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Cómo Kim Kardashian y Kanye West urdieron su plan de dominación mundial

Si la cultura pop es la política del siglo XXI aquí tenemos a los amos del mundo. Incluso tú, que crees que la pareja no te influye en tu día a día, estás equivocado

kim kardashian
Kim Kardashian y Kanye West aparecen en este fotomontaje como primera dama y presidente de Estados Unidos. Para muchos, una pesadilla no tan lejana a la realidad. En todo caso, habrá que esperar. El músico ha postergado sus planes de asalto a la Casa Blanca a 2024 para que su admirado Donald Trump pueda tratar de completar dos mandatos.

“Porque estaba cachonda y porque me apetecía”. Así le explicaba Kim Kardashian a su hermana Khloe su motivación para grabar el vídeo casero erótico filtrado en 2007, supuestamente sin su consentimiento, por la productora porno Vivid Entertainment. Aquella sex tape acabaría siendo la génesis de su transformación de hija más guapa del mejor amigo y abogado de O.J. Simpson, Robert Kardashian, en mujer más observada del planeta y por tanto, en tiempos de Instagram, la más poderosa. Keeping up with the Kardashians, su reality show, reinventó la forma de consumir a las celebridades: ya no huían de las cámaras, sino que las invitaban al salón de sus casas para controlar su imagen en un mundo digital donde nadie está a salvo de atentados contra ella.

“La premisa de sus productos, desde el maquillaje hasta sus apps oficiales donde muestran instantes privados de sus vidas, es acercar al consumidor a su estatus. Las Kardashian transmiten la impresión de que cualquiera podría conseguir un imperio como el suyo [Forbes ha declarado a Kylie Kardashian ‘la milmillonaria hecha a sí misma más joven de la historia’, con el consiguiente ultraje en la sección de comentarios], aunque ellas partiesen del apoyo económico de su padre”, indica la periodista Amanda Fortini.

Juntos han forjado un nuevo paradigma para los conceptos de clase, de triunfo y de poder. Y todo mediante su imagen. Percepción es, más que nunca en el siglo XXI, realidad

La ambición empresarial de Kim pasa por reclamar el control sobre su imagen que le fue arrebatado con aquella sex tape. En 2011 demandó a Old Navy por utilizar a una imitadora en su publicidad: consideró que estaban plagiando su cara, su estética y su actitud. La campaña fue retirada. “Ya que el azar o mis elecciones me han dado una vida sin privacidad”, escribía Kim en el prefacio de Selfish, un libro de Rizzoli con 448 páginas de selfis de sí misma, “voy a violar yo mi propia privacidad y me voy a divertir haciéndolo”.

Y entonces esta mujer que solo conocía el privilegio se enamoró de un hombre que solo había vivido obstáculos.

Kanye West (Georgia, EE UU, 1977), el músico más influyente del siglo XXI, sublimó el hip hop para devolvérselo al pueblo. Huyó del look gangsta, criticó la homofobia del rap y reflexionó sobre las aflicciones del ídolo negro: menos ostentación de dinero, poder y mujerzuelas; más introspección filosófica, religiosa, familiar y política; menos bases formulaicas y más experimentación con el pasado (el soul) y el futuro (la electrónica).

La familia Kardasian, antes del ‘reality’: Khloe, Kourtney, Bruce, Kris y Kim. El nombre de Rob, sin ‘K’, hace honor al difunto papá Kardashian pero le destierra del matriarcado.
La familia Kardasian, antes del ‘reality’: Khloe, Kourtney, Bruce, Kris y Kim. El nombre de Rob, sin ‘K’, hace honor al difunto papá Kardashian pero le destierra del matriarcado. getty

Pero sus planes de dominación mundial incluían la moda, un arte que le obsesiona desde que de niño entendió que jamás podría permitírsela, y el rechazo de esta industria solo ratificó su discurso de conciencia de clase. En 2012, Hedi Slimane, entonces director creativo de Saint Laurent, le indicó que solo podría acceder a su desfile en la Semana de la Moda de París si no iba a ningún otro, una condición habitual pero que West se tomó como un desprecio personal. Se volvió a su casa y compuso I am a god, el tercer tema de Yeezus. “Mirad a toda esta gente”, clamaba en sus conciertos convirtiendo el escenario en un púlpito para hacer a la industria de la moda entrar en razón, “tenemos aquí 300.000 dólares en camisetas”.

