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El viejo Papa se despide de casi todo

El viaje de Benedicto XVI a Alemania para visitar a su hermano enfermo y la publicación de una biografía simbolizan el último tramo vital del único Pontífice que renunció en 600 años.

Benedicto XVI, el pasado 22 de junio en el aeropuerto de Múnich, poco antes de su regreso al Vaticano.
Benedicto XVI, el pasado 22 de junio en el aeropuerto de Múnich, poco antes de su regreso al Vaticano. Ap

El papa emérito Benedicto XVI es una fuente inagotable de sorpresas. Su conocido apego a la tradición oculta un espíritu independiente. Lo demostró en febrero de 2013 al presentar su dimisión. Toda una papeleta para el Vaticano, que no se había enfrentado a la renuncia de un Pontífice en los últimos 600 años. Y lo ha vuelto a demostrar ahora, en pequeña escala, embarcándose a los 93 años de edad en su primer viaje internacional como emérito.
Benedicto, que vive recluido en un pequeño monasterio dentro de los Jardines Vaticanos, se prodiga bien poco en público. Para la Santa Sede no debió de ser fácil organizarle un nuevo estatus que no hiciera demasiado absurda la coexistencia de dos papas. De ahí el perfil bajísimo del alemán.

Pero terminado el confinamiento, el 18 de junio, Joseph Ratzinger, vestido con su impecable sotana papal, tomó un vuelo con destino a Múnich. En su perfecto atuendo solo desentonaban unas sandalias negras en lugar de sus famosos mocasines rojos. Emérito pero Papa al fin, la República italiana puso a su disposición la aeronave, y la Santa Sede, un pequeño séquito (una religiosa, médico y enfermero y el vicecomandante de la Gendarmería vaticana), para reforzar a su fiel secretario Georg Gänswein.

Si en 2013 nadie entendió su dimisión, todo el mundo ha comprendido ahora los motivos de su viaje. Su hermano mayor, Georg, agonizaba en un hospital de Ratisbona. Ratzinger quería despedirse de quien, según confesión propia, le ha servido siempre de guía. Pocos días después del encuentro, Georg fallecía a los 96 años. Director del coro infantil de la catedral de Ratisbona, su imagen se vio empañada en 2017 cuando se destapó un escándalo de malos tratos y abusos sexuales en la escuela del coro que no había sido capaz de detectar.

El viaje, de apenas cuatro días, ha proporcionado además a Ratzinger la ocasión de despedirse de su Baviera natal. Hacer un último peregrinaje a la casa donde nació, al cementerio donde están enterrados sus padres y su hermana. Volver a pisar la catedral y, quizás, la universidad en la que fue catedrático de Teología Dogmática. Una despedida oficializada por la nueva y monumental biografía (Benedicto XVI, una vida) del escritor Peter Seewald que se acaba de publicar en Alemania. Un volumen de 1.200 páginas que, según declaraciones de Seewald al periódico National Catholic Register, incluye entrevistas inéditas con el Pontífice en las que insiste en que su dimisión no tuvo nada que ver con el escándalo Vatileaks —la difusión de cartas y documentos robados al Papa llevada a cabo por su mayordomo— que amargó el último tramo de su pontificado. La decisión la tomó porque le faltaban las fuerzas necesarias para seguir dirigiendo la Iglesia. Benedicto XVI, que prepara un testamento doctrinal que solo verá la luz a su muerte, asegura mantener excelentes relaciones con el papa Francisco.

Algunas voces críticas han lamentado lo hagiográfico del libro. Además de ser su biógrafo oficial, Seewald admira al Papa alemán. Pero últimamente los elogios no le llegan solo del campo conservador. La escritora y periodista Christine Pedotti, coautora de un durísimo libro sobre el legado de Juan Pablo II, reconocía en el diario Le Monde el gran nivel de teólogo del Papa emérito y sostenía que Ratzinger estaba “mucho mejor armado intelectualmente” que Wojtyla. Y si el Papa polaco demostró su temple recorriendo el mundo casi paralizado por la enfermedad, Benedicto, también minado por la edad, ha sido capaz de imitarlo en este último viaje.