Columna
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El holandés y el errante

El Norte de Europa ha errado a corto y medio plazo. Pero, a largo plazo, quienes debemos reflexionar somos los países del Sur

El primer ministro holandés, Mark Rutte, el 18 de marzo.
El primer ministro holandés, Mark Rutte, el 18 de marzo.BART MAAT

No he podido elegir peor semana para defender a Holanda. A Alemania y al “Norte insolidario”. Lo sé, pero, para precisar las responsabilidades del fracaso europeo necesitamos a un abogado del diablo puritano.

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Holanda se ha equivocado ahora. Se ha negado a un gesto de solidaridad en un momento de crisis. Y esto se suma al error que arrastran los países del Norte desde hace años: negarse a asumir que una unión monetaria, como la del euro, necesita una unión fiscal. Del tipo que sea, una mínima solidaridad interterritorial es imprescindible.

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El norte de Europa ha errado a corto y medio plazo. Son responsables y, tarde o temprano, lo pagarán. Pero, a largo plazo, quienes debemos reflexionar somos los países del Sur. Y no siguiendo la línea populista que destilan muchas opiniones en España sobre la insolidaridad del Norte. Populista porque todos están obsesionados con Europa. Los más de derechas y patriotas miran a Europa con ira y querrían salir de ella. Los más de izquierdas y cosmopolitas observan a la UE con tristeza y desesperanza.

Pero, por una vez, los españoles debemos mirarnos más el ombligo. Y adoptar una perspectiva más amplia. Tradicionalmente, las opiniones públicas en los países con Estados de bienestar más desarrollados —más generosos y también más solventes— han visto con recelo la ampliación de la UE en asuntos sociales. Porque, si se igualan los impuestos y prestaciones sociales de todos los países de la UE, o del Eurogrupo, tendrían menos protección social. Para ellos, la europeización de las políticas sociales significa menos solidaridad.

Por el contrario, los países del Sur tenemos Estados de bienestar más precarios. Menos generosos, porque nuestros Gobiernos no cubren tantas contingencias de la vida cotidiana, y también menos sostenibles, porque acumulamos déficits e ineficiencias que nos obligan a hacer reformas impopulares. Debemos subir los impuestos y acabar con las deducciones fiscales que agujerean nuestros sistemas tributarios. Y también debemos ajustar el gasto público. Un Estado del bienestar maduro funciona en ambas direcciones: amplía “derechos”, pero también recorta, tanto prestaciones como costes administrativos.

A largo plazo, tenemos que discutir esto, pero es más cómodo atacar a los pérfidos protestantes. Holanda yerra hoy. Pero nosotros también estamos errantes. @VictorLapuente

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