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Hasta dónde se puede negar

La palabra “negacionismo” tal vez se queda corta para nombrar tanta desvergüenza

Mujeres protestando contra la violencia de género y el gobierno en Santiago de Chile en noviembre el pasado 29 de noviembre.
Mujeres protestando contra la violencia de género y el gobierno en Santiago de Chile en noviembre el pasado 29 de noviembre.

La palabra “negacionismo” circula sólo recientemente entre los hablantes del español. Había nacido algunas décadas antes en Francia (négationnisme), para referir el movimiento minoritario que consideraba falso el Holocausto, que no creía en que hubieran existido las cámaras de gas y hacía todo lo posible por blanquear el nazismo.

El banco de datos de la Academia anota el primer uso español de “negacionista” en 1995, dentro de un artículo del filósofo Jean Baudrillard publicado en El Mundo (traducido del francés). La siguiente mención se hallará en 2009, en el diario argentino Clarín. Por su parte, la herramienta Ngram Viewer, de Google, detecta esta palabra española en 1980, y refleja un gran incremento de su presencia a partir de 1991 (en francés la data en 1969, con una subida descomunal desde 1990). La evolución de los últimos decenios en ambos idiomas registra alzas del 100% cada dos o tres años (como se aprecia en el referido corpus informático de Google).

Las Academias del español incorporaron muy recientemente este término al Diccionario (en la edición de 2014), y con esta definición: “Actitud que consiste en la negación de hechos históricos recientes y muy graves que están generalmente aceptados. [Ejemplo:] El negacionismo del Holocausto”.

Pero hoy en día el negacionismo ya no lo practican únicamente quienes rechazan la existencia del exterminio de los judíos en Alemania, sino que se ha extendido a otros hechos no sólo “generalmente aceptados” sino demostrados por la ciencia. El auge reciente de los partidos de ultraderecha y los bulos sin control han ampliado la capacidad de manipular hechos tan indiscutibles como la tragedia del clima, la violencia contra las mujeres, la redondez de la Tierra o la eficacia de las vacunas.

Y cabe preguntarse en este punto si las palabras “negacionistas” y “negacionismo” no se quedarán cortas para designar tamañas desvergüenzas. Porque todos esos negacionistas no rechazan algo como puede hacerlo quien no está de acuerdo con una propuesta, o con la alineación del equipo nacional o con la elección del menú para la boda. Los negacionistas han emprendido un camino que puede terminar en el rechazo de las matemáticas. No sólo discuten la realidad comprobada, sino que inventan “hechos alternativos” que conecten con las emociones de quienes están dispuestos a aceptar cualquier idea que congenie con sus prejuicios. No sólo niegan algo: son mendaces. Este adjetivo, que ya en latín significaba “mentiroso” (mendax -acis), evoca la actitud de la mentira continuada, la conducta habitual, la costumbre de engañar.

Rechazar la historia, las verificaciones de la ciencia y las comprobaciones de la estadística para crear en su lugar teorías indemostrables no es simplemente negar; es mentir. Mentir como lo entendería un juez: con riesgo para el mentiroso de ser condenado por su falso testimonio.

Los términos “mentiroso”, “mentira”, “mendaz” o “mendacidad” han de proferirse con cuidado, sí, eso es cierto; porque una persona puede incurrir en falsedad sin haber mentido (simplemente, porque está equivocada). Pero en las cuestiones que aquí comentamos, el error colectivo no tiene disculpa. Hay una mendacidad que se basa en la corrupción de los argumentos, en el rechazo de la razón.

Negar la evidencia es la forma posmoderna de mentir. Y tanto el verbo “negar” como sus derivados empiezan a funcionar aquí como un eufemismo. 

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