Lanzado sin previo aviso, sin promoción y sin portada, definido por su propio autor como una genialidad no en la línea de los Beatles, sino en la de Le Corbusier o las pirámides, Yeezus fue su primer álbum Kardashian. Alex Frank, crítico de Pitchfork, considera que el disco “animó a las estrellas del pop a sentirse cómodas deconstruyendo la estructura de sus canciones y experimentando con producciones extrañas e improbables; en cuanto a los temas, impulsó a la gente a convertir lo personal en política”. En el vídeo de Bound 2, West cabalgaba una Harley recorriendo (cromas de) América entera con su entonces novia desnuda y encaramada a él.

Según la especialista Amanda Fortini, el exhibicionismo de Kim resulta tanto narcisista (lo hace para provocar reacciones) como empoderado (que muchas de esas reacciones sean ataques machistas, clasistas o misóginos no la detiene) y sin duda político: esta vez es ella quien decide desnudarse en sus propios términos, por su propio placer y para su propio beneficio. Kanye West había encontrado a su Penny Lane y ella se desnudó para que, a partir de entonces, él la vistiera. Literalmente.

Hace unos meses, West declaró que considera la esclavitud “una elección” de los negros. Días después su mujer aclaró que está segura de que él no quería decir eso. Nadie hizo más preguntas

“Todos mis contactos y mis amigos me dieron la espalda”, recuerda West de su matrimonio con Kardashian, “la supuesta tracción que yo estaba consiguiendo en el mundo de la moda desapareció y por fin pude asistir a la escuela”. No se refiere a su beca de 2009 en Fendi, sino a la casa de su suegra (él la llama “mamá”: la muerte de su madre real le sumió en la depresión y en la composición del álbum 808s & heartbreak, considerado una excentricidad en su momento, pero esencial para entender el actual sonido de Drake o The Weeknd), Kris Jenner, madre, manager y productora ejecutiva de Keeping up with the Kardashians. En chez Jenner, West desmembraba prendas para comprender su proceso de creación. “Rediseñaba ropa junto a Kim. Deshacíamos faldas de Céline, chaquetas de Saint Laurent, tops de Zara… Mirábamos las fotos y día a día progresábamos. Nos hacíamos mejores el uno al otro”.

“Nos fascina el poder y más aún cuando dos figuras poderosas se alinean, creando esa entidad mitológica llamada power couple”, explica Fortini. “¿Cómo estas dos personas, individualmente importantes por derecho, consiguen que la combinación funcione? ¿Cómo funciona el poder dentro de su matrimonio?”, reflexiona Amanda Fortini. “Al ser considerado un genio musical, él le aporta un caché artístico elevado. Ella, que transmite una imagen sólida y centrada, funciona como una especie de testigo de carácter ante las declaraciones o actos cuestionables o controvertidos de él”.

Dos de las personas más influyentes del planeta según ‘Time’ (el texto de él lo escribía Elon Musk, el de ella, Martha Stewart). A la izquierda, Kim posa como una Audrey Hepburn embadurnada en aceite con el titular “Romper Internet”. Lo consiguió.
Dos de las personas más influyentes del planeta según ‘Time’ (el texto de él lo escribía Elon Musk, el de ella, Martha Stewart). A la izquierda, Kim posa como una Audrey Hepburn embadurnada en aceite con el titular “Romper Internet”. Lo consiguió.

