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Maduro resistente

El sucesor de Chávez siempre consigue sacarse un último recurso de la chistera, eso sí, alejado de cualquier idea propia de las instituciones de una democracia

El presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, en Caracas, el pasado 8 de enero.
El presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, en Caracas, el pasado 8 de enero. AFP

Nicolás Maduro sigue ajeno a los sufrimientos de su país y al destrozo institucional que está ocasionando su autoritarismo, que ha convertido a Venezuela en un Estado fallido, con su economía colapsada, sus cárceles llenas, una cuarta parte de la población huida del país y la inseguridad instalada en sus calles, especialmente cuando se trata de políticos de la oposición o de periodistas. En el momento en que se cumple un año de que Juan Guaidó fuera elegido presidente de la Asamblea, se proclamase presidente encargado de Venezuela y fuera reconocido por unos 60 países, el Gobierno de Maduro ha organizado un nuevo golpe de mano para impedir su renovación y situar en su lugar a un tránsfuga y conocido corrupto, Luis Parra, que ni siquiera ha conseguido una votación en forma y la mayoría simple de los diputados.

Venezuela está pues sumida en un caos institucional: Maduro ejerce el poder; la Asamblea Nacional renovó, con votos y quórum verificados, a Guaidó como presidente encargado, que sigue reconocido por numerosos países en Europa y América, mientras Parra encabeza una fantasmal junta directiva alternativa en la Asamblea que nadie, excepto el chavismo y sus aliados, reconoce. A ello hay que sumar la ilegítima e ilegal Asamblea Constituyente, organizada fraudulentamente por el régimen y dedicada únicamente a restar legitimidad a la Asamblea Nacional, controlada por la oposición. Esta es una de las características más descaradas de los regímenes autoritarios. No cumplen ni siquiera sus propias reglas de juego. O solo las cumplen cuando van a su favor. Cuando fingen utilizarlas para dinamitarlas desde dentro, como ha hecho Maduro con la elección y juramento fraudulentos de un presidente de la Asamblea Nacional, Luis Parra, con el único objetivo de desposeer a Guaidó.

El régimen bolivariano se halla exhausto. Aun así, el sucesor de Chávez siempre consigue sacarse un último recurso de la chistera bolivariana, más propio del repertorio mafioso que de cualquier idea cercana a la de las instituciones de una democracia, con tal de seguir manteniéndose en pie, aun sin contar con ningún horizonte ni estrategia realista. La comunidad internacional, y especialmente la iberoamericana, deben terminar con esta resistencia cruel, que hace estragos en la sociedad venezolana, que llena de refugiados económicos los países vecinos y que constituye un foco de inestabilidad insoportable para la región. Resulta imperativo establecer las bases para una salida negociada a esta catástrofe. Y, pese a todos sus aspavientos, Maduro debe comprender que no tiene alternativa alguna viable.

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