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IDEAS ANÁLISIS i

Entre Franco y Francia no hay tanta distancia

La presentadora María Rey dijo “las tropas de Franco” en vez de las de “Francia”. Su lapsus sirve para entender por qué nos confundimos al hablar

María Rey el 2 de mayo de 2019 en Telemadrid
María Rey el 2 de mayo de 2019 en Telemadrid

María Rey, presentadora de Telemadrid, fue vapuleada injustamente en las redes tras decir en antena durante las celebraciones del Dos de Mayo que esa fecha conmemora el levantamiento de los madrileños “contra las tropas de Franco”. Cualquier persona de buena voluntad habrá interpretado que quiso decir realmente “contra las tropas de Francia”; pero las redes no parecen dominadas por personas de buena voluntad.

Su lapsus fue corregido en directo poco después. Sin embargo, como suele ocurrir en estos casos, el fragmento de vídeo difundido hasta la saciedad no incluía la rectificación.

Las acusaciones contra la periodista abarcaron todas las causas posibles: la ignorancia, la mala fe, la obsesión con Franco… Miles de personas se desacreditaban así ellas solas ante quienes observan la vida con más sentido común o disponen de algunos conocimientos al respecto.

Las equivocaciones de este tipo se suelen producir, según nos explican los psicolingüistas (como Belinchón-Igoa-Rivière, 1998: 560-610), por culpa de algún cruce de caminos en el cerebro: porque se intercambian raíces o términos en sus respectivas funciones sintácticas (“se me lengua la traba”); porque se está emitiendo una idea mientras se piensa en otra (“te quiero, Edilberto”, le dice alguien a su pareja, llamado Anastasio); porque se confunden significados con cierta relación entre sí (“me quedé ciego” en vez de “me quedé mudo”); porque se sustituyen fonemas (“estoy encandado de conocerte”), o porque se entrecruzan palabras de gran similitud fonológica.

La psicolingüística explica que el error se da cuando un vocablo desechado se adelanta a otro fonológicamente similar

Parece probable que fuera esto último lo que le pasó a María Rey.

En cambio, el presidente Rodríguez Zapatero incurrió en 2009 en un cambio de fonema cuando hablaba de un “acuerdo para favorecer y para follar el turismo” en vez de un “acuerdo para favorecer y para apoyar el turismo”. (En este caso, por tanto, desecharíamos la posibilidad de que estuviese diciendo una cosa mientras pensaba en otra).

Estos errores de fonema aparecen con mayor frecuencia si su resultado es una palabra preexistente (como “follar” o “Franco”).

Al hablar, el inconsciente activa en nosotros una cohorte de términos que la memoria relaciona entre sí por sus similitudes. Y el lapsus se produce cuando un vocablo de esa cohorte (es decir, de ese grupo de palabras que hacen cola) se adelanta a los demás de forma errónea (Altmann, 1999: 52 y 141-142).

Al oír la frase “yo acostumbro a lavarme la cara cada…”, obligatoriamente el cerebro anticipa “día” o “mañana”, porque estos términos forman parte del contexto estable que acompaña a la oración inacabada: “Día” y “mañana” constituyen así una pequeña cohorte que extraemos de nuestro recuerdo para completar lo que falta.

También cuando hablamos sucede eso, en un efecto similar al de los sistemas de lenguaje predictivo en los teléfonos móviles o en las búsquedas de Google. De una lista de posibles candidatos a ser pronunciados se pasa a la selección de la palabra óptima y se desactiva el resto. Así, al decir “el coche subió a la colina” se habrán activado en fase subliminal “el coche subió a la columna” y “el coche subió a la colmena”. (En estos patrones se suele dar la coincidencia en el número de sílabas y en el lugar del acento tónico).

Pero en situaciones de tensión o de cansancio mantienen su latencia las opciones que normalmente quedarían desactivadas al no ser pertinentes, y pueden adelantarse a las otras por debajo del umbral de percepción (de manera subliminal, por tanto). De ese modo, entran en el cerebro sin que éste las procese de forma consciente.

