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Por qué Divine, Chanceline y Bernadette son el futuro

Ruanda está entre los primeros países del mundo en igualdad de género. Pero la generación nacida tras el genocidio de 1994 y crecida durante la gran transformación del país conoce bien la discriminación de una sociedad aún muy patriarcal. Ellas son el cambio

Ruanda es el sexto país en la lista del Foro Económico Mundial por sus esfuerzos por reducir la brecha de género
Ruanda es el sexto país en la lista del Foro Económico Mundial por sus esfuerzos por reducir la brecha de género

Sobre el papel, Ruanda está a la cabeza del mundo en igualdad de género. El país africano presume de tener el porcentaje más alto de mujeres en el Parlamento (67,5%) y, según el Foro Económico Mundial, ocupa el sexto puesto por sus esfuerzos por reducir la brecha de género, después de cuatro países escandinavos y Nicaragua. Más de dos décadas después del genocidio de 1994, la política promovida por el Gobierno ha llevado a la práctica el empoderamiento femenino a todos los niveles: educativo, económico y político. No obstante, aunque la generación nacida tras el genocidio pudo votar por primera vez en agosto, los testimonios de su vida cotidiana muestran una realidad diferente.

Divine, Chanceline y Bernadette son tres jóvenes del campo. Nacieron después del genocidio en un país completamente diferente del de sus madres y abuelas. Aun así, pronto conocieron de cerca la discriminación y la violencia, herencia del pasado reciente del país, y su sociedad todavía profundamente patriarcal. Hasta que no las vencieron, no comprendieron lo que significa la igualdad de género ni lograron retomar las riendas de su vida. Como muchas otras mujeres de su generación, empezaron a creer en el cambio. Un cambio obra de las mujeres.

Divine, 22 años

Dos carpas blancas y espaciosas ocupan lo que hasta el dia anterior no había sido más que una parcela de tierra dura y polvorienta en Bugesera, en el campo ruandés, ofreciendo sombra en el insoportable calor de la mañana. Es la estación seca. En cuanto llegan los invitados, los hacen sentarse según la familia a la que pertenecen: los del novio a la derecha, los de la novia a la izquierda. Las tiendas se llenan de docenas de gafas de sol, trajes coloridos y kitenges (telas). Algunos niños curiosos trepan a los aguacates cercanos para atisbar entre el follaje. El espectáculo está a punto de empezar.

“Gracias a todos por venir. Estamos aquí para celebrar la elección del nuevo presidente”, comienza el maestro de ceremonias de la ocasión. Según la tradición ruandesa, una boda no se reconoce como tal hasta que la familia del novio pide la mano de la novia a través de la intervención de los sabios de ambas partes. Un hombre alto de cabello gris —el sabio del novio— agradece a la familia de ella que acoja la fiesta y la obsequia con una botella de vino llamado Divine, como la joven.

“La otra vez que viniste, no dijiste cuál querías”, bromea una voz desde la carpa de la novia. “Ayer Divine conoció a otro y ya se la hemos dado a él. Pero puedes quedaros con su prima Murekatete”. El micrófono pasa de mano en mano a medida que la farsa continúa, hasta que, por fin, las familias coinciden en que nunca ha habido animadversión entre ellas. Se acepta la petición de Innocent Ntirengaya de casarse con Divine Uwamahoro, y también la dote: ocho vacas que llevan horas mugiendo en un pasto próximo.

Divine nunca pensó que se casaría tan joven. Solo tiene 22 años, aunque ya es madre a tiempo completo de Keza Leilla, de tres años y medio. Cuando, dos años antes, conoció a Innocent en la boda de una amiga, supo al instante que se había enamorado. “Lo que me cautivó fue que conocía muy bien mi historia y que no se echó atrás”, recuerda. “Siempre me escuchó y me aceptó como soy”. Al final, los dos aparecen delante de los invitados. A su espalda, un pastor con traje tradicional y sombrero de vaquero arranca a cantar por la salud de las vacas y los novios. Ambas familias les dan sus bendiciones y hacen fotos.

