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Riqueza de una lengua

Un puñado de editores han luchado por la movilidad de la literatura en español a ambas orillas del Atlántico

Librería Nicolás Moya, la más antigua de Madrid.
Librería Nicolás Moya, la más antigua de Madrid.

Pueden cambiar los acentos, unas cuantas palabras, pero todos los hispanohablantes saben lo que quiere decir el otro, de forma oral o por escrito. Por eso es una pena que el sector editorial no pueda aprovechar a fondo un inmenso mercado para sus libros, que se enfrentan a trabas burocráticas y, a veces, a la indiferencia de los lectores a la hora de circular entre España y América y viceversa. En todo el ámbito del español se editan al año unos 185.000 títulos, de los que 79.000 llevaban ISBN de España, una cifra que supera una infinita biblioteca borgiana. Sin embargo, solo el 36% de las exportaciones españolas fueron a América. El sector se ha quejado del desinterés administrativo o de la dificultad para adaptar los precios en un mercado formado por 20 países (incluyendo EE UU), muy diferentes social y económicamente.

Sin embargo, a pesar de todo, los libros y los autores van y vienen de uno a otro lado del Atlántico. Esto se debe al trabajo de un puñado de editores, de grandes y pequeñas firmas, que han defendido con los hechos desde hace años que los lectores no deben ser tratados como meros consumidores, sino como parte fundamental de una conversación —en español— en marcha. El editor Claudio López Lamadrid, cuya temprana y reciente muerte ha causado una tristeza unánime, luchó durante toda su carrera para que los libros circulasen igual que las palabras. Por ello entendía que el campo literario en español no corresponde a un país, sino a la suma de todos aquellos que hablan y escriben en esa lengua.

Los editores de los dos lados del Atlántico se lamentan de que los autores españoles no interesan allí y de que los latinoamericanos, más allá del boom,no interesan acá. Sin embargo, muchos profesionales no se han dado por vencidos y nunca han confundido la cultura con el mercado. Este es uno de los retos del futuro inminente. El otro reto es comprender que la lengua que hablamos no tiene dueño, que la riqueza que genera un idioma tan extendido ha de ser el eje esencial de muchas de las políticas —culturales o no— de las próximas décadas.

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