Lo que pueden hacer los buenos amigos

Ver a una persona querida pasar un mal momento genera impotencia. Nadie nos ha enseñado qué hacer en estos casos. Aquí, algunas pautas.

LAURA WÄCHTER

Tu amigo ya no es el mismo. Hace meses que le notas por teléfono algo triste, apagado, desanimado, menos hablador, ensimismado en sus pensamientos, aislado y bloqueado. O quizás inquieto, nervioso, hiperactivo, con ansiedad, irritable y con mayor consumo de alcohol. La pandemia ha hecho mella, pero lo relativizas al ser un comportamiento “típico de estos tiempos”. Tu amigo se refugia en el miedo y en las restricciones para no quedar. Y te va dando largas. Pero las cifras de la pandemia se van estabilizando, disminuyen los contagios, llega el verano y se acaban las excusas. Tu amigo deja de cogerte el teléfono, no aparece cuando habíais quedado y, si llegas a localizarle, te cuenta que no se encuentra bien, que todo lo ve negro, que está en bucle, que le cuesta mucho levantarse, hacer su trabajo y que duerme mal.

Tu experiencia o el sentido común te dice que tienes que animarle. Y empiezas a sacar un arsenal de recomendaciones. La más común, decirle que se tranquilice, que todos lo estamos pasando mal, incluso contarle tus problemas para hacerle ver que no es el único. No es infrecuente transmitir que tiene que tomarse las cosas de otra manera y que mire el lado positivo de su vida. Ante estas frases, tu amigo se puede mostrar aún más opaco.

Sin menospreciar estos consejos mecánicos teñidos de optimismo —y de infantilismo— que pueden ser útiles para algunas personas, entre el ámbito profesional y científico no tienen demasiado buena prensa. Son criticados por estar huecos de contenido, y por el hincapié que hacen en la posibilidad de cambiar el problema por uno mismo, lo que puede generar unas expectativas que aún generan más pesadumbre. No debemos culpabilizarnos. Cuesta prestar atención al malestar de un amigo que queremos de verdad y muchas veces nos sentimos impotentes al no saber cómo ayudarle, porque no nos han enseñado cómo hacerlo en una sociedad cada vez más individualista y virtual. Escuchar no es fácil, pero podemos aprender a hacerlo mejor.

La RAE define la amistad como el afecto personal, puro y desinteresado que nace y se fortalece con el trato. Y ese trato inevitablemente está teñido de momentos en los que toca estar a la altura. Los verdaderos amigos son los que se alegran de tus éxitos, pero también te acompañan y saben escuchar tus angustias, miedos, frustraciones y fracasos. En eso consiste la amistad virtuosa explicada por Aristóteles en su libro Ética a Nicómaco. Para este autor hay dos tipos más de amistad: por interés o utilidad y por placer, que también son válidos, pero sobreviven peor con el paso del tiempo.

Los comportamientos virtuosos consisten en decirle a nuestro amigo que es válido lo que siente. Que no está solo. Que vamos a atenderle con empatía. Que vamos a escuchar lo que le preocupa sin ser demasiado exigentes con los detalles. Preguntarle qué necesita. Si notamos que le cuesta abrirse, no insistamos. Mantengamos la calma. Podemos ser más activos ofreciéndole ayuda con las cosas básicas de la vida sin ser invasivos. Incluso proponerle algún plan agradable para que se distraiga y se sienta mejor; pero, a la vez, dejarle espacio. Es conveniente transmitirle esperanza respecto a la posibilidad de sentirse mejor con el paso del tiempo, y reconectarle con momentos agradables del pasado en los que haya superado circunstancias adversas. No es mala idea dar un paseo por un parque o hacer una pequeña excursión. Incluso aliarnos con algún familiar o amigo cercano. En definitiva, no presionar, no juzgar y estar disponibles. Cultivar la verdadera amistad se trata también de esto.

Pero cada persona tiene su límite en la capacidad de ayudar. Nunca debemos responsabilizarnos completamente de la salud mental de otra persona. No somos adivinos ni sabemos si el sufrimiento psíquico de nuestro amigo se trata de un malestar psicológico temporal propio de estos tiempos o si corresponde a un verdadero trastorno mental. Lo mejor que podemos hacer si notamos que pasa el tiempo y no hay mejoría, es ayudarle a buscar un profesional. El diagnóstico corresponde a un especialista, que analizará más factores: la intensidad emocional, si le limita su funcionamiento habitual y la duración.

La pandemia ha puesto de relevancia la importancia de las redes de apoyo sanas a la hora de enfrentarnos a la incertidumbre y la adversidad. Y estas redes van mucho más allá de los roles de cuidador, asignados tradicionalmente a la familia. El cerebro necesita de los demás para sobrevivir. Las amistades virtuosas han ocupado más protagonismo que nunca y su cultivo traerá como consecuencia una sociedad más libre de prejuicios hacia la salud mental.

En los hospitales, lo hemos constatado de cerca. Hemos sentido a muchos amigos acompañando, ayudando y reconfortando a muchos pacientes, a pesar de las restricciones. Como recuerda Rosa Montero, “en los momentos más oscuros, sus amigos habían encendido la luz y le habían dado literalmente la vida”.

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