Según datos de Naciones Unidas, 95.000 niños quedaron huérfanos durante el genocidio, y entre 250.000 y medio millón de mujeres fueron violadas. Una de ellas era la madre de Divine

Divine es hija de una violación ocurrida durante el genocidio. Innocent es huérfano. Perdió a su padre en las masacres y, al poco tiempo, también a su madre. Casi 25 años después, el nombre Ruanda sigue evocando en todo el mundo los 100 días trascurridos entre abril y julio de 1994, en los que las vidas de 800.000 personas, en su mayoria tutsis, fueron arrancadas por los extremistas hutus. Según datos de Naciones Unidas, 95.000 niños quedaron huérfanos, y entre 250.000 y medio millón de mujeres fueron violadas. Una de ellas era la madre de Divine.

La generación de Divine nació en un contexto muy diferente al de la Ruanda anterior a 1994. El nuevo paradigma del género significaba igualdad de matriculación para ambos sexos, tanto en la enseñanza primaria como en la secundaria, al tiempo que la nueva Constitución de 2003 introducía cuotas extremas para aumentar la representación femenina en todos los cargos del Gobierno. Cinco años después, el minúsculo Estado de África oriental de casi 12 millones de habitantes saltó a los titulares por ser el primero en la historia en alcanzar una mayoría de mujeres en el Parlamento, con un 56%. En 2003, la cifra subió a un 64%. Las mujeres se convirtieron en el rostro de la nueva Ruanda, en parte por voluntad política, en parte como consecuencia directa del genocidio. El 94% de los acusados de participar en él eran hombres, y un total del 70% de sus supervivientes eran mujeres.

En la boda, Verena Mukashuge, madre de Divine, está sentada en la tercera fila y mira orgullosa a su hija, tan guapa con su traje de novia. Su marido murió en el genocidio, y ella fue víctima de una violación en grupo por parte de la milicia hutu. Al mismo tiempo que a ella violaron también a su primera hija, que falleció después de dar a luz. Arthur, su huérfano, y Divine, la hija recién nacida de Verena, se criaron en la misma casa que los hijos que esta tuvo con su segundo marido. “No podía quererlos”, confiesa vacilante la mujer, que había jurado no contar nunca a los niños cómo fueron concebidos. Hasta que, un día, conoció a otra superviviente.

Esta le habló de Solidaridad para el Desarrollo de las Viudas y los Huérfanos a través del Trabajo y la Autopromoción (Sevota, por sus siglas en inglés), una organización de viudas del genocidio e hijos fruto de violaciones cuyo objetivo es proporcionales apoyo económico y psicológico. A diferencia de los huérfanos del genocidio, los hijos nacidos de una violación no tienen derecho a las ayudas del Gobierno y pueden vivir en la pobreza y estigmatizados por la comunidad. Cuando Verena se unió a Sevota en 2008 con la esperanza de conseguir alguna ayuda para las matrículas de Arthur y Divine, se dio cuenta por primera vez de que su historia no tenía nada de especial. “Al conocer a personas que habían pasado lo mismo que yo, me sentí casi curada”, recuerda. “Ver que unos completos extraños podían entrar en nuestras vidas y preocuparse por estos niños me mostró el camino para quererlos”.

“Teníamos que empezar a vivir otra vez”, recuerda Godeliève Mukasarasi, de 58 años y fundadora de Sevota con una sonrisa serena. Después de presenciar cómo violaban a su hija durante el genocidio y la mataban después junto con su marido y otras víctimas, Mukasarasi animó a otras mujeres a declarar como testigos ante el Tribuna Penal Internacional para Ruanda de Arusha, en Tanzania. En el pasado, un violador recibía la misma condena que alguien que había robado una vaca. Gracias a su testimonio y a los de otros centenares de supervivientes, la violación fue declarada por primera vez crimen contra la humanidad e instrumento de genocidio. “La violencia sexual fue un paso en el proceso de destrucción del grupo tutsi. De destrucción del espíritu, de la voluntad de vivir y de la propia vida”, proclamaba la sentencia contra los perpetradores del genocidio en la zona de Butare. Pasó mucho tiempo antes de que la gente, incluidas Verena y la propia Divine, entendiese el significado de estas palabras.

