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Los españoles de la Luna

Hace medio siglo, un puñado de jóvenes fueron reclutados por la NASA para hacer historia

Los españoles que participaron en los programas espaciales de la NASA posan en la Estacion de Espacio Profundo de Robledo de Chavela (Madrid). Detrás, la antena de comunicaciones. En vídeo, el ingeniero Carlos González relata su experiencia.

El lunes al mediodía, 20 hombres y una mujer de edad avanzada subían a duras penas la rampa hacia una enorme antena de radio que apuntaba hacia el cielo. Al llegar arriba el grupo se dispuso a posar para el fotógrafo. Muchos de ellos gritaron como auténticos adolescentes: “cervezaaaaaaaa”.

Son los españoles que llegaron a la Luna: ingenieros, técnicos, cocineros, camareros, documentalistas, que vivieron un momento histórico y atípico para la España de la época. Trabajaban en las estaciones de seguimiento espacial de la NASA en Robledo de Chavela y Fresnedillas de la Oliva, estratégicamente situadas en pleno monte, pero lo suficientemente cerca de Madrid y su aeropuerto. Junto a las antenas de Cebreros (Ávila) y Maspalomas (Gran Canaria) y otras dos en Australia y EE UU, eran el nexo de unión entre la Tierra y los astronautas que pisaron la Luna por primera vez, hace ahora 50 años.

La única mujer del grupo se llama María Nieves de la Peña. Cuenta que tenía 17 años cuando empezó a trabajar de camarera en la base. La noche del 20 de julio de 1969 no tenía nada que hacer. “Estaba trabajando, pero nadie iba a venir a tomar café. Cuando terminó mi turno me colé en la sala donde se estaba siguiendo la misión. Fue maravilloso”, recuerda.

Frente a una de las consolas de comunicación estaba Carlos González, un chaval de 22 años hijo de campesinos asturianos emigrados a Madrid. En esos momentos Madrid era la única estación que tenía contacto directo con los astronautas. “Todos mis sentidos estaban puestos en el equipo que recibía la señal del módulo orbital de [Michael] Collins y el Águila de [Neil] Armstrong y [Edwin] Aldrin, que debían aterrizar en la Luna. Rezaba por lo bajinis para que no fallara la comunicación, pues si se rompía, se paraba la misión”, recuerda González, quien a sus 73 años luce un saludable rostro bronceado y una muleta para ayudarse a andar con una cadera lesionada. Este ingeniero tiene el privilegio de haber sido una de las primeras personas en la Tierra que escuchó una frase histórica:

-“Houston, aquí la base Tranquilidad. El Águila ha aterrizado”.

Carlos González, derecha, en la estación de Fresnedillas en 1969.
Carlos González, derecha, en la estación de Fresnedillas en 1969.

Eran las 21:17 en Madrid y la humanidad acababa de posarse en la Luna. Las palabras del comandante del Apolo 11 Neil Armstrong llegaron primero a Fresnedillas. Medio segundo después fueron rebotadas al resto de estaciones. González se enteró del éxito de la misión antes incluso que el mismísimo presidente de los EE UU, Richard Nixon. “Sentí una descarga de electricidad por todo el cuerpo y pensé, tío, lo hemos conseguido, aunque por encima sigue la responsabilidad de seguir haciendo bien tu trabajo”, explica.

Un par de horas después la Luna se puso tras el horizonte. Tomó el relevo la antena de Honeysuckle Creek (Australia). En Fresnedillas se brindó con vino, un anticipo de otras celebraciones con jamones, langostinos y paellas de cigalas para conmemorar éxitos posteriores, tal y como relata José Manuel Grandela en su libro Fresnedillas y los Hombres de la Luna.

José Manuel Grandela, primero por la izquierda, y Carlos González, derecha, junto a otros compañeros en la estación de Fresnedillas en 1983.
José Manuel Grandela, primero por la izquierda, y Carlos González, derecha, junto a otros compañeros en la estación de Fresnedillas en 1983.

