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Que alguien haga algo contra la humillación de los menores tutelados

El pianista James Rhodes, activista contra la violencia sexual infantil, y Vicki Bernadet, responsable de la fundación que lleva su nombre, en una rueda de prensa organizada por Save the Children.
El pianista James Rhodes, activista contra la violencia sexual infantil, y Vicki Bernadet, responsable de la fundación que lleva su nombre, en una rueda de prensa organizada por Save the Children.

Se requiere urgentemente un procedimiento al margen de la política, independiente y exhaustivo, que indague sobre los casos de prostitución de adolescentes que están en centros de acogida de Mallorca tras la denuncia de una niña violada.

Mallorca. Si nadie hace algo al respecto de este último y tremebundo incidente de abusos sexuales a menores, la isla dejará de ser arena, sol y guiris saltando desde los balcones, y será sinónimo de Rotherham, los Maristas de Barcelona, Larry Nassar y Jimmy Savile. Y será merecidamente.

Todos los casos de violación de menores tutelados tienen los mismos ingredientes: niños vulnerables, adultos con una autoridad que los hace intocables, la invisibilidad inherente a estos pequeños y una cultura del silencio. Tenemos culpa colectiva de esto último. Ha habido una lamentable escasez de cobertura respecto a este horrible caso. Y cuando se ha hablado, no ha sido para exigir desde la indignación un cambio sino, por el contrario, con la única y cínica intención de utilizar la violación y la prostitución de menores como munición política.

Las instituciones son el último recurso que tienen unos niños ya de por sí olvidados, privados de derechos, solos y hundidos. Las familias de origen no son una opción para ellos por las peores razones. Las casas de acogida no tienen espacio para ellos. Las calles son su única alternativa. Los reúnen como a perros callejeros, los recluyen a la fuerza en instituciones sin apenas protección ni supervisión, sin opción para recibir formación y, para los que carecen de residencia, sin la menor posibilidad de trabajar. A falta de formación y de oportunidades laborales, el cuerpo es su única forma de generar ingresos. Podríamos perfectamente colgarles un cartel que dijera “cómprame”. Estos niños son el sueño húmedo de un pedófilo.

Es ingenuo hasta rayar en la ignorancia deliberada el creer que Mallorca es un caso aislado. Todas las comunidades autónomas de España tienen centros de protección de menores y, desconcertantemente, cada una los gestiona de manera distinta. Están llenos de adolescentes excluidos socialmente que no tienen adónde ir y para quienes la oferta de unas Nike nuevas y un cartón de tabaco es suficiente incentivo para negociar con lo único que les queda para dar. Y a demasiados de ellos, si no están dispuestos a darlo, se lo quitan sin más, con violencia e impunidad.

Experimento momentos de profunda incredulidad en los que me parece que, en determinadas circunstancias, mi amada España (al igual que otras muchas naciones) puede ser un país extremadamente bárbaro y despiadado a la hora de proteger a los niños. Los centros de protección de menores deberían, por definición, ofrecer espacios seguros a los críos. Deberían tener una plantilla de profesionales adecuadamente preparados, ofrecer formación y una bolsa de trabajo, y tener mecanismos de queja visibles y accesibles para estos niños maltratados, explotados, utilizados, forzados sexualmente y rechazados a diario. En la actualidad, estas cosas no existen de manera consistente o significativa en todos estos centros. En España. Un país en lo más alto de la lista Bloomberg de los países más saludables del mundo. Y, para mí, es innegable que lo es. A no ser que seas un menor sin un lugar al que acudir.

Mientras los políticos de todos los partidos se glorifican a sí mismos y presumen de sus logros y se comportan como matones de patio de recreo. Mientras prometen cosas, sueltan frases rimbombantes y aprovechan la oportunidad para hacerse fotos. Mientras anuncian nuevas leyes de protección de la infancia que se demoran mucho tiempo y exigen esfuerzos hercúleos para materializarlos (a pesar de que el Comité de los Derechos del Niño de Naciones Unidas lleva ocho años exigiéndolas, y un número abrumador de ONG, víctimas adultas de abusos, profesionales de la atención a la infancia y progenitores abogan por ellas desde hace mucho más). Mientras todos ellos juran unánimemente proteger los derechos de los menores y convertir el mundo en un lugar más seguro para ellos, todo lo que los ciudadanos deben hacer es abrir los ojos y ver la realidad de la situación actual: que demasiados niños en España no solo están faltos de seguridad y en situación de riesgo, sino que corren el peligro de ser abandonados por completo.

Se requiere urgentemente un procedimiento apolítico, independiente y exhaustivo por parte de especialistas en protección a la infancia que indague sobre la tragedia de Mallorca. Y se debe actuar rápidamente en virtud de sus resultados y recomendaciones. A todos los políticos de todos los partidos yo les diría: a la mierda vuestra política, a la mierda vuestras promesas vacías, a la mierda vuestras mentiras. Encontrad algo de integridad, comprended que esta es una cuestión humanitaria, y proteged a nuestros niños.