“¿Se puede imaginar lo que significa haber nacido de una violación?”, pregunta Divine

A los 16 años, Divine descubrió la verdad por accidente. Cuando iba de camino a pedir el documento de identidad, sus dos hermanastros mayores le contaron que no era hija del hombre al que llamaba padre. Acorralada por la adolescente, Verena confesó. “¿Se puede imaginar lo que significa haber nacido de una violación?”, pregunta Divine. “Estuve una semana sin dirigir la palabra a mi madre después de enterarme. Luego la traté como a una extraña durante meses”. La joven empezó a encerrarse en un caparazón. “En el colegio dejé de hablar. Me avergonzaba delante de mis amigas”. No entendía lo que había sufrido su madre. “La verdad es que pensé que había sido infiel a mi padre. No sabía que la violación se utilizaba como arma de guerra”. Divine no entendía la historia de su país ni la suya propia.

Igual que pasó con Verena, las cosas cambiaron para Divine cuando entró a formar parte de unos de los muchos Clubes de la Paz organizados por Sevota para los niños fruto de las violaciones cometidas durante el genocidio. “Me di cuenta de que no era la única”, recuerda. También entendió que no era culpa de su madre, ni tampoco de ella. Según cálculos oficiales, hay entre 5.000 y 20.000 niños nacidos de las violaciones del genocidio. En el club de Divine, los psicólogos y los educadores les enseñaban a utilizar la terapia cognitivo-conductual para aliviar su trauma. Ahora sabe que dándose golpecitos con dos dedos en la frente, los pómulos, los brazos y las muñecas puede ahuyentar hasta los pensamientos mas oscuros. Unos gestos sencillos que, a su vez, ella enseñó a su madre.

“No va a desaparecer”. Divine lo sabe, y todavía la persigue la idea de que su madre no la quería como a sus hermanos. Pero ahora la joven madre es consciente de que tiene una gran responsabilidad: “Tenemos que tener cuidado con cómo hablamos de ello a nuestros hijos. No quiero que mi trauma sea la herencia que le deje a mi hija”.

Chanceline, 16 años (y Abdul Jalim, 19 años)

Se acaba el curso en el Grupo Escolar Ntarama del distrito de Bugesera. Los alumnos han sacado los pupitres de las clases al patio, que está enfrente del campo de fútbol. 60 adolescentes, chicos y chicas de entre 16 y 20 años, están listos para empezar el concurso. Unos ensayan pasos de baile, otros repiten poemas y otros arreglan el equipo de sonido. “Somos capaces de luchar”, rapea Chanceline Umutoniwase junto con dos compañeros de clase. “Somos luchadoras. Mujeres empoderadas. Somos capaces, somos capaces”.

Claude Butera, encargado de dirigir el acto, trabaja para el Centro de Recursos de Hombres de Ruanda (Rwamrec, por sus siglas en inglés), una asociación que involucra a los chicos y a las chicas en la lucha contra los estereotipos y la violencia de género. De pie delante de los chavales, pregunta:

—¿Hay alguna diferencia entre la comida cocinada por un hombre y la cocinada por una mujer?”

—No, exclaman todos en respuesta.

—Quien haya visto a su padre entrar en la cocina y cocinar, que levante la mano.

Nadie la levanta.

Butera empieza a dibujar el retrato del pasado en Ruanda. Los rugos, las cabañas tradicionales, tenían una entrada separada para las mujeres que conducía directamente a la cocina. Las mujeres tenían que cocinar para sus maridos, que eran los únicos con derecho a comer carne y huevos. Las mujeres no iban al colegio, no se les permitía hablar en público ni dar órdenes a los niños. Si tenían algún ingreso de la venta de los productos que cultivaban, sus maridos lo administraban.

