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La mala fe

Este es el escenario que advierte de una situación crítica de la democracia española. Y hay poco margen de elección

El líder de Ciudadanos, Albert Rivera, en un acto del partido en Toledo.
El líder de Ciudadanos, Albert Rivera, en un acto del partido en Toledo. EFE

No hay semana sin motivo para seguir en la pelea. El presidente Torra se entretiene en maniobras dilatorias ante la orden de la Junta Electoral Central de retirada de lazos amarillos de los edificios de la Generalitat e inmediatamente PP y Ciudadanos despliegan su ejercicio favorito: denuncias judiciales, amenazas y promesas represivas diversas que es la única política que tienen para Cataluña. ¿Recuerdan al camarero de Sartre? Al filósofo le chocó su estado de sobreactuación y gesticulación permanente y decreto: no hace de camarero, juega a hacer de camarero. Y esto es la mala fe. Pues bien, es hora de hacer política responsable y abandonar la mala fe.

No hay manera: a los líderes independentistas encallados en una estrategia agotada que requiere rectificación y cambio de rumbo, les falta coraje para llamar a los suyos a afrontar una etapa nueva. Torra busca, con sobreactuaciones que solo son alpiste espiritual para creyentes, el reconocimiento que no consigue ejerciendo de presidente por delegación, mientras el mito de la unidad del independentismo se desvanece. Y PP y Ciudadanos siguen a piñón fijo con el discurso de patria y mano dura, ante la evidente incapacidad de tener un proyecto político para Cataluña.

En este contexto una campaña electoral de extraordinaria importancia porque en ella se juega el giro autoritario del régimen, ningunea cualquier debate de fondo sobre los grandes problemas actuales: desde la crisis de representatividad de las democracias occidentales hasta el cambio climático; desde la brecha de las desigualdades que no cesan y las políticas de cohesión social hasta la crisis de Europa (“un club de perdedores” según Peter Sloterdijk) que puede agrandarse después de mayo; desde las disfunciones del universo digital y su impacto en la vida y privacidad de cada uno hasta la cuestión de la inmigración; desde la revolución feminista como principal horizonte de emancipación hasta el empoderamiento de los municipios, destinados a jugar un papel destacado como sujetos políticos en el futuro.

Ninguno de estos y otros temas capitales cuenta en la actual campaña. Y sin embargo es decisiva. O gana una derecha que lleva al neofascismo montado encima y no ha hecho nada para descabalgarlo, al contrario, lo ha adoptado como socio. O gana Pedro Sánchez y el PSOE, modestos portadores de la bandera progresista, en un momento en que el resto de la izquierda se descompone en uno de sus ejercicios favoritos: la psicopatología narcisista de las pequeñas diferencias. Y todo ello con el fantasma del independentismo —distraído en una pelea interna por la hegemonía entre Esquerra Republicana y Junts per Catalunya— como coartada para la regresión cultural y autoritaria de una derecha adicta al patriotismo trascendental, que flirtea con la xenofobia contra los inmigrantes, el supremacismo machista y el rechazo al feminismo. Este es el escenario que advierte de una situación crítica de la democracia española. Y hay poco margen de elección.

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