Columna
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Ganar elecciones

Suerte que los griegos han sido, de media, más sensatos y honrados de lo que Juncker pensaba

El presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, la semana pasada en Bruselas.
El presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, la semana pasada en Bruselas. FRANCOIS LENOIR (REUTERS)

Jean-Claude Juncker, ese político insólito que está a punto de dejar la presidencia de la Comisión Europea, dijo en lo peor de la crisis del euro: “Todos sabemos lo que tenemos que hacer, pero no sabemos cómo ganar las elecciones después”.

Aplíquese la frase a cualquier escenario español de este 2019. El catalán, por ejemplo. Los dirigentes independentistas saben que, salvo accidente histórico, tienen que hacer aterrizar a sus bases en la realidad. No hubo república, no ha llegado el apoyo internacional, no tienen mayoría social para la independencia. ERC y PDeCAT lo saben. Lo sabe hasta Puigdemont, aunque la única manera de darle sentido a su fuga dejando atrás al resto sea instigar el conflicto permanente. Lo saben todos, y saben también que tendrían que admitirlo en voz alta para devolver calma y sosiego a su comunidad y empezar a buscar una salida. Pero los dos partidos siguen en el juego de la gallina, y creen que el primero que pinche el globo de la ensoñación republicana, perderá las elecciones. Aunque no beneficien, en absoluto, a quienes en unas semanas se van a jugar años de libertad en un juicio.

Pedro Sánchez y el PSOE saben que —al margen del atolladero judicial en el que nos metió Rajoy— dialogar significa hablar del conflicto. Que, a estas alturas, da igual que sea real o artificioso, aprovechado para ocultar problemas de gestión o de corrupción. Da igual, la realidad es que Cataluña está partida por la mitad y no sirve decir que lo arreglen ellos porque este es un gravísimo problema español. Lo sabe el PSOE, claro, pero no sabe cómo ganar después las múltiples elecciones autonómicas y las generales que tenemos por delante.

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Lo malo de la famosa frase de Juncker es que era mentira. No sabían lo que tenían que hacer. Hicieron estrictamente lo que les pidieron los acreedores de Grecia, aplicar una dosis brutal de aceite de ricino austericida. Y ahora, cuando el populismo se afana en ofrecer a los europeos la esperanza que sus instituciones le negaron, ahora, Juncker pide perdón a Grecia. Un poco tarde. Suerte que los griegos han sido, de media, más sensatos y honrados de lo que Juncker pensaba. Seguro que los españoles en general y los catalanes en particular, también. Esperemos que quienes los representan no lo aprendan demasiado tarde.

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