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A Casado se le abren las costuras vascas

El líder del PP sigue una estrategia de confrontación ideológica con los nacionalismos en vez de bajar al terreno político

Pablo Casado, en el Congreso durante el debate de investidura de Pedro Sánchez.
Pablo Casado, en el Congreso durante el debate de investidura de Pedro Sánchez. EL PAÍS

Hacía tiempo que no se veía tan irritado al portavoz del PP en el Parlamento vasco, Borja Sémper, como el 13 de septiembre cuando lanzó este reproche a su homóloga en el Congreso, Cayetana Álvarez de Toledo: “Mientras algunas caminaban por mullidas moquetas, otros nos jugábamos la vida defendiendo la Constitución”. Fue en la convención del PP vasco. Álvarez de Toledo, alejada durante los años de plomo, había osado acusar de “tibieza con el nacionalismo” a quienes pagaron con una docena de muertos su resistencia frente a ETA.

Dicha convención pretendía congraciar al PP vasco con Génova, distanciados por la reedición de Pablo Casado de la estrategia de confrontación con el nacionalismo, que había acarreado a los populares vascos su peor resultado. Casado, que prometió moderación, ha evitado el insulto, pero su contenido continúa y en Euskadi se percibe. Álvarez de Toledo dijo recientemente que el “momento político” actual es peor que en tiempo de ETA, y argumentó el dislate diciendo que los partidos constitucionalistas no confrontan con el nacionalismo. Mantiene la tesis, con Casado, de que “ETA está en las instituciones”, en referencia a Bildu, cuando la banda terrorista dejó de actuar hace ocho años, lo que escatima a los demócratas, y al PP vasco, la victoria sobre el terrorismo.

Sémper, en su despedida, respondió ayer a Álvarez de Toledo cuando mostró su repulsa por el “enfrentamiento gratuito” y su defensa del “entendimiento entre diferentes”. Aunque goza de una autoridad moral superior a ella, la del resistente que, tras vencer al terrorismo, tiene la grandeza de buscar el entendimiento con el “otro”, evitó, elegantemente, el señalamiento y elevó el discurso. El bronco debate de investidura, con su partido rivalizando con Vox, le ha confirmado una decisión ya madurada.

El PP vasco sufre una sangría persistente desde los 323.235 votos, 29,14% y siete diputados del año 2000 a los 103.821 votos, 8,82% y un diputado del pasado noviembre, acelerada desde 2011, tras el final del terrorismo. Su problema es que Génova no le ha permitido adecuarse a la nueva situación, donde, tras desaparecer ETA, las prioridades están en la gestión socioeconómica y no en la confrontación con el nacionalismo, que le aleja de la centralidad, sin cejar, por ello, en la exigencia a Bildu de autocrítica por la pasada complicidad con el terrorismo. Las dimisiones de Antonio Basagoiti, Arantza Quiroga y Sémper son la prueba del fracaso.

Casado tiene un problema serio en Euskadi y Cataluña y lo apuntó Sémper al referirse a la “España plural”. Casado sigue, con Álvarez de Toledo, una estrategia de confrontación ideológica con los nacionalismos en vez de bajar al terreno político, a sabiendas de que sacrifica ambos territorios en la confianza de obtener réditos electorales en el resto. Pero se le abren sus costuras periféricas. Lo peor es que esa estrategia presiona aún más sobre una España suficientemente tensionada por el independentismo radical.

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