ese evento, bien por ti, pero a mí me tocó ir con el resto de los comerciales a decir tonterías y beber gin-tonics a 12 pavos. A los más jóvenes les hace hasta ilusión todo ese simulacro. Aún creen que las copas son gratis, aún no se han enterado de que no hay nada gratis en esta vida. Bueno, la cosa es que estábamos ahí, hablando de balances y presupuestos con la com-petencia, midiéndonos las pollas, básicamente, cuando la vi. Qué barbaridad, fue como una aparición. Tenía el pelo rubio, casi blanco, de la consistencia del algodón de azúcar, y los ojos grises, de un gris tan claro que casi parecían fosforescer. Nunca había visto algo así, te lo juro. En un momento llegué a pensar que no podría ver con unos ojos tan claros, unos ojos que parecían de plata. Llevaba una copa de champán en la mano y miraba distraídamente a su alrededor, como si se aburriera, como si buscara algo. Sentí como si me hubieran golpeado en el estómago, quién coño era esa mujer y cómo se podía ser así, y cómo podían seguir todos con sus vidas a mi alrededor, haciendo como si todo fuera normal, ¿acaso no la veían? Era tan hermosa y tan extraña que parecía una flor de otro mundo, no sé cómo explicarlo.

Por fin, en un momento, cruzamos las miradas y sus ojos parecieron iluminarse como el mercurio líquido, y vino directa hacia mí. Me aparté un poco del grupo para recibirla, tenía muy claro que no pensaba compartirla con ninguno de los gañanes que me acompañaban, eso no iba a pasar. Cuando la tuve cerca fue aún más impresionante, su piel parecía brillar, no sé, parecía una sirena, sí, era eso, una sirena. Vas a pensar que te estoy tomando el pelo, pero te lo juro por mis hijos que son lo mejor que tengo que me dijo “llevaba tiempo esperándole”, y me tomó de la mano y justo en ese instante pasó algo entre su mano y la mía, una corriente extraña. De repente desaparecieron todos mis temores, todas mis angustias, sentí que sabía todo de mí y que todo iba a estar bien, pasara lo que pasara, como si pudiera leer muy adentro de mi alma con solo mirarme. Me llevó hasta un lado de la piscina y me susurró al oído: “Me dieron sus coordenadas físicas en la central, no sabe la alegría que me da que por fin haya llegado. Hace años que le espero, Maestro. No tenemos tiempo que perder, las instrucciones que me han dado para informarle son claras. Tiene que saber que en el extremo izquierdo de la piscina, justo debajo de la tercera baldosa, se abre una compuerta que conecta este espacio con la antigua central térmica de Sant Adrià de Besòs, la de las tres chimeneas. Hoy no podemos hacer nada porque esto está lleno de gente, es solamente una misión de reconocimiento. Pero en un par de semanas podremos usar este portal lumínico para llegar hasta allí. La central es nuestra base de operaciones, hemos montado todos los dispositivos necesarios para rearmarnos y comenzar la verdadera ofensiva para la liberación de la humanidad”.

Me miró con sus ojos de hielo blanco y su voz temblaba cuando dijo: “Todavía hay mucha verdad preciosa para ser revelada al pueblo en este tiempo de peligros y tinieblas, pero es el propósito determinado de nuestros enemigos impedir que los rayos de luz de la verdad penetren en el corazón de los hombres... Verdades preciosas, por largo tiempo ocultas, han de ser reveladas de una manera que pondrá de manifiesto su sagrado valor, oh, son sus palabras, Maestro, no sabe cuánto tiempo hemos estado esperándole”.

No sé muy bien qué pasó después, ni como salí del hotel, solo sé que desde entonces siento una paz profunda e intensa, una calma absoluta por haber encontrado mi destino. Por fin me siento completamente y absolutamente vivo. Yo sabía que todo lo otro, toda esta rutina, todo este día a día no podía ser real. La vida no podía ser esto, de ser así no merecía la pena. Yo sabía, en el fondo, que me esperaba algo mejor. Tenía que compartirlo con alguien, tío. Tenía que compartirlo contigo. Podemos vivir de otra manera. Sé que es difícil de comprender, lo entiendo. A mí también me costó, sobre todo al principio. Te sientes aturdido por la cantidad de información que vas a tener que manejar, no te gustará el peso de todas las responsabilidades que tienes que asumir, pero todo forma parte del proceso, de poder entender que lo que antes era blanco ahora es negro. Que lo que pensabas que está bien, está mal. Que el mundo real es otra cosa. Y es por eso por lo que hoy quiero compartir toda esta verdad revelada contigo.Porque ella me dijo que soy el elegido, ¿sabes? Y creo que tiene razón.


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