Grandela llevaba apenas unos meses trabajando en la estación de la NASA cuando el Apolo 11. “Aquella noche hubo un momento que pensamos que no iban a aterrizar”, recuerda. El piloto automático estaba guiando a los dos astronautas a una zona de rocas peligrosa para una nave frágil como el Águila. Armstrong tomó en control manual de la nave y consiguió posarla en un llano a unos seis kilómetros del lugar original. “Veíamos que sus pulsaciones estaban disparadas. Charlie Duke, que era el único autorizado para dirigirse directamente a los astronautas desde el centro de control de Houston dijo: os oímos desde la Tierra. Había aquí un montón de gente a punto de ponerse azul. Ahora volvemos a respirar”, relata Grandela, que durante décadas trabajó como radiotelegrafista en la estación y ha recopilado al detalle la intrahistoria del grupo de los españoles de la Luna. Armstrong pisó la Luna a las 3:56 del 21 de julio hora de Madrid. Diez millones de españoles lo seguían por televisión. Unas horas después Fresnedillas volvió a tomar el relevo en el momento en el que los astronautas encendieron el motor del Águila para regresar al módulo orbital y preparar el regreso a la Tierra.

El complejo de la NASA en las afueras de Madrid era como un pequeño pueblo de las estrellas. "Cuando el Apolo 11, en el edificio especial para las operaciones del Apolo eran todos yanquis menos yo”, recuerda González, cuyos recuerdos han sido recopilados en El gran salto al abismo (Next Door Publishers). La estación tenía vehículos propios para ir depositando a cada trabajador en su casa. Había equipos de voleibol y fútbol. Algunos incluso encontraban a las parejas de su vida, como la camarera María Nieves, que se casó con el ingeniero David Villena, quien posaba a su derecha el lunes bajo un sol de justicia.

El panorama fue cambiando en misiones sucesivas. “Cada vez dejaban entrar a más españoles y llegó un Apolo, ya no me acuerdo cuál, en el que nos quedamos solo españoles en algunos equipos”, recuerda el radiotelegrafista José Antonio Perea, de 84 años, un hombre espigado al que las gafas de sol negras le dan un aire de vieja estrella de rock.

Jose Manuel Grandela, izquierda, y Carlos González, en la Estacion de Espacio Profundo de la NASA en Robledo de Chavela, Madrid.
Jose Manuel Grandela, izquierda, y Carlos González, en la Estacion de Espacio Profundo de la NASA en Robledo de Chavela, Madrid. EL PAÍS

“Todo lo que llegaba a la estación se grababa en cintas magnéticas que yo guardaba en latas, etiquetaba y enviaba a toda prisa al aeropuerto de Barajas, donde un avión las esperaba para llevárselas a EEUU. Aquí solo quedaban las copias”, explica José Castán, de 78 años, documentalista, quien entró en la estación con 26 años en pleno Apolo 8, la primera misión que orbitó la Luna, en 1968.

El gran ausente el día de la foto es Luis Ruiz de Gopegui, un físico madrileño que llegó a ser director de Fresnedillas y quien a sus 91 años está demasiado mayor para ir a Robledo. Al teléfono desde su casa, con la cabeza aún lúcida, recuerda aquel día. “Entonces era un soldado raso más. Tenía 41 años y estaba a cargo del sistema de la antena. No tengo muchos recuerdos espectaculares. No nos dábamos cuenta de lo crítico que era lo que estábamos haciendo. A ninguno se nos pasó por la cabeza que pasados 50 años no se habría vuelto a la Luna”, reconoce.

Cuatro meses después del éxito lunar llegó uno de los momentos más surrealistas de la carrera espacial. Armstrong, Aldrin y Collins vinieron de visita a España y las autoridades franquistas les prepararon una apretada agenda en Madrid: recepción de Franco en El Pardo, desfile triunfal por la Gran Vía en descapotable, rueda de prensa. Hasta hubo tiempo para regalarles a los astronautas un traje luces e invitarles a calarse la montera frente a las cámaras, lo que hicieron reticentes. No hubo tiempo en cambio de ir a Robledo ni Fresnedillas y conocer a los españoles que habían ayudado a que la misión fuese un éxito. Gopegui pudo asistir a uno de los actos sociales de los astronautas. “Llegué a saludar a Armstrong, pero no a conocerle. Se les trataba como a dioses. Me dieron la mano, pero ninguno sabía quién era yo”, recuerda.

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