Esta visión patriarcal de la sociedad se reforzó durante el colonialismo, bajo el dominio alemán y belga, hasta la independencia en 1961, sobre todo a causa de la Iglesia católica. En la Ruanda posterior al genocidio existe por primera vez la igualdad entre hombres y mujeres, al menos según la ley. En 1999 se reconoció oficialmente el derecho de las mujeres a heredar propiedades. Podían abrir una cuenta bancaria sin pedir permiso a su marido y se animó a sus hijas a que fuesen al colegio, primero a primaria y luego a secundaria. Algunos derechos se han llegado a conocer con el término de género, abreviatura de igualdad de género. No obstante, en opinión de Butera, lo más difícil aún está por hacer, y es el cambio de mentalidad.

Chanceline tiene 16 años, el pelo corto y una mirada desafiante. Cuando sea mayor quiere ser cantante de afrobeat (tal vez como su ídolo, la nigeriana Tiwa Savage). Si no le sale bien (“¿Y por qué iba a salirme mal?”, se pregunta), se enrolará en el Ejército, como su padre y Rose Kabuye, otro de sus ídolos. Kabuye es miembro del Parlamento. Tiene el grado de teniente coronel —hasta el momento es la mujer con la graduación más alta que ha servido en la Fuerzas Armadas de Ruanda—, e hizo historia al conducir al Frente Patriótico Ruandés de vuelta al país a principios de la década de los noventa. En todo caso, Chanceline quiere ser una mujer fuerte que no dependa de su marido. Lo contrario de lo que le enseñaron.

En la Ruanda posterior al genocidio existe por primera vez la igualdad entre hombres y mujeres, al menos según la ley

Tras la separación de sus padres cuando ella tenía cinco años, la niña fue educada por su abuela siguiendo las antiguas normas. Pronto fue la única mujer joven que quedaba en la casa. “Mi abuela solía decirme que tenía que hacer las tareas propias de las chicas, y que los chicos tenían otras ocupaciones”, recuerda. “Pero estaba cansada porque siempre tenía que hacerlo todo para todos: cocinar, lavar los platos, hacer la colada... Ni siquiera tenía tiempo para los deberes”. En el colegio pasaba lo mismo. Chanceline y sus compañeras de clase eran las únicas que tenían que cocinar y servir la comida en el comedor o quedarse depués de clase a limpiar.

El primer día de colegio, en el pequeño edificio situado a pocos kilómetros de la frontera con Ruanda, su nuevo tutor la puso en un aprieto con una extraña pregunta: “¿Cuántas chicas y cuántos chicos tienen dos manos?” Mientras ella lo miraba atentamente en busca de una pista, el tutor, que se había formado en Rwamrec, respondió sencillamente: “Los dos tenéis dos manos. No hay nada que una chica pueda hacer con sus manos que un chico no pueda hacer con las suyas, y viceversa”. A Chanceline enseguida le gustó la idea y empezó a ocuparse de las tareas que, hasta entonces, habían sido “solo para chicos”, como cortar leña o pastorear vacas.

“Los chicos empezaron a burlarse de mí y a llamarme marimacho, pero yo seguí”, cuenta con un deje de orgullo en su voz suave. “Les demostré que podía hacer lo mismo que ellos”. Más adelante, la joven se armó de valor para repetirlo en casa y se atrevió a pedir ayuda a sus hermanos. Recuerda que tardó un poco en conseguir que entendiesen que, si lo hacían, todos tendrían más tiempo, pero, al cabo de un año, por fin empezaron a escuchar. Ahora, cuando acaba las clases y una parte de las tareas domésticas puede hacer los deberes y, lo más importante, ensayar las canciones que cantará el domingo con su grupo.

Abdul Jalim Muvunyi, amigo y vecino de Chanceline, de 19 años, recibió la misma educación en el colegio, pero en su casa sus “nuevas ideas” no fueron tan bien recibidas. Su familia vive en una pequeña parcela de Bugesera, a 15 minutos en bicicleta del colegio por un camino de tierra. A veces, por la tarde, cuando vuelven juntos a casa del instituto, Chanceline se queda un rato en el patio de Abdul Jalim a escuchar música en su móvil y cantar a coro. El chico, con la sudadera nueva todavía puesta a pesar del calor, se pone a barrer y a fregar el suelo.

