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NAVEGAR AL DESVÍO COLUMNA i

Juventud sin periódicos

¿No será que la gente joven pasa de la prensa tradicional porque esa prensa pasa de la gente joven?

EN AQUELLA CIUDAD que visitaba por vez primera, no encontraba ningún quiosco de prensa. En el amplio paseo marítimo había todo tipo de comercios, podías comprar desde un dron a un ataúd con wifi incorporada. Por supuesto, en primera línea, con su jerarquía territorial, se iban sucediendo las franquicias de las grandes marcas. Pero ningún quiosco de prensa, ni siquiera uno sin prensa, con sus golosinas y folletos de sudoku.

“Pronto sólo quedará de ellos una última sonrisa melancólica, como la del gato de Cheshire”, dice Fernando Savater de los periódicos tradicionales en el editorial del último número de la revista Claves.

Yo me sentí así, con la sonrisa melancólica del gato de Cheshire, cuando encontré, por fin, el quiosco ansiado en el paseo marítimo. No era un espejismo. Existía. A imitación algo tosca de los parisienses del art nouveau. Un plagio inocente, en medio de tanta uniformidad de arquitectura bulímica. El quiosquero asomó como un argonauta por un ojo de buey. Él parecía tan extrañado de mi presencia como yo de la suya. Me entregó los periódicos doblados con cuidado. Y tuve la sensación de que ambos estábamos cumpliendo una misión. Prolongando la vida de la ciudad frente al avance del vacío y el deslugar.

Con los periódicos y una revista aleteando como lepidóptero bajo el brazo, me sentía diferente. Me sentía como un vanguardista, un excéntrico, un portador de naturalezas exóticas. Me sentía como un androide de Philip K. Dick luciendo una nueva forma de expresión que era también una identidad estética. Algunas personas me preguntaron dónde había conseguido “eso”. Y creo que la envidia se apoderó de quienes compartían la terraza del café cuando desplegué las magníficas hojas de un hebdomadario.

¿Por qué apenas se ven jóvenes con periódicos? Dentro de la crisis existencial del periodismo impreso, es un asunto en el que apenas se profundiza. Se acepta como una fatalidad histórica. Se suele presentar como defunción por causas naturales lo que, en realidad, es un suicidio. Se da por supuesto que los jóvenes, y los no tan jóvenes, han emigrado o están emigrando al mundo digital. Pero a todo buen lector le gustaría compartir los dos mundos, como comparten el libro de ficción y las series.

Lo que está ocurriendo con la prensa se parece más bien a una fuga. ¿No será que la gente joven pasa de la prensa tradicional porque esa prensa pasa de la gente joven?
Hace unos años, pude visitar la nueva gran biblioteca de Guadalajara (México). Cuando entré, el edificio estaba casi vacío. Fueron llegando grupos de jóvenes y me llamó la atención que la mayoría iba en la misma dirección, y con prisas. Les seguí los pasos. Había un recinto abarrotado, pero en el que leían en silencio. Era el lugar de los “libros prohibidos”. Había también una exposición de paneles en los que se explicaba por qué muchos títulos hoy populares habían sido perseguidos. Allí estaban Alicia en el país de las maravillas o El maravilloso mago de Oz y hasta El principito. Este último, prohibido por la dictadura argentina por dos motivos: “Fomentar la imaginación excesiva y la búsqueda de amigos”.

Llevar un periódico debajo del brazo podría ser una imagen más vanguardista que anacrónica. Pero ese periódico debería abrirse a lo hoy “prohibido” o marginado. Hablar de lo que no se puede hablar. Las nuevas formas de esclavitud laboral, la renuncia a las políticas sociales en la vivienda, los mecanismos de reproducción del machismo, la guerra contra la naturaleza, el “estatismo” conservador que cada vez achica más las libertades, la fosilización de las leyes que penalizan la protesta, la emigración masiva de jóvenes y la pérdida de talentos, la desigualdad y la corrosión de los vínculos comunitarios, el modelo “nacionalcatólico” vigente todavía en la educación, la hostilidad hacia lo plural y el silenciamiento de las disidencias culturales, mientras se “blanquea” el racismo y la producción de odio.

“Hay quien dice que los lectores de la prensa están viajando rumbo al cementerio”, escribe Adam Michnik en Claves. ¿Y si se dan la vuelta?