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Sindicalismo en la era del ‘coworking’

El movimiento sindical se enfrenta hoy al reto de modernizarse y de proteger a los autónomos en una era de menguantes derechos laborales, largas jornadas de trabajo y escaso derecho a la desconexión

Manifestación de autónomos en Vigo el pasado 15 de febrero.
Manifestación de autónomos en Vigo el pasado 15 de febrero.

En el mundo del coworking, las profesiones liberales, el emprendimiento y el pensamiento positivo, la cultura sindical corre el riesgo de evaporarse en poco tiempo. Para muchos miembros de las nuevas generaciones, el sindicalismo es algo vintage: aquel señor de barriga, vago, liberado, problemático y adicto a las parrilladas. El sindicalismo no es cool: en la nueva y chispeante economía digital no abunda. Según dónde, hasta está mal visto reivindicar unas condiciones laborales justas: se ve como una muestra de falta de compromiso con el sagrado proyecto. Hay que arrimar el hombro, sacrificar la vida y el aliento. Lo dijo en un tuit el visionario y emprendedor Elon Musk: “Nadie ha cambiado el mundo trabajando 40 horas a la semana”.

Este “nuevo espíritu del capitalismo” (como lo bautizaron los sociólogos Luc Boltanski y Ève Chiapello) se puede observar en cualquier espacio de oficinas compartidas o coworking como los que proliferan en los centros de las ciudades, donde profesionales dispersos se juntan en busca de compañía y “sinergias”, y donde, por supuesto, no hay tablones sindicales. “Nada es imposible”, se lee en una pizarra. El local es diáfano, tranquilo, moderno. En largas mesas corridas trabajan los autónomos, las pequeñas empresas y start-ups que pagan por este espacio. Por todas partes se leen mensajes sobre marcar la diferencia, ser inasequibles al desaliento, salir de la zona de confort, generar impacto.

El coste de esta forma de trabajo no se menciona: ni los ingresos, ni la inestabilidad, ni la duración de la jornada, ni el derecho a la desconexión, ni los conflictos con la conciliación familiar o la pareja o la amistad o el ocio: lo que venimos llamando la vida. Quejas hay, pero se expresan más en la barra del bar y en las redes sociales.

Un mundo que ya no existe

La edad de oro del sindicalismo sucedió en un mundo que ya no existe. Durante los llamados Treinta Gloriosos, los tres decenios del capitalismo en Occidente tras la Segunda Guerra Mundial, se conjugó con éxito crecimiento económico y redistribución de la riqueza, y los sindicatos fornidos conquistaron derechos y contribuyeron al levantamiento del Estado de bienestar. Eran tiempos de fábricas, minas, astilleros y grandes empresas donde el roce hacía el cariño y la solidaridad. Los trabajadores se organizaban con facilidad y poderío. Era el modo de producción fordista exportado desde Estados Unidos.

El modelo ha quedado tocado por la Gran Recesión, todo es más flexible e individualista

Ahora, en un paisaje posfordista, en el que han perdido predominancia las grandes empresas y la protección laboral y el modelo ha quedado tocado por la Gran Recesión, todo es más líquido, flexible, borroso, atomizado, individualista. El poeta José Agustín Goytisolo expresó algo notable en Palabras para Julia: “Un hombre solo, una mujer así, tomados de uno en uno, son como polvo, no son nada”. Con los autónomos, lo mismo. Microempresas y trabajadores tomados de uno en uno, como polvo, desindustrialización, plataformas digitales: una sociedad siempre online, donde los límites de la jornada se desdibujan, hay problemas de precariedad, temporalidad, inseguridad y autoexplotación. Todo ello engrasado por el aceite mental del pensamiento positivo que evita la explosión. A los sindicatos, organizaciones longevas con fuertes inercias, les cuesta adaptarse a los cambios (como, por lo demás, a todo el mundo). Que en España no supieran capitalizar el descontento de la crisis y unirse de forma efectiva al movimiento del 15-M, los casos de mala praxis, la debacle de las cajas de ahorros y algunos escándalos de corrupción no ayudaron a mejorar su popularidad.