“La primera vez que lo hice, mi padre me pegó, y lo mismo hacía si me veía cocinando o trenzando hojas de palma”, recuerda. Pero el curso escolar está acabando, y a estas alturas incluso su padre —que usa bastón para caminar y deja un intenso olor a cerveza de banana dondequiera que va— se ha acostumbrado a verlo ayudar en la cocina, así que ya no dice nada. Tiene más de 70 años y perdió a su primera mujer y a siete hijos en el genocidio. Luego se volvió a casar y tiene cuatro hijos: una chica y tres chicos. Abdul Jalim es el mayor. Hasta hace un año, jamás se le habría pasado a nadie por la cabeza que pudiese ayudar a su madre y a su hermana con las tareas domésticas.

“En los pueblos, cuando la gente ve a un hombre haciendo las tareas de la casa que corresponden a las mujeres, dice que lo han envenenado”, cuenta Fidele Rutayisire, fundador de Rwamrec. La organización no forma en igualdad de género solamente a niños, sino también a parejas de las zonas rurales, con el fin de reducir todas las formas de violencia doméstica, ya sea física, sexual o económica cuando la mujer no tiene voz en la administración de la economía familiar. Los estudios sobre la violencia de género han demostrado que cuanto mayor es la brecha entre los ingresos del marido y los de la esposa, mayor es la probabilidad de que esta última sufra malos tratos. Así lo muestra el trabajo de Anna Aizer publicado en 2010, Gender Wage Gap and Domestic Violence [La brecha salarial de género y la violencia doméstica].

En los pueblos, cuando la gente ve a un hombre haciendo las tareas de la casa que corresponden a las mujeres, dice que lo han envenenado

Ruanda es un país atípico. Tradicionalmente, las mujeres son las que mantienen a la familia. Ellas aportan el 88% de los ingresos familiares y, en consecuencia, deberían estar menos expuestas a ser víctimas de la violencia. Sin embargo, el 34% declara haberla sufrido, ya sea violencia física o sexual, por parte de su pareja. Con todo, el porcentaje es inferior al de la mayoría de los países de la región. En Uganda, por ejemplo, es del 50%. “A pesar de todo, seguimos teniendo demasiados hombres que callan y creen que tienen que ser el jefe de la casa. Nos encontramos con la resistencia de los hombres que se niegan a renunciar a sus privilegios y a su poder”, denuncia Rutayisire, que tiene su esperanza puesta en las nuevas generaciones. Entre los menores de 55 años, prosigue, “los hombres siguen siendo la mayoría de la población. Nunca lograremos la igualdad de género a menos que consigamos que se involucren”.

Cuando termina de barrer, Abdul Jalim se pone a lavar los platos. Conoce bien la violencia doméstica. Cuando algo va mal en casa, su padre pega a su madre. Una de las cosas que el joven ha aprendido en el colegio es que, a menudo, igualdad de género y violencia van estrechamente unidas. Esa es la razón de que decidiese convertirse en el cabeza de familia, pero de acuerdo con sus propias nuevas normas. Abdul Jalib ayuda a su hermana a preparar la cena, y cada vez que sus padres se pelean, se arma de valor para intervenir. “Mi madre ha entendido lo que intento hacer y está muy contenta”, cuenta con orgullo. “Una vez me dijo que, si sigo haciéndolo, a lo mejor algún día incluso mi padre cambiará su manera de pensar”.

Bernadette, 18 años

Como todos los fines de semana, el sábado por la mañana, toca fútbol. A menos de una hora de Kigali, el campo de tierra roja interrumpe el verde de la colina cubierta de bananeros. Dos equipos de chicas juegan mientras un grupo de niños las vitorea desde la poca sombra que han podido encontrar junto a las bandas. Cuando termina el partido, las jugadoras, todas adolescentes y preadolescentes, se les acercan, beben agua fresca o se la echan unas a otras por la cabeza. Algunas dan el pecho a los más pequeños del público. Todas hablan del recién llegado, y es que una de sus amigas ha dado a luz esta mañana.

