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España vira rumbo a estribor

El pacto andaluz de PP y Cs cambia las inercias de la política y amenaza el porvenir del sanchismo

Pedro Sánchez, en la sesión parlamentaria del miércoles, 12 de diciembre. Ampliar foto
Pedro Sánchez, en la sesión parlamentaria del miércoles, 12 de diciembre. EL PAÍS

El pacto de investidura y de legislatura que ultiman el PP y Ciudadanos con la aquiescencia pasiva de Vox tanto representa un cambio de época en Andalucía como predispone un cambio de inercia, de rumbo, en los humores de la política nacional. Vira España de babor a estribor. Se perfila un escarmiento a las veleidades de Sánchez en su camino de supervivencia, más o menos como si el mensaje de la unidad territorial delimitara el mejor o el único escenario de la victoria.

El presidente del Gobierno tuvo el mérito de izar el pabellón socialista en La Moncloa sin más tripulación que 84 diputados —aquí terminan las metáforas náuticas—, devolvió al PSOE el centro del escenario, pero los mismos aliados que ungieron su investidura se han convertido ahora en sus principales adversarios. Y no sólo porque reniegan de los Presupuestos o porque han amenazado la legislatura, sino porque la necesidad o la frivolidad con que Sánchez los ha cortejado deteriora la reputación, las opciones, del líder socialista en la yincana electoral que se le avecina: municipales, autonómicas, europeas y, acaso, generales.

La idea de aplazar estas últimas al último nanosegundo de 2020 —así se lo ha transmitido a los secretarios regionales— representa más un ejercicio de voluntarismo que una posibilidad. Es verdad que le conviene sacudirse la coyuntura, distanciarse del efecto andaluz, sustraerse a la inercia liberal-conservadora, pero el desencuentro con el soberanismo y la alianza precaria con Iglesias —un rival directo más que un aliado— se añaden a las inquietudes de la familia socialista y diagnostican prematuramente el síndrome de la soledad monclovita. Barones, ministros y diputados empiezan a exteriorizar los recelos a la estrategia política de Sánchez.

La oportunidad o la tentación de cambiarla quedó reflejada en el pleno del Congreso del miércoles. Tanto endurecía Sánchez el tono contra el soberanismo, tanto se percibía un proceso de transformación, de rectificación, cuya flexibilidad pone a prueba la credibilidad del presidente. La necesidad de recuperar el voto nacional lo constriñe a exhibirse como antagonista de la subversión territorial después de haber sido condescendiente con los partidos independentistas.

Es un camino de redención electoral que exige de los votantes una crisis de amnesia y que se añade a la vehemencia con que el propio Sánchez va a proponerse a sí mismo como antídoto al monstruo de las derechas. La implicación de Vox —pasiva o activa— en la dinámica de los cambios puede proporcionarle la mejor munición contra las supersticiones y los fantasmas totalitarios, pero el ejemplo andaluz, fortaleza de la soberanía socialista en cuatro décadas, sobreentiende que Casado y Rivera, Rivera y Casado, han emprendido el camino de evacuación del sanchismo convirtiendo el 155 en la solución cabalística más propicia. 

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