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Jorge Drexler: “España es un país muy fálico”

El músico uruguayo lleva años viviendo en España y nos tiene calados. Ganador de cinco Grammy y un Oscar, pareja de Leonor Watling y fino analista de lo que le rodea

El cantautor uruguayo lleva ya 22 años viviendo en Madrid, donde aterrizó por consejo de Joaquín Sabina, pero no ha perdido ni el acento ni la afición al mate.
El cantautor uruguayo lleva ya 22 años viviendo en Madrid, donde aterrizó por consejo de Joaquín Sabina, pero no ha perdido ni el acento ni la afición al mate.

Tiene aspecto de tipo interesante y en ese sentido no engaña a nadie. Pero Jorge Drexler (Montevideo, 1964) sabe que parece muchas cosas que no es. Por ejemplo, un melancólico o un triste. Es el problema que a veces tienen las formas. “Aquí se confunde sutileza con melancolía. España es un país muy fálico, todo es medido según su tamaño y su contundencia. Y la realidad es infinitamente densa: cuanto más te acercas a alguien, más detalles ves. Yo tengo una especie de optimismo casi irresponsable respecto a la vida, y la melancolía está en la forma de cantar. Aquí la gente se rompe la camisa al cantar, hay mucha pasión. Mantener un punto de sobriedad en España es un insulto, todo lo que sea mesura está mal visto. Yo soy de familia medio brasileña y parece que nací suave”, reconoce.

"Aquí la gente se rompe la camisa al cantar, hay mucha pasión. Mantener un punto de sobriedad en España es un insulto, todo lo que sea mesura está mal visto"

Motivos no le faltan: a finales del año pasado viajó a los Grammy Latinos y volvió como el rey de la noche con tres premios, incluidos canción y grabación del año por Telefonía, incluida en su último disco, Salvavidas de hielo. Está acostumbrado a que la vida le dé sorpresas, desde ganar un Oscar por una canción en castellano (2005, por Al otro lado del río) a ser pregonero del Carnaval de Cádiz (2013). “Hay que tener un mínimo de cachondeo para aceptar que se rían contigo, de ti y hasta que te abucheen”, recuerda. Por eso, cuando hablamos de esa melancolía de los cantautores salta como un resorte del chester que tiene en mitad del estudio donde trabaja. “La ausencia de integración entre géneros llevó al circuito de cantautores a ser cansautores, y creo que nos lo merecíamos. Puedo ser muy aburrido cuando quiero, pero reconozco que cantautor como palabra es tan fea como choripán. Me gusta más cancionista, que también lo era Verdi o lo es Eminem”.

Llegó a España tras una charla con Joaquín Sabina hace 22 años en su Montevideo natal, cuando le recomendó que se mudara a probar suerte en Madrid, un regalo que le cambió la vida. Lo cuenta en la canción que recuerda ese momento en su último disco, Pongamos que hablo de Martínez. Un Drexler que lo escucha todo, frente a un Sabina que se jacta de hacer lo que sabe y pasar del resto. “Sí, me interesa más la música que a Joaquín, a él no le importa mucho y te lo puede decir. Tiene un epicentro literario en sus canciones, algo que a mí me ha ayudado mucho a variar el mío. Si hay que terminar una frase entre significado y sonoridad, los del Río de la Plata elegimos sonoridad. Tu sombra es como un pétalo de sal. ¿Qué quiere decir pétalo de sal? ¡Qué más da, pero es precioso!”.

Jorge Drexler posa para ICON vestido de Oteyza, con esos aires melancólicos que cultiva quien se ha dejado la corbata en casa y tiene que usar una servilleta.
Jorge Drexler posa para ICON vestido de Oteyza, con esos aires melancólicos que cultiva quien se ha dejado la corbata en casa y tiene que usar una servilleta.

