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ESTAR SIN ESTAR COLUMNA i

Réquiem para el olvido

Guardemos un luto por los ancianos que no se enteraron que el leve contacto con el que se despidieron de una sobrina llevaba invisible una diminuta posibilidad del contagio

Coronavirus

En Madrid encontraron cadáveres como dormidos en sus camitas dentro de una residencia de ancianos donde los sobrevivientes, quizá despiertos, soñaban la inconcebible pesadilla de la peste. Mientras España y el mundo van sumando contagios por millares, en los televisores de las residencias para la tercera edad seguramente llamaban la atención las grandes concentraciones de masas en otros países donde aún parece no llegar la guadaña del coronavirus y es difícil imaginar el miedo y la angustia de la abuela que no sabe si el estornudo que se escuchó en un sillón del fondo pudiera volar en micropartículas hasta sus propias vías respiratorias al mismo tiempo en que sueña que ha vuelto a México, donde todos se abrazan.

En casi todas las residencias para ancianos a donde ahora llegan convoyes militares para fumigación exhaustiva y rescate de los viejos vivos y del personal sanitario se escuchan las lágrimas de enfermeras y asistentes, personal administrativo y custodios o fisioterapeutas que pelean milimétricamente en las trincheras con muy poco material para su defensa: hemos entrado en la confirmación de que casi todos los gobiernos del mundo tan preocupados por las finanzas y sus ganancias reconocen una alarmante escasez de tapabocas, batas, guantes, sustancias desinfectantes e incluso, jabón.

Silencio. Que se callen por un momento todos los sesudos analistas y los paladines de la estadística; que intenten guardar un respetuoso silencio los políticos profesionales y los opinadores universales. Guardemos un luto por los ancianos que no se enteraron que el leve contacto con el que se despidieron de una sobrina llevaba invisible una diminuta posibilidad del contagio que terminó por ahogarle los pulmones y callemos ante ese probable instante en que dos ancianos, olvidados del mundo y de sus propias familias, decidieron darse un último beso deseando quizá que su saliva unida se volviera el salvoconducto para el más allá.

Imagino las filas de los ancianos que se alinean ya impalpables en la desconocida dimensión de sus muertes, quizá aliviados de que serán recostados sobre la pista de hielo de un centro comercial que han improvisado como morgue gigantesca e imagino la fila interminable de los ancianos que quedaron a la vera de sus vidas, al margen de sus propios hijos cuyos horarios laborables y demás esclavitudes impidieron poderlos tener más en casa. Imagino la fila de los miles de nietos que han de superar el virus y todo contagio para reinventar un mundo en cuanto pese la peste, con la memoria recargada de silencio, los rostros de las arrugas, los lunares en las manos, la voz cascada y el festival de las canas.

Silencio que es hora de aplaudirle a las enfermeras que se ocupan del vómito ajeno con los guantes gastados y una leve pantalla improvisada sobre las cejas que las marca como si estuvieran al Sol y silencio porque hay que aplaudir a los miles de contagiados que sin embargo hacen la ronda de las sombras y la revisión de las calles, el llamado de alarma y subrayar la emergencia. Silencio que a cada rato se añade un contagio de cualquier edad y cualquier estrato social en un inmenso caldo de cultivo donde el mundo entero ha de cambiar a lo largo de tan pocas semanas ya para siempre.

En la fila global donde de boca en boca se van contando los casos de alivio o de luto, no quiero cerrar este párrafo sin honrar a millones de mexicanos que se saben al filo del agua: los vendedores ambulantes, los tacos de canasta, la de las tortillas y la de los chicles en cada estación del Metro de la ciudad más grande del mundo, el viejito que toca un violín desafinado y los ancianos que parece que viven en la misma banca de una placita central en un pueblo que no aparece en los mapas, pero que se contagió sin saberlo en cuanto volvieron de un viaje los nietos de don Simón. El tragafuegos y las jaurías de adictos que viven en la calle desde hace tiempo, los saltimbanquis y magos improvisados, el de la guitarra de las cantinas y el que carga con la cajita de los toques, los mariachis del abandono, y todas las putas que sostienen en vilo al Monumento a la Madre de la Ciudad de México y los miles de desempleados que ya han heredado su lugar en la pujante economía informal donde se nos vende de todo en los semáforos, los percheros y las golosinas, los cigarros sueltos y los muñecos de peluche y todo el circo que se ve en la pantalla del telediario en una residencia de ancianos al otro lado del mundo, corazón de Castilla, donde poco a poco se ha ido vaciando el salón de las reuniones hasta quedar una sola viejecita sola, en el silencio de su callado desahucio, donde quizá recuerde que hubo un ayer en que su familia entera se juntaba en México para una comida tan variada y rara donde predominaban por encima de todos los sabores las ganas de abrazarse.

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