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ARTES

La ciudad con el mestizaje cultural entre las tripas

Historia e innovación dan impulso al renovado fervor artístico que inunda las calles de Saint Louis, en Senegal, en el que domina la iniciativa privada

El Museo de la Fotografía de Saint Louis (Senegal).
El Museo de la Fotografía de Saint Louis (Senegal).

Detrás de la pintura descortezada de buena parte de las casas coloniales del casco antiguo y una riqueza arquitectónica patrimonio de la humanidad en riesgo de ser devorada por el mar, Saint Louis está en ebullición. Situada al norte de Senegal, a la frontera con Mauritania, esta ciudad cargada de historia es un laboratorio en constante fermento de innovación y mestizaje, según los artistas que animan su vibrante vida cultural.

Su trazado urbano acoplado a la desembocadura del río Senegal esconde galerías y museos, espacios dedicados a la danza contemporánea y a la fotografía, festivales musicales internacionales y ateliers de moda. Algunos opinan que este fervor está vinculado con el reciente descubrimiento de nuevos yacimientos de petróleo y gas y esperan que este hallazgo traiga riqueza para todos, incentivando aún más las actividades culturales. Otros, sin embargo, no son tan optimistas y han decidido tomar la delantera, sin esperar a que el Estado o el crudo lo hagan por ellos.

La antigua capital de Senegal es la sede elegida por el Instituto Francés para albergar a la primera villa en África subsahariana de la institución. La Villa Saint-Louis Ndar, recién estrenada, reúne artistas e intelectuales locales e internacionales para la investigación. “Expertos de ámbitos distintos trabajarán codo con codo entre uno y tres meses para ofrecer respuestas objetivas a los problemas que aquejan a la ciudad, conjugando el saber con la imaginación”, detalla Victor Faye, coordinador de la iniciativa.

“Saint Louis fue el punto de entrada para algo malo para el país: la colonización. Hoy, en cambio, puede ser la puerta de acceso para algo bueno, para revisitar la historia, renovar creando algo nuevo”, sostiene el experto senegalés, que regresó hace poco de Europa para sumarse a este proyecto. “Cuando vivía en Francia, me di cuenta de que a veces se instrumentaliza la cultura con fines políticos. Quise volver a Senegal porque tenemos que empezar algo desde aquí, hacer oír nuestras propias voces. Nuestros políticos no dan mucho crédito a la cultura, pero hay una necesidad imperante entre la gente”.

Queremos que la cultura sea accesible a todos para responder a los que opinan que solo es para los europeos

Maguette Dieye, administradora de Le Château

“Es interesante lo que está pasando aquí con los jóvenes. Ya no esperan de brazos cruzados a que las autoridades hagan algo. Ahora se lanzan y luego esperan la reacción de los políticos. El descubrimiento del petróleo puede dar un impulso, pero la pregunta es si hay voluntad política para una verdadera vida cultural”.

En la sede de Waaw, la conexión a internet no funciona muy bien, pero el equipo de la residencia de artistas no parece molesto e invita los huéspedes a tomarse un descanso de la red. Desde 2012, más de 200 artistas, periodistas, diseñadores e investigadores de una treintena de países se han establecido durante un tiempo en el centro para llevar adelante proyectos vinculados con lo que Senegal y Saint Louis pueden ofrecer. “Y no nos referimos al sol”, matizan en su web. Waaw, cuyo nombre significa sí en wolof, no recibe financiación pública, ni del Estado ni de los gobiernos de otros países.

El centro cultural Le Château tampoco goza de financiación pública. No obstante, su equipo intenta que todas las actividades sean gratuitas para los vecinos del barrio, incluso si ellos mismos cobran salarios muy bajos. Por la tarde, por ejemplo, los jóvenes se hacen con el control de la azotea para ensayar al ritmo de hip hop. También se proyectan películas en wolof al aire libre, se organizan debates y talleres de varias disciplinas, entre otras iniciativas, y el festival anual de danza Duo Solo Danse (que este año se celebrará del 13 al 15 de junio).

