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La trampa de la palabra “hembrismo”

"Machismo" deriva del uso despectivo de "macho", pero este invento interesado da un salto en el vacío

El líder de Vox, Santiago Abascal, saluda a una mujer el pasado 3 de diciembre en Sevilla.
El líder de Vox, Santiago Abascal, saluda a una mujer el pasado 3 de diciembre en Sevilla.

Los hombres son machos y las mujeres son hembras porque la ciencia incluye a unos y otras en el grupo de los animales. Racionales, pero animales. El primer diccionario académico (siglo XVIII) ya señalaba en la entrada “hembra”: “El sexo que concibe, el animal que engendra en sí, tanto de los racionales como de los brutos”. Así pues, desde el punto de vista biológico el término “hembra” representa, igual que “macho”, una designación objetiva.

Sin embargo, las palabras no se pueden analizar sólo por su definición ni por su etimología. Cuando se pasean por la sociedad, se impregnan de olores, sabores y recuerdos. Es decir, las percibimos con sus connotaciones: con los matices que apreciamos en ellas a partir de su uso en contextos estables. Y ahí empieza a separarse el camino de ambos términos.

La palabra “macho” ha recibido en diversas épocas un sentido peyorativo. En la edición de 1780 se incluía esta acepción: “El hombre necio y tonto; y así se dice comúnmente: fulano es un macho”. Y ahora leemos: “Hombre en que supuestamente se hacen patentes las características consideradas propias de su sexo, especialmente la fuerza y la valentía. [Ejemplo:] ‘Se cree muy macho’. (Usado también en sentido despectivo)”.

Por el contrario, “hembra” no ha ofrecido esos rasgos negativos. Se dice a menudo “es muy macho”; pero no “es muy hembra”, cuyo hipotético significado señalaría a alguien de rasgos femeninos muy marcados; tal vez los de “débil” o “prudente”, características que se han atribuido a la mujer del mismo modo que “fuerte” y “valiente” se han aplicado al hombre.

Del referido uso despectivo de “macho” deriva “machismo”, que el Diccionario acoge en 1992 (aunque ya se usaba setenta años antes). Y ahora se extiende el invento interesado de “hembrismo”, alentado por Vox y sus similares para que reemplace a “feminismo”. Pero mediante un salto en el vacío, porque no contamos antes con una acepción peyorativa de “hembra”.

“Hembrismo” no se emplea tanto para definir discriminaciones contra el hombre a cargo de la mujer como para desacreditar al feminismo por entero. Ya nos daba una pista el Diccionario del Español Actual (1999), dirigido por Manuel Seco, que hace equivalentes en el uso “feminismo” y “hembrismo”, pero endosándole a este vocablo la marca de “despectivo”.

El lexicógrafo Manuel Alvar Ezquerra, por su parte, define así la idea de “hembrismo”: “Discriminación sexual, de carácter dominante, adoptada por las mujeres” (El neologismo español actual, 2005). Nada que oponer, porque en la vida puede haber de todo. Pero no se debe consentir que tal término ocupe en el uso político el lugar que corresponde a “feminismo”.

“Machismo” y “hembrismo” nunca pueden ser simétricos como se pretende con el uso de esta palabra. Mientras que el machismo ha formado una corriente real, activa y agresiva, el hembrismo” es sólo teórico. El feminismo, por su parte, no busca la discriminación del hombre, sino la igualdad; mientras que el machismo febusca la supremacía masculina.

Hay organizaciones feministas, y no organizaciones machistas (serían ilegales). El feminismo desarrolla una lucha justa, a diferencia del machismo que combate. El hembrismo, si existe en la realidad como se define en la teoría, es residual, mínimo (habría que manipular las estadísticas para defender lo contrario); y el intento de que este término ocupe la idea entera de “feminismo”, para establecer así una simetría con “machismo”, constituye una descarada manipulación del lenguaje.

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