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Política McGuffin

El derecho a una información veraz y la libertad de expresión son importantes, es peligroso utilizarlos como entretenimiento y munición para debates espurios

El jefe del Estado Mayor de la Guardia Civil, José Manuel Santiago Marín, durante una rueda de prensa.
El jefe del Estado Mayor de la Guardia Civil, José Manuel Santiago Marín, durante una rueda de prensa. Moncloa

Hemos asistido a un extraño debate. El jefe del Estado Mayor de la Guardia Civil dijo que tenían instrucciones de vigilar los bulos para evitar el estrés social que generan y minimizar un clima contrario al Gobierno. El ministro del Interior dijo que se trataba de un lapsus: quizá fuera verdad, puesto que el lapsus revela lo que estás pensando, pero te convendría ocultar. Una carta confirmaba la instrucción; la ministra de Educación intentó aclarar las cosas con la eficacia habitual.

Había elementos inquietantes. Para algunos casos ya hay sanciones; en otros, no estaba claro el tipo penal, solo cierta confusión entre ley, moral y conveniencia política. Uno casi sufría por el Ejecutivo: con la de cosas que hay que hacer y lo rápido que va todo, y que encima el Gobierno tenga que establecer también la verdad. Además, si el problema son las informaciones falsas que ponen en riesgo la salud, ¿no han sido más perjudiciales las televisiones? En cambio, se entregaron 15 millones de euros de dinero público a las cadenas privadas.

Se podría pensar que el problema son los bulos negativos, mientras que la desinformación positiva circula libremente. Pero tras la sentencia (recurrida) que condena a la diputada Isa Serra por atentado a la autoridad, lesiones leves y daños, el vicepresidente Iglesias y varios ministros de UP lanzaron declaraciones que falseaban los hechos, violaban la separación de poderes y desautorizaban al sistema legal. Cuando el Poder Judicial criticó las declaraciones de Iglesias, el diputado Asens dijo que era un órgano ilegítimo. En España, esos exabruptos recuerdan a cosas que dice Vox; fuera, es un discurso al que nos han acostumbrado los líderes populistas.

La discusión sobre los bulos es un McGuffin. Cuida de la libertad y la verdad se cuidará a sí misma, decía Rorty. Ahora —y quizá siempre—, cuando el argumento decisivo no es el qué, sino el quién, la frase parece optimista, aunque no anula su valor. Pero, como sabemos que el derecho a una información veraz y la libertad de expresión son importantes, deberíamos recordar que es peligroso utilizarlos como entretenimiento y munición para debates espurios: dificulta matices y consensos, empobrece discusiones necesarias e introduce marcos antiliberales. Estamos encerrados, hay un solo tema, una realidad llena de incertidumbre y dolor, y no hay distracciones ni fútbol, pero las reglas de la democracia no deberían ser material de infotainment.

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