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Lo que Kim Kardashian revela de nosotros

Famosa por ser famosa, la multimillonaria y su saga explotan la avidez de una sociedad fascinada por 'hashtags', 'selfies' y narcisismo. El voyeurismo globalizado la coronó y su reinado está lejos de terminar

Sosteniendo un móvil, Kim Kardashian en la gala del Metropolitan Museum, en mayo de 2018. rn
Sosteniendo un móvil, Kim Kardashian en la gala del Metropolitan Museum, en mayo de 2018. Getty images

Al igual que el inodoro de Duchamp demuestra que cualquier objeto mundano puede ser percibido como una obra de arte, el culo de Kim Kardashian ha abducido a más de 120 millones de habitantes del universo Instagram, red social cuyo valor en Bolsa podría desplomarse si la estrella californiana publica un tuit quejándose del tratamiento recibido por sus corvas.

El racismo colonial comerció durante años con el trasero de la sudafricana Sara Baartman, convertido en atracción circense y capricho de clientes autorizados a palparlo en exhibiciones privadas. La cosificación de la esclava ocurrió en París y Londres cuando las grandes nalgas estaban de moda y eran deseables, dos siglos antes de que Kim Kardashian aumentara el volumen de las suyas hasta adquirir una configuración que refuerza los prejuicios sobre la mujer negra.

La sociedad explotó a Sara, y ahora Kim explota la avidez de una sociedad fascinada por los memes, los hashtags, los vídeos, los selfies y el narcisismo. Objeto de estudio en foros de psiquiatría, academias y retretes, la recauchutada luminaria, su madre y hermanas llevan 11 años acumulando millones y titulares después de haber construido en Estados Unidos una identidad vinculada a la imagen. El voyerismo globalizado gracias a su reality, Facebook, Twitter, Instagram y Snapchat.

Dejándose llevar por los tiburones del entretenimiento y la mercantilización de la intimidad, Kim Kardashian, de 38 años, ingresó 50 millones en un año gracias a su juego para móviles, a patrocinios comerciales y una aplicación de emoticonos propia. Una compilación de 448 páginas de selfies posando desnuda la consolidó como mercancía. Su patrimonio trepó hasta los 175 millones según la revista Time. Pero la prima influencer no es la más rica de la saga. La hermanita de 21 años posee una firma de cosméticos que facturó 800 millones en tres años.

Solo combinando la psicología social, cibernética y mediática es posible comprender la poderosa ascendencia cultural de la familia. Beth Bell, profesora de Psicología en la Universidad de St. John de Nueva York, estima que al adentrarnos en su aparente privacidad, cuidadosamente coreografiada, podemos llegar a pensar que lo que estamos viendo no solo es real, sino que son como nosotros. “Probablemente, las Kardashian sean conscientes de que ganan dinero vendiendo a millones de adolescentes soluciones a inseguridades que posiblemente ellas mismas les crearon”, señala la especialista.

El bombeo de silicona, bisturís, raperos, escándalos y tribulaciones de atrezo sincroniza con los cotilleos y la moralina

El escapismo hacia la riqueza y la carcasa. Un estudio de la investigadora de la Universidad de San Diego Jean Twenge sobre el creciente materialismo de los estudiantes norteamericanos desentraña el tirón publicitario y los trucos para generar tendencias de consumo. Los hacedores de dinero televisan sus rutinas domésticas en la serie Keeping Up with the Kardashians, colonizando el imaginario de niñas y adolescentes, atentas al brillo y carnosidad de sus labios, la lencería transparente, la cola de caballo, la cintura de avispa, los bolsos, el estilo, las vacaciones playeras de sus diosas. El bombeo de silicona, bisturís, raperos, escándalos y tribulaciones de atrezo sincroniza con los cotilleos, la moralina y un variado surtido de sandeces, propias y a la carta. Patología social endémica y consentida.

Pero la prole capitaneada por mamá Kris y sus cinco hijas —Kourtney, Kim, Khloé, Kendall y Kylie— también sufre, porque el ser humano es sufridor por naturaleza, y en la adversidad el suministro de compasión y cariño rompe algoritmos. Lo evidenció la misericordia de una hermana con su marido, jugador de la NBA. El hombre fue encontrado inconsciente en un burdel de Nevada, empachado de viagra, cocaína y alcohol. Sublimando los cuernos, la esposa le ayudó a sobrellevar la convalecencia de bragueta y al año siguiente se divorció.

El mirón del siglo XXI venera o maldice, pero no puede permanecer impasible ante los arteros enjuagues de las enredadoras, el embarazo de la amante, la traición del amigo, las ojeras de la niña o el desconsuelo de la matriarca después del cambio de sexo de quien fuera su esposo: antes Bruce, y ahora Caytlin.

¿Es esta saga un sueño americano que se hizo realidad, the american dream come true? La familia de origen armenio, en la cresta de la ola desde hace 14 temporadas, es el rutilante objeto del deseo y emulación de una parroquia agarbanzada. El bodorrio de 12 millones de dólares en un castillo italiano rivaliza con el Ferrari del millón y medio, los cubos de basura de diseño, el zapatero del nene de 20.000 dólares, el urinario enjoyado y la grifería mental obstruida.

Los adoradores del becerro de oro esculpido por las Kardashian se inclinan ante sus escorzos eróticos en redes y telaraña sociales, y veneran sus patronazgos de ropa, maquillajes, dietas y futilidad. Los pretextos políticos son estupefacientes de un mercado que cotiza en Bolsa y alcanzó máximos con la fotografía de Kim, de luto riguroso en el Despacho Oval, pidiendo clemencia al presidente Donald Trump para una bisabuela de Alabama presa por narcotráfico. Y lo logró.

Barbara Walters, la periodista de televisión más mediática de Estados Unidos, les espetó a la cara que eran famosas por ser famosas, pero, discúlpenme, ni cantan, ni bailan, ni actúan, ni tienen talento alguno, más allá de influir sobre una psique colectiva invadida por el dinero y el incentivo hedonista. Ninguna de las divas pretende ser Marie Curie, pero algún ingenio tendrán para encandilar, horrorizar y constituirse en espejos cóncavos y convexos de realidades contemporáneas.

Simidele Dosekun, profesora de Estudios Mediáticos y Culturales de la Universidad de Sussex en Reino Unido, y otros ponentes en un simposio sobre el fenómeno llegaron a la conclusión de que afrontamos el posfeminismo de mujeres empoderadas, dueñas de su sexualidad pero encorsetadas en pautas festivas, enganchadas a la feminidad y a la moda con comportamientos rígidos tradicionales.

El show continúa a requerimiento del palco. Viento en popa a toda vela, no corta el mar sino vuela el arca del familión. Kim se medio implantó en el cuello un collar con luces, retocó la barriga de su hija de cinco años y aclaró la piel de dos más en fotos subidas a la Red; a continuación, se calzó la funda dental de oro y diamantes de los domingos para reírse de los que quisiéramos ser como ella, al menos un día, para comprobar cuán infelices son los ricos y famosos.

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