“Los sindicatos se encuentran en una difícil posición”, dice Luis Enrique Alonso, catedrático de Sociología de la Universidad Autónoma de Madrid. “Deben atender una realidad laboral muy diversa, y también seguir siendo un negociador eficaz y solvente con la patronal y el Estado”. El sindicalista francés Thiébaut Weber ha comparado esta situación con el dios Jano de la mitología romana, que tenía dos caras: con una, el sindicato debe afrontar los problemas clásicos (desempleo, salario); con la otra, adaptarse a los nuevos tiempos tecnológicos y la precarización que conllevan. 

La conciencia de clase

La campaña de descrédito de la lucha obrera desde la revolución neoliberal ha hecho mella: una de las prioridades de Reagan y Thatcher fue menoscabar el fuerte poder sindical (la Dama de Hierro aplastó épicamente en 1984, fecha orwelliana, a los orgullosos mineros británicos) y esas ideas entraron a saco en el imaginario colectivo: el sindicato era una rémora al progreso.

Los autónomos son empujados a la autoexplotación en muchos campos, como, por ejemplo, en el caso de las profesiones llamadas creativas. “Hoy día tener un trabajo creativo e interesante parece más importante que las condiciones laborales, con eso basta para saciar nuestro narcisismo”, dice el catedrático Alonso, “lo que se pide es entusiasmo a toda costa”. De ese “entusiasmo”, de esa autoexplotación del autónomo cultural, habla el libro El entusiasmo, de Remedios Zafra, premio Anagrama de Ensayo en 2017.

La conciencia de clase trabajadora ha desaparecido, sobre todo en el ámbito de las nuevas profesiones tecnológicas e individualizadas, por más que trabajen, y mucho: las horas extras no pagadas rondan el 40% en el ámbito laboral general, según el INE. “La conciencia de clase no está en la mente de las nuevas generaciones y muchos explotados se sienten emprendedores. Hay que hacer entender que es necesario organizarse, que la unión es la base para avanzar, pero no existe una varita mágica para lograrlo”, opina Enrique Hoz, secretario general de CNT, el histórico sindicato hoy minoritario y que, quizá precisamente por ello, ha tenido la cintura para implicarse en algunas de esas luchas, lanzando campañas como STOP Falsos Autónomos, divulgando la precariedad de muchos periodistas e implicándose con fuerza en las luchas feministas.

Los límites de las jornadas se desdibujan, hay problemas de precariedad y autoexplotación

Este giro hacia los movimientos sociales también se perfila como una estrategia para reforzar la imagen de otras organizaciones sindicales. “Más allá de la tabla salarial, debemos ocuparnos de la calidad de vida de las personas, del Estado de bienestar, de las cuestiones de género, del problema de la vivienda”, explica Carlos Gutiérrez, secretario de juventud y nuevas realidades del trabajo de Comisiones Obreras (CC OO). Estas son formas de acercar el sindicalismo a una sociedad que muchas veces mira para otro lado. Y, como añade Gutiérrez, hay que ver Internet “como un espacio de acción para cambiar el relato dominante”.

Una opción inevitable es utilizar las redes sociales para divulgar la unión de los trabajadores. Los sindicatos ya están en Facebook, Twitter o Instagram, donde difunden ideas y pueden resolver dudas y ofrecer asesoramiento. Está por venir la figura del influencer sindical que se haga selfis con el puño en alto.

¿Qué hacer?

