La cancha de básquet como lienzo terapéutico

Cabello y Gómez rehabilitan pistas con un enfoque social y coloridas geometrías

Ane Cabello y Cristina Gómez, creadoras de Jump The Line.
Ane Cabello y Cristina Gómez, creadoras de Jump The Line.Markel Redondo

Cada vez que la vitoriana Ane Cabello, de 25 años, y la madrileña Cristina Gómez, de 24, rehabilitan un campo de baloncesto, una de las primeras cosas que hacen junto a los voluntarios es marcar el suelo con tiras de cinta adhesiva. En este tipo de canchas siempre hay círcu­los y semicírculos, franjas perpendiculares y paralelas y otras figuras que enamoran a los matemáticos por su geometría. Y lo más importante en ese entramado son las líneas. La cinta adhesiva se usa para proteger su trazado y convertir la superficie de juego en un lienzo bien definido. “Paint the message” —pinta el mensaje—, dice la frase estampada en la sudadera que ha escogido Gómez para este día de sol tras varios de lluvia. Y el mensaje, en este caso, es la cancha. La cancha como símbolo de transformación. “El arte y el deporte como motores de cambio social”, se lee en la camiseta que lleva Cabello.

Para resucitar la cancha y el suelo del parque vitoriano en el que nos encontramos, Jump The Line, la asociación sin ánimo de lucro codirigida por esta pareja de amantes del baloncesto, recuperó las formas y tonalidades de un río que ya no está a la vista, donde se pescaba y se lavaba la ropa cuando en vez de edificios había huertos. Y en otro campo a 10 minutos de aquí, los triángulos y confetis que hay dibujados sobre un fondo negro triunfan entre los grupos de niños y niñas, y animan a los jubilados cuando hacen gimnasia.

El germen que inspiró estas intervenciones fue el proyecto Backboard, una iniciativa capitaneada por Dan Peterson, un exempleado de una de las franquicias de la principal liga estadounidense de baloncesto que se dio cuenta de la necesidad de recuperar los campos de los vecindarios, y de que el color es una especie de vibración que sientes por todo tu cuerpo. “Cuando llenas de color lugares grises, que han estado expuestos a procesos de degradación, generas dinámicas positivas”, explica Cabello. “Los conviertes en espacios más inclusivos. Haces que la gente se identifique con ellos”.

Los diseños que Cabello y Gómez plasman sobre el pavimento son obra de artistas locales y tratan de recoger el sentimiento respecto al entorno de cada colectividad con la que trabajan. Y las mallas para vestir los aros se las encargan a un fabricante que rescata las redes rotas de los fondos marinos gracias a las manos habilidosas de redeiras gallegas.

Cabello recuerda que, cuando intervinieron el parque donde nos hemos citado, una mujer solía invitarles a rosquillas y a café caliente para combatir el frío. Allí implicaron al Ayuntamiento, a algunos negocios, a otras organizaciones comunitarias, a un centro de mayores cercano y a dos centros educativos. Propiciaron diálogos intergeneracionales. Y los vecinos de toda la vida comenzaron a hablar con los inmigrantes del barrio. Y el pasado mes de febrero, en Madrid, en el colegio La Salle La Paloma, “se puso a pintar hasta la directora”, cuenta Gómez. Allí se ocuparon de un patio afectado por la onda expansiva de un inesperado escape de gas que destruyó un edificio contiguo y dejó cuatro muertos.

Desde el aire, a vista de pájaro, cada una de las canchas de baloncesto que han restaurado parecen cuadros: hipnóticos, a gran escala, casi simétricos. Envueltos en una quietud silenciosa y un tanto etérea. Pero lo que marca la diferencia después de un trabajo bien hecho —resume Cabello— “es que los vecinos se acerquen y te den las gracias”.

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