Columna
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La izquierda vencedora

“La soberbia nunca baja de donde sube, porque siempre cae de donde subió”. La de Quevedo fue posiblemente la cita más certera que se pudo escuchar a lo largo del debate

Pablo Iglesias, durante su intervención en el Congreso.
Pablo Iglesias, durante su intervención en el Congreso. JAIME VILLANUEVA

La personalización de la política es un fenómeno reciente que no afecta en exclusiva a la izquierda. Los líderes más diversos han conseguido crear nuevos movimientos o prescindir de sus estructuras tradicionales de partido para establecer una relación directa con las bases. Esta desintermediación de la política, lejos de contribuir a la moderación, está facilitando un enconamiento que poco aporta a la buena marcha de nuestras sociedades. Una organización requiere jerarquías y oligarquías; un líder moderno parece que puede prescindir de todas ellas y que, libre de cualquier tipo de equilibrios, se basta por sí solo para alcanzar los objetivos políticos que propugna. Los plebiscitos sustituyen a los debates internos y los partidos, impotentes ante sus líderes, se hacen inútiles para componer acuerdos y ponderar estrategias excesivamente personales. Los viejos partidos han estado llenos de defectos pero salta a la vista que, con su experiencia y su pragmatismo, resultaban bastante más integradores y útiles para los ciudadanos.

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“¿De qué sirve una izquierda que pierde, incluso cuando gana?”. La pregunta quedó flotando en el ambiente tras el fin de las votaciones. Ahora bien, la cuestión clave es determinar qué izquierda venció en las pasadas elecciones. Dejemos a un lado la cuestión territorial, deliberadamente ignorada por todas las izquierdas presentes en la Cámara, y demos por cierto que es posible defender la solidaridad sin definir quién es el sujeto sobre el que ese atributo se proyecta. Pretender la igualdad material entre los catalanes, los españoles, los europeos o entre la humanidad entera requeriría políticas diferentes, pero ese no parece ser el problema. El meollo está en determinar si entre aquellos socialistas que renunciaron tardíamente al marxismo en 1979 y los jóvenes que se afiliaron al Partido Comunista tras la caída del Muro de Berlín existen suficientes puntos de coincidencia como para establecer un Gobierno de coalición. La historia europea nos enseña que tal cosa no ha sido posible desde la II Guerra Mundial, que los socialdemócratas han sabido colaborar con su izquierda con más o menos intensidad pero, salvo la breve experiencia francesa de Pierre Mauroy en 1981, su intimidad ha tenido límites muy claros. Ahora bien, sin coalición y tras este primer asalto, imaginar un Gobierno socialista en minoría es tanto como ver a Podemos pasando en breve a la oposición.

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El fracaso de la investidura está adornado con elementos de la nueva política y de las viejas izquierdas. También con aspectos derivados de la eterna condición humana. “La soberbia nunca baja de donde sube, porque siempre cae de donde subió”. La de Quevedo fue posiblemente la cita más certera que se pudo escuchar a lo largo del debate. Veremos si, una vez más, resulta ser una profecía.

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