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Una coalición sin partidos

Hay tiempo para acordar fórmulas que permitan la formación de un nuevo Gobierno, siempre que se respeten algunos ingredientes que ya han funcionado en la política española

Pablo Iglesias pasa frente al presidente del Gobierno en funciones durante la primera jornada de la sesión de investidura.
Pablo Iglesias pasa frente al presidente del Gobierno en funciones durante la primera jornada de la sesión de investidura. EFE

Estaba tan descontada la coalición de Gobierno de izquierdas tras las elecciones que su inviabilidad, hasta el momento, produce entre la mayoría de votantes de izquierda más desconcierto y perplejidad que comprensión. Diversos analistas han explicado acertadamente por qué siempre hubo suficientes razones para el escepticismo ante un pacto entre PSOE y Podemos: una unión de fuerzas insuficiente en apoyos, internamente vulnerable e ideológicamente desequilibrada difícilmente puede articular una mayoría en el Congreso.

No es un problema de nuestra democracia, sino un reflejo más de la transformación del medio ambiente político. En el país de Borgen, los daneses acaban de formar un Gobierno socialdemócrata en minoría con pocos precedentes. Tras dos meses sin salida, en Bélgica hay un debate sobre si se pueden repetir las elecciones. En Italia, una coalición endeble se acaba de hundir con apenas un año de funcionamiento. Si queremos mirar afuera para encontrar lo que nuestros políticos no aciertan a conseguir, no hallaremos certezas mayores. Y sin embargo hay tiempo para acordar fórmulas que permitan la formación de un nuevo Gobierno, siempre que se respeten tres ingredientes necesarios que que han funcionado en la política española estatal o autonómica.

Primero, que los partidos que aspiren a entrar en el Ejecutivo garanticen su cohesión interna al resto de socios. Si es cierto que la perspectiva de llegar al poder suele cohesionar los partidos, cuando eso no funciona, como sucede con Podemos, es un terrible presagio para el resto de potenciales aliados de coalición.

Además, la pretensión de Podemos de supeditar la decisión del Ejecutivo a los órganos de partido hasta ahora no ha funcionado demasiado bien en España. Más bien los estudios al respecto demuestran lo contrario: los partidos suelen quedar supeditados a la potentísima maquina de acción gubernamental. Por eso, los aparatos partidistas han gobernado poco la agenda política española, menos de lo que suele pensarse. Podemos teme las implicaciones de esta inercia, pero no parece que forzar las aristas convenza a sus socios.

Por eso, siempre que acaban habiendo tensiones entre los partidos gobernantes y los Ejecutivos en los que participan sin apenas influencia, la sostenibilidad del equilibrio ha pasado por estrategias presidenciales que aíslan partidos y Gobiernos, con ministros con bajo perfil o independientes (y no por mucho tiempo), con una irrefrenable deriva personalista.

Reunir estos tres aspectos no producirá inevitablemente una coalición de izquierdas en el próximo mes, pero sí serán inexcusables para facilitar la fórmula resultante que aborte la repetición electoral. Dicho de otro modo: cuánto menos cohesionado se presente Podemos a la negociación definitiva, cuanto más pretenda controlar desde fuera la incertidumbre inevitable de la acción gubernamental, cuanto menos margen quiera dejar a Sánchez en la gestión posterior del Ejecutivo… más probable es que volvamos a las urnas en tres meses.

Juan Rodríguez Teruel es profesor de Ciencia Política de la Universidad de Valencia. Este artículo ha sido elaborado por Agenda Pública para EL PAÍS.

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