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IDEAS COLUMNA i

Desconvocar es imposible a veces

La potencialidad desaparece al surtir efecto. No se puede desviar una flecha que ya se ha clavado

Los taxistas votan para decidir si continúan con la huelga en Madrid, el pasado 5 de febrero.
Los taxistas votan para decidir si continúan con la huelga en Madrid, el pasado 5 de febrero.

Mi prima convocó una reunión familiar; y cuando ya llevábamos dos horas de conversación, decidió desconvocarla. “¡La desconvoco!”, dijo. Y se levantó de la silla.

Si a quien lee estas líneas le ha sonado algo raro ahí, eso se debe quizás a que ha intuido que no se puede desconvocar una acción que ya está en marcha. Y así es, porque la potencialidad de la convocatoria desaparece en el momento en que el efecto se produce, del mismo modo que no se puede desviar ni detener el vuelo de una fecha cuando ya se ha clavado en la diana. Tampoco podremos anular una cita para almorzar con otra persona cuando ya estamos en el segundo plato. Si acaso, decidiremos salir abruptamente del restaurante tras pretextar un dolor de muelas, anunciar que vamos a por tabaco o tomar sencillamente las de Villadiego. Pero nunca descitarnos. Si nos descitamos cuando ya hemos consumido el filete, el camarero nos traerá la factura correspondiente y le importará un comino la desconvocatoria.

Obviamente, “des-convocar” significa lo contrario de “convocar”, y retrata la acción de anular el llamamiento que se dirigió a una o varias personas para que hicieran algo; por ejemplo, una huelga. Así pues, con “desconvocar” se anula la convocatoria… pero no aquello que le sigue. Si anunciamos una huelga y ésta se produce, no cabe ya la posibilidad de desanunciarla. Lo que sí cabe en ambos casos es acabar con la huelga, revocarla, paralizarla, detenerla, terminarla, cancelarla, suspenderla o interrumpirla.

El verbo “desconvocar” se opone a “convocar”; y el sustantivo “desconvocatoria” contradice a “convocatoria”. Tanto “convocar” como “convocatoria” evocan una potencialidad: se llama a que ocurra algo; por tanto, algo puede ocurrir.

Pero cuando la convocatoria se ha transformado en acto, esa potencialidad desaparece por sí misma y se convierte en un resultado. Es decir, una vez que una huelga está en marcha, la convocatoria que condujo a ella no tiene ya virtualidad alguna en el presente.

Ahora bien, sí se puede desconvocar una huelga cuando ésta no ha empezado, porque en tal caso la anulación permite volver al punto de partida.

En casi todos los periódicos se escribieron la semana pasada expresiones como “los taxistas desconvocan la huelga”, “se decidió la desconvocatoria de la huelga” o “la huelga fue desconvocada sin lograr sus objetivos”. Quienes redactaron así sus textos no tuvieron en cuenta ni la definición del Diccionario académico ni las recomendaciones de varios libros de estilo. Ni la lógica de los hechos.

Y aún queda un segundo aspecto discutible con la idea de “convocar”. Habitualmente, una o varias personas convocan a las demás; pero suena extraño que alguien se convoque a sí mismo. Se entiende, por ejemplo, que un comité de empresa o la directiva de un sindicato convoquen a la huelga a los trabajadores a los que representan o a los que se dirigen con esa convocatoria. Pero no tanto que los trabajadores se autoconvoquen. Por ejemplo: “Los trabajadores del metro convocan huelga” (huelga de trabajadores del metro, claro).

En tales casos se entendería mejor que la acuerdan, la anuncian o avisan sobre ella.

Una huelga del transporte siempre es incómoda para todos. Pero mucho más lo sería una huelga en el uso de las palabras precisas. Si eso sucediera realmente, qué difícil sería llegar a un acuerdo.

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