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Amoral y sin principios

“Usas sus palabras, ensalzas su liderazgo, pregonas su adhesión a los valores. Y entonces ya estás perdido. Él se ha comido tu alma”

El fiscal general William Barr el miércoles ante el Comité Judicial del Senado.
El fiscal general William Barr el miércoles ante el Comité Judicial del Senado. REUTERS

El contacto con políticos amorales y sin principios suele producir efectos devastadores. Hasta el punto de que profesionales excelentes y pundonorosos se convierten en sumisos servidores y vergonzosos aduladores al servicio de quien manda.

Hay que tener mucha fuerza interior para sobrevivir bajo la autoridad de un líder amoral. Todo empieza cuando el subordinado se mantiene en un silencio cómplice mientras el jefe miente descaradamente, primero en privado y luego en público. El jefe no para de hablar, y nadie se atreve a interrumpirle ni llevarle la contraria, hasta crear un círculo de asentimiento silencioso, incluso cuando sus tergiversaciones se convierten en un castillo de verdades alternativas.

El círculo de silencio pronto se convierte en círculo de lealtad, ya sea en reuniones formales bajo su presidencia, ya sea en comparecencias públicas, en las que cada uno de los subordinados aparece como un guardián leal del líder mentiroso. Más grave es todavía cuando el jefe ataca a instituciones y valores que sus subordinados aprecian y defienden. Los responsables callan, convencidos de que es mejor no dimitir para evitar que los ataques verbales se traduzcan en hechos y en represalias.

“Por supuesto, para seguir, deberás aparecer como parte de su equipo, y así seguirás obteniendo más compromisos. Usas sus palabras, ensalzas su liderazgo, pregonas su adhesión a los valores. Y entonces ya estás perdido. Él se ha comido tu alma”. Con estas frases termina el artículo Como Trump coopta líderes como Bill Barr, de donde he tomado las ideas que se explican en los anteriores párrafos, escrito por el exdirector del FBI James Comey y publicado este pasada semana en The New York Times.

El actual fiscal general William Barr, pertenece a la misma categoría de magníficos abogados, escrupulosos defensores de la legalidad y con un alto sentido del servicio público, de la que forman parte James Comey o Robert Mueller, el fiscal especial autor del informe sobre las interferencias rusas en las elecciones presidenciales de 2016.

Comey ha intentado buscar las razones por las que un profesional prestigioso ha podido acceder a la sucia tarea de salvar a Trump de tan graves acusaciones, mediante dilaciones, ocultaciones e incluso mentiras, que le permiten al presidente mantener sin fundamento alguno que ha sido “totalmente exonerado” de las sospechas de conspiración con Rusia y de obstrucción a la justicia. La conclusión de Comey es clara: “Los líderes amorales terminan revelando el carácter de quienes les rodean”.

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