Las chicas del Centro Marembo tienen historias muy largas para sus cortas vidas. Alice fue violada por un compañero de clase que la dejó embarazada; Josiane se escapó de casa porque su madre no le permitía que acabase sus estudios, y la madre del pequeño Olivier sufrió los abusos sexuales de su padre, así que el bebé es, al mismo tiempo, su hijo y su hermano. Muchas de ellas son menores y tienen enfermedades de transmisión sexual. Actualmente, el Centro Marembo, que acoge a unas 70 chicas, es el único refugio de Ruanda para niñas de la calle y madres y embarazadas adolescentes víctimas de abusos.

Bernadette Kabakesha, de 18 años, llegó aquí por primera vez en 2015 embarazada de tres meses. Ahora todo el mundo la llama Mama Christian por el nombre de su hijo. Para ella, la vida no consiste más que en volver a empezar. Cuando era niña nunca tuvo un verdadero hogar, ya que, tras la muerte de su padre y luego de su madre, la criaron muchos parientes diferentes. La maltrataron, le impidieron ir al colegio y la obligaron a trabajar para la familia que la hospedaba. Hasta que un día su prima, a la que adora, aceptó acogerla en su casa, pero su marido la violó.

Poco después, Bernadette se puso enferma y, como no sabía qué le podía pasar, fue al hospital, donde se enteró de que estaba embarazada de un par de meses. Aterrorizada ante la posibilidad de que su prima pudiese descubrirlo, decidió huir. Subió a un autobús y viajó durante horas, hasta que por fin llegó a su pueblo natal, donde todavía vivía su abuela. Cuando estuvieron juntas, acudieron a un centro One Stop, una de las numerosas comisarías de policía equipadas con clínicas para las víctimas de violaciones y maltrato creadas por el Gobierno en 2011. La prueba de ADN dejó pocas dudas sobre la paternidad del niño, y el violador fue detenido y encarcelado. Pero Bernadette no tenía a dónde ir. Para evitar que acabase con su prima, esposa del violador —una posibilidad propuesta por la familia de este con el fin de aliviar su condena—, Nicolette Nsabimana, fundadora y directora del Centro Marembo, dio a la futura madre y a su bebé una plaza en el refugio.

En Ruanda, una de cada tres mujeres ha sido víctima de violencia

“Mi vida cambió en el momento en que fui a la policía”, afirma Bernadette sin dudarlo. “Entonces retomé las riendas de mi vida”.

Según el informe Política Nacional contra la Violencia de Género de 2011, actualmente, en Ruanda una de cada tres mujeres ha sido víctima de violencia. La voluntad política del país de combatirla surgió directamente del impulso a favor de la liberación de las mujeres que siguió al genocidio en un “contexto de mujeres con problemas”, en palabras del Ministerio de Género y Promoción de la Familia. En 2008, nada más sorprender al mundo con su recién obtenida mayoría femenina en el Parlamento, las diputadas ruandesas aprovecharon su número para proponer una ley para la prevención y la penalización de la violencia de género. Fue la primera vez en la historia del país que una ley se redactaba en su totalidad en el Parlamento, en vez de ser impulsada por el Ejecutivo.

Durante los años siguientes —hasta 2011, cuando por fin entró en vigor—, la ley contribuyó a poner en marcha una compleja maquinaria de género destinada a promover y proteger los derechos de las mujeres, con un ministerio propio, una oficina de género para la Policía y el Ejército, y los centros One Stop. Equipados con personal policial, médico y legal, su objetivo es ser refugios capaces de dar solución a las consecuencias físicas, psicológicas y legales de la violencia contra las mujeres, en los que se pueda encontrar apoyo lo antes posible. Al cabo de ocho años de la apertura del primero, el país cuenta con 41 centros One Stop, también llamados Isange, que significa estás en tu casa.

