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OPINIÓN i

El eterno masculino

El liderazgo de políticos como Trump o Bolsonaro no se basa en su capacidad ni en la búsqueda de un proyecto común, sino en la contundencia con la que presentan sus propuestas y en la inflexibilidad respecto a otras alternativas

Donald Trump y Jair Bolsonaro en el despacho oval el pasado marzo.
Donald Trump y Jair Bolsonaro en el despacho oval el pasado marzo.

La aparición de políticos como Boris Johnson, Donald Trump, Jair Bolsonaro o Matteo Salvini en momentos de zozobra social e institucional, y en países tan diferentes como Reino Unido, EE UU, Brasil o Italia (y son solo un ejemplo), no es producto de la casualidad. Hay algo en los hombres que no cambia en el tiempo ni con el lugar, y sobre lo cual son reconocidos como hombres especialmente responsables y capacitados, con toda la carga de profundidad que supone dicho reconocimiento a la hora de alcanzar el liderazgo en una sociedad tan superficial como la de hoy.

Ese núcleo inmutable de la masculinidad se adapta a los nuevos tiempos desde los viejos planteamientos del machismo, y es el que permite asociar capacidad, racionalidad, inteligencia, poder, criterio, liderazgo o fuerza a la condición masculina, para que luego sea uno de ellos (un hombre), el considerado como la persona más adecuada para resolver los problemas que surgen en esas sociedades. Problemas, por cierto, en gran medida provocados y precipitados por su propio modelo de convivencia basado en la desigualdad y el abuso del poder. De manera que cuando se presenta la zozobra, aquellos hombres que muestran un plumaje masculino más variado e intenso son los que tienen mayor probabilidad de ser elegidos gracias a sus gestos y actitudes, no a la demostración o constatación de sus capacidades, experiencia o conocimiento.

Es el juego de ese “eterno masculino” nunca reconocido como tal, a diferencia del femenino, y hábilmente ocultado para poder adaptarlo o matizarlo con facilidad cuando sea necesario. La idea de “eterno femenino” aparece como un arquetipo que ensalza e idealiza la esencia de lo que significa ser mujer, y se hizo especialmente popular a través de Goethe y Nietzsche, aunque con diferente sentido. El concepto destacaba como esencia femenina características como la delicadeza, la modestia, la gracia, la castidad, la afabilidad… Y, por tanto, reconocía como “buenas mujeres” a aquellas que las desarrollaban y aplicaban en la práctica. La cultura machista no se ha detenido en esa referencia, y ha fijado ese “eterno masculino” en aquellos elementos propios de los hombres que los hacen “más hombres” cuando se presentan de manera más marcada.

El ascenso hasta posiciones de liderazgo de políticos como los antes nombrados o cualquier líder de la ultraderecha y algunos de la derecha, no está basado en la demostración de su capacidad ni en la búsqueda de un proyecto común, sino en la contundencia con la que presentan sus propuestas y en la inflexibilidad respecto a otras alternativas. Todo ello acompañado de la culpabilización de la parte de la sociedad, incluyendo a sus líderes, que no son como ellos ni comparten sus ideas, valores y creencias.

Se trata de una estrategia que forma parte de un planteamiento identitario bajo una doble referencia. Por un lado, crea un sentido de pertenencia en el propio grupo a partir de esas ideas; y por otro, se trata de ideas que se levantan sobre la construcción previa de unas identidades sociales basadas en la condición de las personas, y en la consideración de que unas personas ocupan un estatus superior respecto a otras (hombres sobre mujeres, nacionales sobre extranjeros, heterosexuales sobre homosexuales, blancos sobre otros grupos étnicos…). De esa manera consiguen aglutinar a una parte importante de la sociedad bajo la idea de “lo nuestro primero”, para hacer entender a nivel individual que “lo mío es primero”.

El análisis de toda esta estrategia identitaria, individualista, materialista, basada en la inmediatez y machista nos muestra dos espacios y fases. Por una parte juega con los valores que ya existen en una sociedad que comparte como propias esas características impuestas por la cultura que la define, lo cual hace que sea fácil utilizar las circunstancias de cada contexto y los instrumentos existentes, para que estos hombres puedan ser elegidos con el objeto de imponer unas ideas más o menos armónicas con las referencias sociales.

Pero por otra parte, y esto es lo que más sorprende, para que se produzca esa elección a nivel social de esos hombres, es necesario que antes hayan llegado a las posiciones para ser elegidos dentro del ámbito interno de su partido o estructura correspondiente. ¿En un partido como el Republicano de EE UU, con toda su tradición y dimensión, no había ningún candidato mejor que Trump para ser presentado a las elecciones? ¿Y dentro de los conservadores británicos, con toda su historia y miembros, no había ninguna otra persona diferente de Johnson para sustituir a Theresa May?

Que estén Trump o Johnson, o cualquiera de los líderes populistas, para ser elegidos, significa que los valores que representan y la imagen que dan al reivindicarlos en las formas en que lo hacen, reflejan el “eterno masculino” creado por la cultura del machismo, y que dicha imagen, al ser estructural, atraviesa todos los espacios (social, político, mediático, institucional…) y permite que sean reconocidos como “hombres idóneos” a la hora de resolver los problemas definidos.

Todo es parte de la falacia cultural. La eternidad del machismo ya tiene límite, por eso buscan una prórroga en este retroceso que plantean ahora por medio de una estrategia basada en la imposición, la inflexibilidad, la fuerza, la racionalidad “masculina”, el poder, la culpabilización. Y en atacar a la igualdad. Si no supieran que han perdido su alianza con el tiempo no intentarían recuperarla.

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