Le Château abrió en 2015 en el edificio que había sido la sede de la antigua administración colonial de Mauritania, pero los principios no fueron simples, admite la administradora Maguette Dieye. “Somos el primer centro cultural en abrir en una zona en la que ni siquiera sabían qué es la danza contemporánea”, revela desde su despacho en el barrio de pescadores Ndar Tout. “Los vecinos tenían miedo hasta a entrar. Tardamos un año en lograr que participen, pero no desistimos. Queremos que la cultura sea accesible a todos para responder a los que opinan que solo es para los europeos. Queremos que se convierta en trabajo”.

En la otra punta de la ciudad, el escultor Ibrahim Seck descansa al sol delante del Museo de la Investigación y la Documentación de Senegal. Es un domingo por la mañana y no se ven muchos turistas en los alrededores. Se abalanza con entusiasmo sobre los primeros visitantes del día y les conduce hasta la parte más alta de un edificio de propiedad de la Universidad Gaston Berger, donde ha montado una exposición temporal de su trabajo. “Vengo de la región de Fatick, pero esta es mi tercera experiencia en Saint Louis. Aquí se hacen negocios”, explica.

Poco más adelante, Meissa Fall trabaja en un patio de apenas cinco metros por cinco en el barrio Sidone. Es imposible cuantificar cuántas ruedas y manillares descansan en este cementerio de bicis en el que la chatarra se apila hasta el cielo. El artista recicla viejos vehículos para plasmar esculturas que se hacen altavoz de la urgencia de adoptar una actitud más respetuosa con el medioambiente.

El pintor Zeus también se nutre de residuos para su arte. Telas y trozos de colchón recogidos en la calle, todo le vale para expresarse. “Lo que los demás tiran para mí es oro”, explica sentado en una pequeña banqueta de madera en su estudio. Su hija pequeña y su primo montan la guardia alrededor suyo con un bastón de madera como fusil. Encima de cada arma llevan trozos de tela que su padre acumula en una bolsa de plástico. Hace cuatro años empezó a invitar a los niños mendigos a su taller para que se expresen a través del arte.

No lejos del taller de Meissa Fall se encuentra el Museo de la Fotografía. La decisión de abrir el único centro del país dedicado a este arte en Saint Louis no es casual: aquí nació hace un siglo y medio la fotografía de África occidental. El museo, abierto a finales de 2017, atesora unas 40 imágenes de la colección del fundador, el promotor cultural de Saint Louis Amadou Diaw, desde Omar Victor Diop a Malick Welli, Siaka Soppo Traoré o James Barnor.

El célebre Festival de Jazz, que este año animará la ciudad del 26 abril al 1 de mayo, no es el único evento musical de calado internacional de Saint Louis. Entre el 1 y el 2 de noviembre, se celebrará también Métissons, una cita anual llegada a su décima edición y que este año opta por un cambio de rostro. Artistas europeos —como el español Raimundo Amador— compartirán escenario con músicos africanos de la talla del senegalés Cheikh Lô en una serie de conciertos repartidos en varios puntos de la ciudad, en paralelo con otras actividades como conferencias y exposiciones.

“En Saint Louis se han rodado muchos largometrajes documentales, pero no había ningún sitio para disfrutar de ellos”, cuenta Dominique Olier, coordinador del Festival Africadoc, especializado en este género de cine. El encuentro celebrará del 16 al 21 de diciembre su décima edición, en la que participará también un director español, cuyo nombre aún no se ha revelado. “Se proyectarán de forma gratuita más de 50 películas en 10 escenarios distintos, la mayoría al aire libre, pero también en escuelas”.

Un año de cultura

  • 26 de abril -1 de mayo: Festival de Jazz
  • 13-15 de junio: Festival Duo Solo Danse
  • 1-2 de noviembre: Festival Métissons
  • 27-30 de noviembre: Festival Entre’vues
  • 16-21 de diciembre: Festival del cine documental de Saint Louis Africadoc

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