Lo dice un músico cuyo hijo mayor, Pablo, estudia música electrónica en Londres y que acaba de arrancar el título de triunfador de la noche en los premios más importantes de la música latina al rey del reguetón, J Balvin. “He descubierto que me gusta más el género que sus compositores. Hay un poderío muy grande que no ha sido aprovechado en los términos que a mí me importan. Me rechina el lado puritano, generacional y racista que tienen los prejuicios hacia el reguetón. Acuérdate que a Elvis lo cogían de cintura para arriba en televisión porque era indecente… Por eso basta que un género sea así de estigmatizado para ir a mirarlo. Eso sí, me parece que tiene que salir de ese mundo adolescente de yo soy más macho que tú”.

Reconoce que de golpes mediáticos como esta edición de los Grammy Latinos hay que salir con cautela. “No sé si tengo ganas de hacer teatros más grandes de los que hago pudiendo hacer cuatro lunes en un teatro en la Gran Vía, donde voy con la guitarra y vuelvo a casa andando. ¿Tú sabes lo que es salir corriendo de un palacio de los deportes antes de que los músicos terminen de cerrar el concierto? Ojalá supiera hacerlo, pero no puedo”, y lo cuenta mientras recuerda cómo al ganar el Oscar a la mejor canción por Al otro lado del río tuvo que trabajar para desmantelar la sensación de triunfo heroico en su país: le ofrecieron desde hacer un libro con la canción para los colegios (“no quería ser odiado por una generación de escolares”, dice riendo) a entrar desde el aeropuerto a la Casa de Gobierno sobre un descapotable. “No es que no sea vanidoso, simplemente sentía que todo eso corre en contra de cosas que son importantes para mí”.

El otro momento de locura colectiva fue al conocerse su relación con Leonor Watling, su actual pareja y madre de sus otros dos hijos. “Lo interesante es la situación: dos personas que se quieren, vienen de dos mundos diferentes y con una narrativa. Y te buscan para colaborar con algún capítulo de esa historia. No hicimos nada y todo pasó, pero en 2009, cuando nació Luca, tuvimos una oferta para dar una exclusiva a una revista con la que hubiéramos pagado las carreras de los tres”.

"En 2009, cuando nació [su primer hijo con Leonor Watling] Luca, tuvimos una oferta para dar una exclusiva a una revista con la que hubiéramos pagado las carreras de los tres”

La curiosidad de Drexler también alcanza al pop, género que no trabaja pero bordea. Así que si tiene intención de trabajar en él, qué mejor que hacerlo con una de sus reinas, Shakira. “No se trataba de hacerle canciones, sino de irme a Bahamas una semana con ella a componer. Tuve como desafío dejar de ser yo y convertirme en otra persona. Fue duro porque ella trabaja mucho más que yo”, cuenta. De ahí salieron Loba, Gipsy o la versión castellana de Waka Waka.

“Estuvo bien, pero no quiero más. A mí me gusta sentarme en el sofá y esperar a que una emoción se vuelque en el papel para luego defenderla hecha canción. Escribir de manera profesional es un oficio maravilloso, pero no es el mío”. Algo en común con Prince, quien le entregó su Oscar aquella noche. “Entra en la definición de grandes príncipes de la realeza musical, y vivía en ese contexto. Tuvo gestos de excesiva distancia. Que un tipo le bese la mano o le coja del brazo en el backstage como yo hice para decirle que el premio era grande pero más conocer a un maestro como él… pues no. Te escuchan porque tienes un Oscar, pero poco rato y ‘suéltame’ [risas]. De hecho, fuimos a su fiesta pero no nos dejaron pasar a la zona donde estaba con Madonna. Nunca creí que pudiera subir a aquel escenario, pero me enteré de que habían pedido un recuento de votos porque a un sector de la industria le molestó que quedara fuera Mick Jagger con el tema que hizo para Alfie, de Jude Law. A pesar del recuento no nos lo pudieron quitar, con lo cual deduje que al borde no estábamos…”.

Así que entre su actitud vital y su aspecto jovial a pesar de sus 54, todo bien. Y remata: “Muchas veces ves una persona que aparenta menos edad de la que tiene, pero en verdad aparenta más felicidad de la que debería”.

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