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La ciudad y los turistas

El turista urbano no busca nada nuevo, sino solo confirmar lo que ya había visto antes en las películas

Turistas en Times Square, Nueva York, en agosto de 2019
Turistas en Times Square, Nueva York, en agosto de 2019 AFP

Acaba de aparecer Ciudad de vacaciones. Conflictos urbanos en espacios turísticos, una compilación de José Mansilla y Claudio Milano, publicada por Pol·len Editorial y el Observatori d’Antropologia del Conflicte Urbà. Contiene aportes escenificados en San Cristóbal de las Casas, Madrid, Palma de Mallorca, Lisboa, Montevideo, Granada, Sevilla, Río de Janeiro, Buenos Aires y Valparaiso. Y es una excelente oportunidad para pensar sobre las implicaciones del turismo en el bienestar de las urbes, con frecuencia su principal fuente de recursos y oportunidad clave para su prosperidad; pero también de consecuencias nefastas que, en su forma actual como turistificación de barrios y ciudades enteras, puede acarrear, incluyendo su asesinato.

"Los lugares brillantes marcados en nuestros mapas de turistas no son reales; son decorados vacíos, falsificaciones que nos venden como la "esencia" de las ciudades visitadas, convertidas para nosotros en auténticos parques temáticos"

Sin embargo, también es buena ocasión para preguntarnos acerca de quiénes son los protagonistas del fenómeno, esto es los turistas, las víctimas de esa forma especial de xenofobia que es la turistofobia, que no hay que confundir con la turismofobia. No es lo mismo detestar el turismo que detestar a los turistas mismos.

¿Qué es un turista, incluso cada uno de nosotros cuando lo hemos sido o lo somos? Por encima de todo, sabemos que, como turistas, nos preocupa no dejar nunca de ver "lo que hay que ver", esos puntos de las guías turísticas, comentados con todo tipo de adjetivos admirativos y que no podemos soslayar en nuestro recorrido. Es por ello que cuando nos convertimos en turistas sufrimos una especie de "efecto túnel": desplazamiento de punto a punto, sin atención por los lugares intermedios o no previamente marcados como "a visitar".

Lo que ocurre es que en realidad nunca esperamos nada nuevo, nada distinto de lo que hemos visto en las fotografías exhibidas en los libros o las revistas de viajes, en los prospectos, en las postales enviadas por alguien, en los vídeos de los amigos, en los documentales de la televisión o en las películas de ficción. Hemos llegado hasta donde sea para confirmar que todo lo que nos fue mostrado como en sueños existe de veras.

Prometiendo cumplir su promesa de ciudades previamente soñadas, el turismo teje una trama social alternativa y paralela, un paraíso provisional, sin conflictos, sin contradicciones, sin paradojas. Una burbuja ideal, un marco en que podremos estar al mismo tiempo lejos y como en casa. Ahora bien, no nos engañemos, ese territorio perfecto en el que nos abandonamos a hacernos selfis compulsivamente —como escribiera Javier Marías— existe en función de nuestras expectativas y para satisfacerlas. Pero sus contenidos —dónde ir, cómo ir, qué ver—, nos son sutilmente impuestos a los individuos —entendidos como consumidores de nuestro propio tiempo libre— por medio de estímulos publicitarios, dependientes a su vez de intereses económicos y políticos perfectamente reconocibles.

El hecho turístico se inscribe dentro de una sociedad que valora la movilidad espacial, el desplazamiento, como algo de lo que depende nuestra realización personal. Cada uno de nosotros se valora y es valorado en función de cantidad y excepcionalidad de los sitios en que hemos estado, es decir, de nuestra cuenta personal de ciudades de las que podamos decir: "las conozco".

Pero los lugares brillantes marcados en nuestros mapas de turistas no son reales; son decorados vacíos, falsificaciones que nos venden como la "esencia" de las ciudades visitadas, convertidas para nosotros en auténticos parques temáticos. Lejos de percibir esa realidad atroz, los turistas amamos el engaño en que nos sumergimos. Buscamos, y a veces creemos encontrar, lo auténtico, lo profundo, lo perenne… Cuando nos hacemos turistas somos como peregrinos en pos de lo fundamental y duradero de cada sitio, que, de la mano de los operadores turísticos y las agencias de viaje, podemos entrar en contacto, ver con nuestros propios ojos, incluso tocar, cosas de las que hemos oído hablar, pero que nunca habíamos visto y que ahora se nos presentan en toda su grandeza: la Cultura, el Arte, la Historia… de cada ciudad que visitamos y por la que paseamos a veces solo durante una horas, como los protagonistas de Si hoy es martes, esto es Bélgica, El turista accidental o Lost in translation.

Hemos llegado a nuestro destino —nuestro destino turístico— y ahí, ante nosotros, encontramos lo que ni existe, ni ha existido, ni existirá jamás: un mundo quieto, fuera del tiempo, inmutable, la Verdad luminosa de la ciudad visitada, una Verdad a la que se le puede perdonar todo, incluso que sea mentira.

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