“Puede parecer contradictorio, pero da la impresión de que, cuantos más centros hay, mayor es la incidencia de la violencia. La causa es que las mujeres han empezado a pedir ayuda”, explica Godfrey Mugabo, coordinador del programa de centros One Stop en el ministerio. Lo mismo que hicieron Bernadette y tantas otras chicas del centro, que acudieron a él para poner una denuncia, y después para dar a luz. Sin embargo, en opinión de Nicolette, abogada de carrera y directora del Centro Marembo, no hay justicia hasta que no hay reparación. “En los casos de violación o violencia de género, apenas hay pruebas a menos que acaben en embarazo. En consecuencia, es casi imposible que el perpetrador acabe condenado”, añade. Y con el castigo no basta. “No puede ser que una niña se encuentre viviendo en la calle con 12 años. Tiene derecho a una familia, a una casa, al alimento. El derecho a un mecanismo de apoyo que la ayude a crecer y convertirse en una persona y en una ciudadana fuerte”.

El escritorio del despacho de la directora está cubierto de fotografías y dibujos de niños, y los huéspedes más jóvenes del centro no paran de entrar para decirle hola, pedirle un abrazo o contarle un secreto. Todos la llaman mami. Nicolette, que creció en Burundi como refugiada, era uno de los ocho hermanos criados por su madre viuda, que sabía leer y escribir, pero poco más. Aun así, enseñó a sus hijas a ser fuertes. “Las cinco chicas crecimos envidiando los privilegios de los chicos, pero sabíamos que si nos esforzábamos como nuestra madre llegaríamos a ser tan fuertes como ella”. Nicolette ha intentado transmitir el mismo mensaje a las jóvenes del centro, que más que un refugio se ha convertido en un espacio de rehabilitación. Sus huéspedes reciben apoyo para superar las experiencias traumáticas, pero también toda la educación que no tuvieron antes: formación profesional, para convertirse en madres, y también sobre sexualidad y derechos de las mujeres. “Antes de venir aquí ni siquiera conocían sus derechos ni sabían que los tenían”, recuerda Nicolette con voz dura. Y eso a pesar de que ya sabían perfectamente que Ruanda poseía el récord mundial de mujeres en el Gobierno.

“El hecho de que tantas mujeres entrasen en la política institucional privó a la sociedad civil de sus activistas”, explica Pamela Abbott, profesora honoraria de la Universidad de Aberdeen y experta en estudios de género en Ruanda. “En los años posteriores al genocidio había muchas mujeres políticamente activas, pero esa energía fue absorbida por las diferentes instituciones gubernamentales”, prosigue. Las líderes de los derechos de las mujeres del país se convirtieron en parte del sistema y ya no estuvieron en condiciones de criticarlo. Nicolette es una de las pocas mujeres de la política que ha tomado el camino contrario. Abandonó su puesto en la alcaldía de Kigali para dedicar su vida al centro tras conocer a una niña de 11 años que amamantaba a su bebé y vivía en la calle. Considera vital que sus “alumnas”, como ella las llama, se conviertan en transmisoras de su mensaje.

Bernadette sopla la taza para que se enfríe el chocolate caliente con leche que acaba de preparar para Christian. Hace un momento ha terminado de bañarlo en un barreñito de plástico que aún sigue en el suelo. “A lo mejor era lo que Dios quería”, dice de su hijo, que tiene poco más de un año. Tardó mucho en entender que estaba embarazada. Los primeros meses creía que tenía lombrices. Pero todavía tardó más en entender que lo que había pasado no era pecado, y que tenía que cuidar de la persona a la que iba a dar a luz. “Si intento quererlo, él hará lo mismo conmigo. Espero llegar a ser una buena madre”.

Los dos viven en la misma habitación con otras tres chicas y un bebé. El cuarto no tiene más que unos metros cuadrados, suficientes para las dos literas y un par de maletas que contienen toda su vida. Las jóvenes madres comparten las camas de abajo con sus hijos, mientras que las otras dos chicas ocupan las de arriba. Bernadette y Chantal, su compañera de litera, ríen con su película favorita. Es un clásico de Bollywood que cuenta la historia de una joven huérfana maltratada por su familia adoptiva. El final feliz llega cuando se escapa y se va a vivir con el chico al que ama.

