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Efecto llamada

No tenemos la certeza de que nuestros Estados respondan siempre de acuerdo con los altos principios que les suponemos

Agentes de inmigración tailandeses hablan con Rahaf Mohamed al-Qunun en el aeropuerto de Bangkok el 7 de enero.
Agentes de inmigración tailandeses hablan con Rahaf Mohamed al-Qunun en el aeropuerto de Bangkok el 7 de enero. AP

Se habrán enterado de la historia de esa chica saudí, Rahaf, de 18 años, que huyó de su país y fue retenida en el aeropuerto de Bangkok para mandarla de vuelta. Se resistió, logró que la ONU se interesara y finalmente Tailandia le permitió no regresar. Para esto las redes sociales sí son fantásticas. Si no es por Twitter estaría ahora encadenada a un radiador en Riad o probando la sierra eléctrica de su consulado.

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Me pregunto qué habría pasado si hubiera ocurrido en España. Es decir, quiero creer que lo mismo y se habría quedado aquí, me refiero a lo que habría pasado después. Lo digo por lo que sucedió cuando llegó la primera familia siria al aeropuerto de Barajas al inicio de la guerra y pidió asilo. Hicieron lo que haría cualquiera: sacas tus ahorros, coges a los tuyos y te vas a Europa. Pillaron desprevenidos a los de la aduana, que les dejaron pasar, pero saltó la alarma: eso no podía ser tan fácil. A los pocos días ya se exigía un visado, que no te daban. El viaje ya se convirtió en el juego de la oca: solo llegabas a Madrid si conseguías superar el foso de cocodrilos y la piscina de pirañas, atravesar el Mediterráneo a pelo con los niños.

El problema no es la primera persona que llega, sino la segunda y las que siguen. Supone tener una política, o al menos un plan, y eso ya no se improvisa. No se improvisan los principios éticos, hay que tenerlos preparados de casa. Sería creíble que alguien esté ya pensando instrucciones para quitarse de encima a chicas saudíes rebeldes si aterrizan en España, menudo marronazo. Lo que quiero decir es que ya no tenemos la certeza de que nuestros Estados occidentales respondan siempre de acuerdo con los altos principios que les suponemos, solo porque sus ciudadanos nos creemos buenas personas. Se han vuelto cada vez más cínicos y poco de fiar. Aunque se suponía que nosotros, las sociedades del bienestar, donde se está bien, también éramos los que hacemos lo que está bien. Tailandia, o España con el Aquarius, solo se comportan obligados por las circunstancias o los asesores de imagen. Luego son los fachas los que fardan de valores.

Esto de las relaciones internacionales siempre ha sido un poco así, ya, pero no siempre fue así. Hubo episodios heroicos, y no sé cuál es el último momento épico de la UE, ¿el fin del roaming? La embajada española en Guatemala en 1980 acogió a indígenas en busca de refugio. Irrumpió la policía y los quemó vivos, 37 muertos. Mejor fue en Chile en 1973: los que huían de Pinochet saltaban la tapia de la embajada de Italia y estaban a salvo. “Pedí instrucciones a Roma, pero se cuidaron mucho de dármelas, así que decidí yo”, cuenta el entonces embajador en un estupendo documental estrenado ahora en Italia, Santiago, Italia, de Nanni Moretti. Se quedaron. Corrió la voz y fueron muchos más, salvaron a 750 personas. Funcionó el efecto llamada, expresión que se usa de forma curiosa. Traducido: no hagas lo que hay que hacer, porque si no vienen más. Debería usarse con orgullo, una llamada a la decencia. Luego arrestan a tres bomberos sevillanos en Grecia por salvar a gente que se ahoga. Mira que no pensar en el efecto llamada y dejar que se hundieran. Esto solo lo van a cambiar las personas, no los Gobiernos. No sé si hoy prosperaría el embargo a Sudáfrica por el apartheid. Uno a Arabia Saudí, por su apartheid de mujeres, es una quimera.

¿Hacen aún estas cosas las embajadas, lo de salvar a gente y tal, como en la películas de buenos y malos? ¿Podría haber ido Rahaf a la embajada de España, Francia o Luxemburgo en Riad y que la ayudaran? Pongan la mano en el fuego, confíen en los valores europeos.

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Fe de errores

En una versión anterior del texto, el nombre de la joven figuraba como Rafah, y no Rahaf. 

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