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moda hombre elegante

¿Existen los hombres elegantes hoy?

¿Qué entendemos hoy por elegancia? Cuando informalidad y credibilidad se han convertido en moneda de cambio, la comodidad simboliza la libertad de movimientos mientras el traje está condenado al ostracismo. Una prenda que últimamente queda mejor en una fiesta que en la oficina. Pero ¿todo vale? En absoluto. Esa es la cuestión. Bienvenidos a 2019, una era llena de zonas grises

LA ELEGANCIA, sobre todo, pertenece a la ficción. A incontables tableros de Pinterest con imágenes de John Fitzgerald Kennedy, Gianni Agnelli, Yves Saint Laurent, Balthus o el duque de Windsor. A las pe­lículas de Luchino Visconti y a los libros de Oscar Wilde. Pero ¿existen los hombres elegantes hoy? “Yo los he visto atravesar las modas durante años sin variar su peinado un milímetro. Solo se presentan con chaqueta y corbata, algo que requiere valor si vas a salir a la calle en plena moda ­hippy. Son hombres austeros, vestidos con total desdén por las tendencias, que casi pasan inadvertidos. Fascinantes”, dice Tatiana Tolstoï en su libro De l’élégan­ce masculine, publicado en 1987 y ya entonces una antigüedad. Porque sería estupendo saber qué piensan aquellos hombres sobre que esta temporada la mayoría de las pasarelas hayan decidido que lo que vamos a llevar son bermudas, ponchos, sombreros de pescador y logos XXL. De que en las tiendas de lujo se haya popularizado el pantalón de chándal camuflado como pantalón de aeropuerto, o de que el pantalón de aeropuerto, que en realidad es más pijama que chándal, campe por las calles con la excusa de que es lo que se lleva ahora. Es el fin del mundo. Me lo decía hace poco un hombre incorruptiblemente elegante. “Casi no se puede salir a la calle. ¡Todo el mundo va en zapatillas deportivas!”.

A la derecha, look de Dior, cuya línea masculina pilota Kim Jones. A la izquierda, propuesta de Zegna, casa italiana con amplia tradición de sastrería a medida.
A la derecha, look de Dior, cuya línea masculina pilota Kim Jones. A la izquierda, propuesta de Zegna, casa italiana con amplia tradición de sastrería a medida.

Pero no cualquier modelo, porque la carrera de las firmas de lujo por hacerse con la categoría de la zapatilla superlativa está dejando ejemplos memorables. Balenciaga desató la locura hace dos años con sus Triple-S, que efectivamente parece que tienen tres suelas, a 700 euros el par. Las de Dolce & Gabbana se llaman Super King, y tienen piso de sierra y piezas geométricas incrustadas en el talón. Dsquared2 ha llamado The Giant a las suyas: imagine el tamaño del que estamos hablando. Otras tendencias incluyen lo utilitario (ropa como para un fotógrafo militar, llena de bolsillos), lo alucinógeno (incluidos jerséis de punto tejidos con imágenes sacadas de un disco de rock progresivo) y el ­preppy renovado (polos de rugby con detalles que explican que uno los lleva de forma irónica). Pero no hay mucho que reprocharle a la industria de la moda, que tan solo reacciona a un entorno en el que las normas indumentarias cambian con una velocidad parecida a la del mercado laboral. Porque entre la fantasía de las pasarelas y el tostón de las normas del traje para la oficina ha florecido el estilo emprendedor: diversas combinaciones del chino, la camiseta, la camisa entallada y la barba. Una mezcla entre estudiante y camionero estadounidense, y una categoría profesional que oscila entre el freelance normal y el exbanquero metido a hostelero o a fabricante de calcetines. Es un espectro de la población imposible de catalogar, pero que sí está de acuerdo en algo: llevar traje es como de viajante. La credibilidad y la informalidad se han convertido en las nuevas monedas de cambio. El hombre quiere parecer cómodo y libre, no incómodo y subordinado.

La demolición controlada de la ropa formal no solo ha ocurrido en empresas tecnológicas con sedes amuebladas con futbolines. Bancos, consultorías y compañías de seguros han empezado a librar a sus empleados de la tiranía del dos piezas. Goldman Sachs ha sido la última institución de Wall Street en apuntarse: a partir de este mes, sus banqueros pueden recurrir a una indumentaria “flexible” (la única indicación es que deben vestirse “de acuerdo a las expectativas de sus clientes”). Y Soho House incluso lo pone por escrito. Esta cadena de clubes para socios, con sucursales en las principales ciudades de Occidente y una clientela cuidadosamente escogida en los más selectos caladeros de las profesiones liberales, invita a sus socios a prescindir de chaqueta y corbata en sus instalaciones. Lo cual abre una pavorosa zona de grises. Puede que las normas sean el refugio de los cobardes, pero al menos proporcionan una hoja de ruta. Es aquí donde algunos diseñadores intentan ayudar. En Ermenegildo Zegna, una casa italiana conocida por sus lujosos tejidos y sus trajes impecables, Alessandro Sartori, su director creativo, lleva varias temporadas firmando colecciones que insisten en que la mezcla entre el sport y la sastrería es la fórmula del ahora. Y se encarga de explicárselo a sus clientes personalmente en pequeños eventos en las tiendas de la firma: “Les ayudo a vestirse, resuelvo sus dudas. La clave está en enseñarles que se pueden expresar más y mejor a través de la ropa”, dijo en una entrevista concedida a ICON. Según él, no es tan difícil. “Un traje de siempre con un jersey de cuello cisne en vez de con una camisa ya es contemporáneo. Lo siguiente es el cambio de proporciones”.