Ya es tarde. Bernadette se pone un vestido marrón y se prepara para las clases de formación profesional en un aula del centro. Va a clase de costura. Allí ha aprendido también a hacer camisetas y pantalones a juego para Christian. Desde que empezó a trabajar, lo tiene todo planeado para ella y su bebé. Será modista profesional, ganará dinero, comprará un terreno barato en una zona rural y esperará a que un gran promotor llegue y se lo compre. Entonces habrá ganado lo suficiente para comprar una casa grande en Kigali para ella y Christian. Desde allí seguirá dirigiendo su negocio. “Y, desde luego, seré una activista como mami”, añade. A Bernadette le encanta hacer planes y pensar en el futuro, como le ha enseñado Nicolette, para que su hijo no tenga que sufrir lo que sufrió ella y los dos no necesiten depender de nadie que los mantenga.

El genocidio

Entre abril y junio de 1994, Ruanda vivió uno de los genocidios más sangrientos de la historia. En tan solo 100 días, más de 800.000 personas, la mayoría de ellas tutsis, fueron asesinadas por extremistas hutus en su mayor parte. Más de 100.000 niños se quedaron huérfanos, y entre 250.000 y 500.000 mujeres fueron violadas. El genocidio se perpetró durante la guerra civil (1990-1994) que enfrentó al Gobierno hutu con el Frente Patriótico Ruandés (FPR), compuesto sobre todo por refugiados tutsis. El partido, liderado por Paul Kagame, se hizo con el control del país en julio de 1994, poniendo fin al genocidio y a la guerra, que ocasionó más de dos millones de refugiados. Kagame es presidente de Ruanda desde 2000, y en agosto de 2017 fue reelegido por tercera vez con el 98% de los votos.

El tribunal de Arusha

El Tribunal Penal Internacional para Ruanda creado por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas tiene su sede en Arusha, en Tanzania, y ha desempeñado un papel decisivo a la hora de definir el concepto de genocidio. Fue el primer tribunal internacional en incluir la violación en la ley penal internacional, reconociéndola como instrumento genocida. Durante el Proceso de Arusha, en el llamado "juicio contra los medios del odio", se declaró culpables por primera vez a varios profesionales de los medios de comunicación por haber emitido programas incitando al genocidio.

La época colonial

En época colonial, Ruanda fue motivo de tensiones entre Bélgica, Inglaterra y Alemania debido a su posición estratégica entre los tres imperios. En la Conferencia de Berlín de 1885, el país africano y su vecino Burundi fueron asignados a Alemania. Sin embargo, cuando terminó la Primera Guerra Mundial se traspasaron a Bélgica en cumplimiento de un mandato emitido por la Sociedad de Naciones en 1923. En Ruanda, las potencias coloniales gobernaron sirviéndose de la estructura política anterior —a cuyo frente había un rey (mwami)—, favorable a los tutsis. No obstante, antes de la llegada de los belgas, los tutsis, los hutus y los twas no eran etnias, sino más bien castas. Incluso era posible que una persona pasase de un grupo a otro, y los tres compartían (y siguen compartiendo) la lengua y las costumbres. Antes de la cristianización del país, tutsis, hutus y twas creían también en el mismo dios (Imana). Fueron los colonizadores belgas, con el apoyo de la Iglesia católica, los que dividieron a la población según criterios étnicos. En 1933, todos los ruandeses estaban obligados a tener un documento de identidad étnica, que más tarde se utilizó para identificar a las víctimas durante el genocidio. En época colonial, los belgas favorecieron a los tutsis. Ensalzaban su "sofisticación" y los llamaban "el pueblo elegido". En cuanto la élite tutsi cayó en la tentación de la descolonización, los belgas rompieron su alianza y apoyaron a los hutus cuando el país declaró su independencia en 1962. En este contexto se produjeron las primeras matanzas de tutsis y la ideología racista empezó a ganar terreno entre los altos funcionarios del Gobierno hutu y sus servicios secretos. El racismo convirtió rápidamente a los tutsis en una minoría odiada, y alcanzó su apogeo en los años del genocidio.

Este proyecto ha contado con el apoyo de una beca para la Innovación en la Información sobre el Desarrollo del Centro Europeo de Periodismo. 

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