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Chicho Ibáñez Serrador y el viaje del miedo

El miedo es una respuesta defensiva tan antigua como el mundo y nos sirve para ser conscientes del peligro cercano

Chicho Ibáñez Serrador, con puro en una mano y en la otra una caricatura suya, en 1994.
Chicho Ibáñez Serrador, con puro en una mano y en la otra una caricatura suya, en 1994. EL PAÍS

Hace unos días nos dejó Narciso Ibáñez Serrador, Chicho, uno de los hombres que más ha contribuido al entretenimiento desde el otro lado de las cámaras.

Aunque su nombre siempre irá ligado al concurso televisivo Un, dos tres, su labor como realizador superó las fronteras de la pequeña pantalla, dirigiendo dos títulos claves del cine de terror: La residencia y ¿Quién puede matar a un niño? En ambas cintas, Chicho maneja el suspense a la manera de Hitchcock -de quien se consideraba discípulo- poniendo la técnica cinematográfica al servicio de la tensión dramática.

La residencia es una historia decimonónica, de las de terror gótico, mientras que la otra es una película donde se activa el miedo y el suspense desde la inocencia de la niñez. En cualquier caso, Chicho consigue hacernos pasar un rato de miedo en su forma más cruda, es decir, haciendo saltar los resortes del sistema nervioso ante el peligro siempre acechante de cada escena. Porque el miedo resulta innato al ser humano y, científicamente, es una reacción en la que se remueven y liberan defensas orgánicas que alteran nuestras terminales nerviosas. A continuación, vamos a contar cómo se pone en marcha el circuito del miedo en nuestro organismo.

El primer sitio donde se localiza el miedo reside en el cerebro, en una estructura -con forma de almendra- denominada amígdala. Encargada de controlar y procesar emociones, la amígdala da la señal de alarma ante nuestros miedos más primitivos y, lo que es más importante, los pone en relación con el resto del cerebro. Gracias a esta estructura compleja nuestra especie ha sobrevivido, puesto que la amígdala ha hecho saltar las alarmas orgánicas de nuestros antepasados cuando se presentaban estímulos amenazadores para su integridad física. De esta manera, ante un indicio de peligro, la amígdala se pone en marcha, emitiendo una señal al resto del cuerpo. Incluso, hay ocasiones, en las que la amígdala se pone activa antes de que seamos conscientes del peligro. Es cuando empieza la sudoración.

El primer sitio donde se localiza el miedo reside en el cerebro

Con esto, bien puede decirse que el miedo es una respuesta defensiva tan antigua como el mundo y que nos sirve para ser conscientes del peligro cercano. De hecho, ya hemos visto que en las sociedades primitivas el miedo servía para proteger la vida. De manera parecida, en épocas no muy lejanas, el terror desplegado por los gobiernos totalitarios en Europa sirvió a los regímenes para salvaguardarse a sí mismos.

Hace poco más de tres años que un equipo internacional de científicos liderado por investigadores del Campus de Excelencia Internacional Moncloa (UCM-UPM) evidenció la reacción de la amígdala cerebral humana ante posibles amenazas. Para ello se implantaron electrodos en distintos pacientes, dando como resultado lo que podemos denominar el viaje del miedo.

Muchos años antes de que se demostrara esto, Chicho Ibáñez Serrador ya había experimentado con el miedo y con su viaje. Tomando como partida el campo visual, hizo penetrar el miedo en el circuito emocional; un recorrido que dura lo que duran sus películas. Entre otras muchas cosas, Chicho había comprendido que el miedo es una sensación que arranca en las primeras edades del ser humano; una herencia que él supo emplear desde el otro lado de la cámara.

Porque ante todo, Chicho fue un conocedor de los miedos arquetípicos del ser humano y experimentó con ellos dentro del formato visual, es decir, con imágenes en movimiento proyectadas en la oscuridad de una sala de cine. Con tales mañas, consiguió remover nuestros miedos más ancestrales hasta sacarlos a la superficie. Bien mirado, es una buena manera de enfrentarnos a ellos, a sabiendas de que nuestros miedos siempre ganarán por adelantado.

El hacha de piedra es una sección donde Montero Glez, con voluntad de prosa, ejerce su asedio particular a la realidad científica para manifestar que ciencia y arte son formas complementarias de conocimiento.

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