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El coste de la negación

En la actual crisis epidemiológica encontramos un anticipo de lo que nos espera si no nos tomamos en serio el cambio climático

Pabellón de la feria de Madrid habilitado como hospital para enfermos con coronavirus.
Pabellón de la feria de Madrid habilitado como hospital para enfermos con coronavirus. Comunidad de Madrid

Frente a lo que se ha venido afirmado acerca de la imprevisibilidad de esta pandemia, una especie de mala suerte que nos habría tocado vivir, conviene recordar que esta es una crisis anunciada hace años, desde el momento en que los casos de epidemias se incluyeron en los programas de estudios estratégicos de las principales universidades. Vaticinada en octubre pasado, cuando investigadores del Center for Strategic and International Studies informaron de que el coronavirus sería el protagonista de la próxima epidemia global. Se sabía el qué pero no el cuándo. Hasta el pasado enero. En el instante en que las autoridades chinas pusieron en cuarentena la provincia de Hubei y el virus se fue aproximando a la Unión Europea. Caló vigorosamente en Irán y llegó a Italia, siguiendo una trayectoria dominó que gradualmente recorrerá el planeta. No obstante, y a pesar de la evidencia e información disponible, el riesgo fue negado hasta el último momento. Negado en este país por los que irresponsablemente permitieron y alentaron manifestaciones multitudinarias. Tampoco se libran los dignatarios extranjeros. Boris Johnson inicialmente afirmó que bastaba con lavarse las manos al canto de happy birthday para protegerse del virus, y a Trump poco le faltó para enterarse por la prensa de la gravedad de los hechos. Finalmente, en un sentido más generalizado, la gravedad fue también negada por aquellos que en un primer momento desaprobaban gestualmente los amagos de evitar besos y apretones de manos, pese a que Angela Merkel lo había dejado claro.

Este comportamiento propio del síndrome de Casandra, personaje de la mitología griega cuyas advertencias sobre peligros inminentes eran desoídas y ridiculizadas, pone de relieve la distancia entre lo que sabemos y lo que queremos creer. Una forma de actuar, más bien de inacción, que en parte obedece al intento de evitar los costes económicos y políticos derivados de hacerlo. Ahora bien, como estamos viendo, movilizarse a destiempo resulta más oneroso, en ambos sentidos, que pasar por alto las señales de alarma.

En la actual crisis epidemiológica encontramos un anticipo de lo que nos espera si no nos tomamos en serio el cambio climático. Los dos fenómenos comparten, además del negacionismo, otras particularidades; un modus operandis —una amenaza abstracta y difusa que en un giro sorpresivo adquiere una tangibilidad íntima y material brutal—; o la aproximación al coste de modular los efectos.

Aún reconociendo el papel que pueda jugar la fortuna, esta, decía Maquiavelo, se asemeja a un río enfurecido que arrasa con todo a su paso pero cuya capacidad destructiva se puede mitigar si previamente se ha tomado la precaución de construir diques y defensas. El carácter disruptivo de la naturaleza es ya un signo de nuestro tiempo. Podemos elegir entre seguir actuando conforme al negacionismo de ayer o anticiparnos y prepararnos para el futuro que se aproxima. Ahorraremos vidas y dinero. @evabor3

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