Eso no ocurre siempre por una relación de ideas, sino que a menudo se debe a un simple parecido, porque el significado y la forma de una palabra son tratados mentalmente de manera distinta (Belinchón et al., 1992: 564; Anula, 1998: 48). Es decir, la recopilación en cohorte es “tonta”, pues se recupera la información relacionada con las señales en la memoria, sin importar su pertinencia (Hunt-Ellis, 2007: 304, 323). Y luego ni se recuerdan los candidatos desechados.

En el hecho que nos ocupa, parece probable que el subconsciente de la presentadora (quien llevaba ya varias horas en antena) acogiera en cohorte inconsciente los términos “Francia” y “Franco”, y que el segundo se adelantara al primero.

Se trata de la misma proximidad léxica que se produce en lapsus como “me puso la cabeza como un biombo” o “es un penalti como la copa de un piano”, en los cuales la afinidad fonética se antepone a la entidad semántica.

Y en el caso de María Rey se dio un factor añadido: que, al contrario de lo que ocurre en los ejemplos del biombo y el piano, semánticamente absurdos en la frase, el vocablo erróneo (“Franco”) no resultaba incongruente una vez inserto en el contexto léxico (“las tropas de…”), sino lingüísticamente posible.

Si la presentadora hubiera estado leyendo la noche anterior con mucho interés un tratado de química, cabría la posibilidad de que en su cohorte subliminal hubiera aparecido también el término “francio”, que nombra un raro elemento metálico y alcalino. Pero, en igualdad de condiciones con el vocablo “Franco” en esa cola de espera, habría sido más fácil que la periodista desechara “francio” inconscientemente en la preselección cerebral vertiginosa, porque la expresión “las tropas de francio” resulta incongruente.

La secuencia que no se activó

Otro factor adicional para que una palabra teóricamente desechada se adelante a la elegida se relaciona con la diferente frecuencia con que una y otra aparecen en contextos reiterados. Y aquí sucedía eso también. La secuencia “las tropas de Franco” alcanza mayor presencia en la memoria de cualquier español que “las tropas de Francia”, alternativa latente que se quedó sin activar.

Pero no hace falta para ello que la palabra “Franco” inunde el ambiente a cuenta de las idas y venidas que llevamos con sus restos (a pesar de que éstos ni se han movido). Bastaría con que el sujeto emisor del mensaje hubiese estado en contacto con ese término o esa secuencia de palabras porque los leyó en un libro el día anterior. Es decir, puede darse una activación individual de este “adelantamiento”, no necesariamente social.

Y, desde luego, nada de ello tiene que ver con la ignorancia, la incultura, la falta de profesionalidad o un intento de manipular (acusaciones de muchos usuarios en las redes). Nos sucede a todos de forma no planificada. Para que ocurra, basta con que se conjuguen algo de cansancio, un uso reciente o intenso de alguna de las palabras que aparecen en cohorte, que la sustituida y la pronunciada coincidan en sí­­labas y acento, y, finalmente —como circunstancia facilitante, pero no imprescindible—, una cierta congruencia entre el contexto que se tiene in mente y la palabra que de forma indebida se adelantó a otra con la que competía en la cohorte.

Los presentadores de programas largos acumulan agotamiento y tensión, y además han de oír por el pinganillo las indicaciones internas del director, de la realizadora o del regidor, a la vez que la otra parte de su cerebro sigue hablando al público. Lo admirable es que no se equivoquen más.

Bibliografía

ALTMANN, Gerry T. M. (1999): La ascensión de Babel. Una incursión en el lenguaje, la mente y el entendimiento. Ariel Psicolingüística. Barcelona,

ANULA REBOLLO, Alberto (1998). El abecé de la psicolingüística. Madrid, Arco/Libros.

BELINCHÓN, Mercedes; IGOA, José Manuel; RIVIÈRE, Ángel (1998): Psicología del lenguaje. Investigación y teoría. Editorial Trotta. Madrid.

HUNT, R. Reed, ELLIS, Henry C (2007). Fundamentos de psicología cognitiva. Editorial Manual Moderno. México.

DEL VISO, Susana; GARCÍA-ALBEA, José Eugenio; IGOA, José Manuel. Corpus de errores espontáneos del español. Universidad de Oviedo, 1987.

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