Desfile de Margiela para esta temporada.
Desfile de Margiela para esta temporada.

La cuestión es si estamos preparados para ese cambio de proporciones. Se lo pregunta esta temporada Virgil Abloh, el diseñador del momento, en su primera colección para Louis Vuitton. Abloh es un creador con sensibilidad urbana que se ha hecho famoso por sus facetas como DJ y amigo y factótum del estilo del rapero Kanye West. También por ser el fundador de la firma Off-White, una de las pocas independientes que se han hecho un lugar entre un público millennial obsesionado con Gucci y Balenciaga. Con aires hiphoperos y vagamente conceptual, su sastrería para Vuitton tiene pantalones de pinzas muy anchos o muy ajustados y está hecha en colores planos: blanco, rojo, marrón. Prada propone su propia interpretación, anclada en los años setenta, perfecta con un cuello cisne. Y Margiela, la casa donde ahora diseña John Galliano, apuesta por una versión delicada y sexy, cortada al bies, que convierte un dos piezas de tweed en un conjunto discretamente andrógino (combinarlo con botas de cowboy de purpurina, como propone el gibraltareño, es cosa suya). Otro desfile importante de esta primavera, el de Dior por Kim Jones, también planteaba como una invitación a la sutileza su propuesta de un traje para el presente. En su caso, cruzado, con chaqueta de un solo botón y en tonos maquillaje, un homenaje a las raíces de la casa en la moda femenina.

Entre lo utilitario, lo alucinógeno y lo ‘preppy’ renovado, la moda reacciona al cambio vertiginoso de las etiquetas

Solo que, con la salvedad de ciertos momentos magníficos de los últimos años sesenta y de otros, todavía más delirantes, a principios de los ochenta, el hombre no se entrega ni al maquillaje ni al color maquillaje desde el siglo XVIII. La Revolución Francesa impuso el traje oscuro al aristócrata, que hasta entonces había disfrutado feliz de los brocados y las sedas de colores, y ahora tenía que vestir como un burgués si no quería que le cortaran la cabeza. Richard Sennett explica en su libro Building and Dwelling cómo, 100 años después de aquello, los amplios bulevares del París hausmanniano se habían convertido en un triste mar de hombres de negro. Durante el Antiguo Régimen, cada gremio tenía su uniforme (los carniceros llevaban bufandas a rayas, y los farmacéuticos, un tallo de romero en la solapa), pero ahora, gracias a la confección industrial, todas las clases podían vestir igual. El cambio fue mucho más que estético: la uniformidad hizo casi imposible interpretar a un extraño por su indumentaria. Era el espíritu de la época. La tabla rasa, la anónima respetabilidad. Ya se lo dijo Lord Chesterfield a su hijo en una de sus famosas cartas: “No indagues mucho en las apariencias de los demás. La vida es más sociable si uno toma a la gente por lo que es y no por lo que probablemente sea”.

Zapatillas de Dolce & Gabbana.
Zapatillas de Dolce & Gabbana.

Y a pesar de todo, cualquier tiempo pasado fue mejor en términos de estilo, aunque solo fuera porque había normas que romper. En aquel tratado de la moda mascu­lina de Tatiana Tolstoï, un homenaje a la vieja elegancia europea, quedarse en mangas de camisa es “un error repugnante”. Subirse el cuello de un abrigo Chesterfield, aunque haga un frío polar, es “una abominación absoluta”. Y si tiene zapatos de algún color que no sea negro o marrón, quémelos. Los hombres de Tolstoï aún sortean las modas parapetados por su traje y corbata, pero los demás damos traspiés mientras intentamos ubicarlos en nuestras vidas. Porque la versión convencional sigue funcionando en bodas, bautizos y, diga lo que diga Mark Zuckerberg, en la mayoría de salas de juntas de este país. Y también cuando uno necesita que lo tomen en serio. El fundador de Facebook vistió traje oscuro y corbata cuando compareció ante el Congreso por el asunto de Cambridge Analytica. En la vida real, sin embargo, casi no quedan más reglas que las de la intuición. Y ahora que las zapatillas y la ropa informal se han convertido en el uniforme de la nueva economía, dan ganas de vestirse otra vez. No necesariamente como mande la pasarela. Como sea, pero démonos prisa antes de que la ropa de aeropuerto vuelva a ser novedad.

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