Los sindicatos mayoritarios en España, UGT y CC OO, suman cerca de 1.800.000 afiliados —en los últimos años se observa un repunte tras haber perdido mucha afiliación con la crisis—. Son conscientes de la problemática que enfrentan y tratan de imaginar soluciones. “Sería importante que los núcleos fuertes de los sindicatos en las empresas también se ocuparan de los autónomos que trabajan para ellas y de aquellos que lo hacen para empresas externalizadas”, apunta Gutiérrez. Se está produciendo un traslado del riesgo del capital a los trabajadores, como se ve en el caso de las plataformas digitales o en el crecimiento de los falsos autónomos y de los becarios: se la juega el currante y no el patrón. Otra propuesta es fortalecer las ramas territoriales de los sindicatos, aquellas que se disponen sobre el terreno, más allá del centro de trabajo, y adonde puedan acudir los autónomos, y no solo organizarse por sectores laborales.

En UGT están tratando en los últimos años de introducirse en los nuevos mercados laborales, “sobre todo ahora que crece la temporalidad, la incertidumbre, y hay quien trata de sacar provecho de ello consiguiendo mano de obra más barata”, explica Gonzalo Pino, secretario de política sindical de UGT. La Unión de Profesionales y Trabajadores Autónomos (UPTA) es el organismo vinculado al sindicato para defender a estos trabajadores y representa al 19,6%. En España hay más de 3,2 millones de autónomos. “Existe mucho desconocimiento y es nuestra labor abrir caminos hacia la sociedad”, señala Pino.

La Asociación de Trabajadores Autónomos (ATA, que representa al 61,4% de los autónomos), más que un sindicato, es un asociación empresarial, recientemente integrada en la patronal CEOE, aunque su carácter no deja de ser híbrido porque agrupa a autónomos que tienen una empresa, pero también a aquellos que trabajan por su cuenta, como explica su vicepresidenta ejecutiva, Celia Ferrero: “Muchos autónomos viven a caballo entre una situación y otra, como empleados de sí mismos y jefes de sus empleados, por eso creemos que deben tener una representación específica”, explica. El asociacionismo, creen, es importante y son transversales: tienen desde periodistas, ingenieros o psicólogos hasta camioneros o taxistas: “Representamos intereses comunes”, dice la vicepresidenta.

La conciencia de clase trabajadora ha desaparecido en las profesiones tecnológicas

La cobertura y la protección social deben adaptarse a las nuevas formas de trabajo. Proponen una distribución de la cuota de autónomos más racional y proporcional a los ingresos, además de un nuevo tipo de trabajador autónomo económicamente dependiente (TRADE) digital, que permita que estos autónomos no tengan que depender al 75% de una sola empresa y que puedan repartir su tiempo entre varias. Ejemplo: un repartidor autónomo (esos que con elegancia anglosajona se llaman rider) que funciona con su propia bici y su propio teléfono, y que pueda dividir su trabajo entre varias plataformas digitales. El contrato TRADE que hoy existe ofrece ventajas a los autónomos como derecho al descanso semanal y a las vacaciones. Derechos que, por lo demás, fueron conquistados hace mucho, pero que se van diluyendo en la nueva coyuntura líquida y flexible.

¿Cómo organizar hoy a los trabajadores atomizados? A veces da la impresión de que haría falta que un agitador llegara al coworking, se subiera a una caja y empezara a arengar a las masas adormecidas, como en las fábricas del siglo XIX. “No es necesario”, dice Luz Rodríguez, profesora de Derecho del Trabajo de la Universidad de Castilla-La Mancha, “hoy tenemos Internet, y trabajadores localizados a lo largo del mundo con intereses semejantes pueden crear movimientos que, aunque no se llamen sindicatos, tienen función similar. Ya está pasando”. Pone como ejemplo experiencias como Amazon Turkopticon, Fair Crowd Work o asociaciones de repartidores de domicilio como Riders X Derechos. La tecnología es un reto y el capital suele hacer mejor uso de ella que el trabajo, pero también es una oportunidad.

Así germinan elementos de solidaridad diferentes, pero de solidaridad al fin y al cabo. En un momento en el que el mercado laboral demanda creatividad sin freno, tal vez la lucha de los trabajadores también tenga que ser más creativa.

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