Internet riñe a West una y otra vez, pero lo reconoce como su tuitero alfa: un tipo que opina con vehemencia (acusó de racismo a los Grammy por premiar a Beck en lugar de a Beyoncé), pero con ignorancia (reconoció no haber escuchado el álbum de Beck). Hace unos meses, West declaró que considera la esclavitud “una elección” de los negros. Días después su mujer aclaró que está segura de que él no quería decir eso. Nadie hizo más preguntas.

La comodidad con la que Kanye se sienta en el sofá de un opulento matriarcado blanco (el director de Déjame salir, Jordan Peele, bromeó que se inspiraría en ellos para la secuela) confirma la reescritura de clase, género y raza que el clan representa. Un mes antes de su boda, Kimye la celebró en la portada de la edición estadounidense de Vogue, un rubicón que ninguno de los dos habría alcanzado por separado y una legitimización cultural oficial similar a la del mundo del lujo rindiéndose por fin a la ropa deportiva. Kim le dio a Kanye una repercusión masiva que él reconvertió en valor comercial para su carrera en la moda: puede que perdiera pedigrí artístico al casarse con ella, pero ganó clientes (en el idioma de la industria, poder) y eso hizo que la élite textil le abriese lo que entonces era su puerta de atrás y hoy es una obsesión para miles de consumidores que no solo disfrutan comprando sino compitiendo en el mercado de reventa: las ediciones limitadas de calzado deportivo. Hoy, un par de zapatillas diseñadas por West, descatalogadas y sin usar, alcanzan los 43.000 euros.

La prueba de que vivimos en la distopía de una realidad alternativa: dos estrellas de la televisión en el Despacho Oval. Kim visitó a Trump el pasado mayo para abogar por la condonación de las penas carcelarias en casos particulares de individuos sin recursos y sin antecedentes.
La prueba de que vivimos en la distopía de una realidad alternativa: dos estrellas de la televisión en el Despacho Oval. Kim visitó a Trump el pasado mayo para abogar por la condonación de las penas carcelarias en casos particulares de individuos sin recursos y sin antecedentes.

En 2015 West debutó con su colaboración con Adidas, Yeezy (diminutivo de Yeezus: Jesucristo es una de las figuras con las que a West le gusta compararse junto a Walt Disney o Steve Jobs), con un discurso más político que cualquier otro par de zapatillas y continuista con sus pretensiones musicales: acercar la vanguardia a las masas. “Solo me interesa fabricar productos bonitos para la mayor cantidad de gente posible, lo menos que puedo hacer es emplear mi vida en darle a los demás un pedazo de la buena vida”, explicaba West.

“Todo el mundo debería tener esa vida. Antes de Amancio Ortega o H&M, era fácil identificar quién tenía dinero y quién no. La moda se basaba en el elitismo y el separatismo, yo me opongo a eso. Ha sido una distracción presentarle al mundo esa idea de que un hombre negro heterosexual de Chicago, que rapea, que está casado con una estrella de la telerrealidad, no podría diseñar un abrigo o una camiseta, que su opinión no es suficiente. Y esto es como votar. La moda es opinar. Y yo tengo muchas opiniones”, sentencia West.

Maternidad desidealizada: Kim ha derribado tabúes respecto a la incomodidad, la deformidad y los trastornos físicos de sus embarazos de North y Saint. La tercera, Chicago, fue concebida mediante gestación subrogada.
Maternidad desidealizada: Kim ha derribado tabúes respecto a la incomodidad, la deformidad y los trastornos físicos de sus embarazos de North y Saint. La tercera, Chicago, fue concebida mediante gestación subrogada.

Aquel mismo 2015 Beyoncé se cerraba en sí misma, dejaba de conceder entrevistas y anunciaba su embarazo retratada como una virgen barroca (y vestida de Palomo Spain) en Instagram. Kim, por su parte, desidealizaba el embarazo explicando con todo detalle la deformidad, el dolor y la dependencia que su cuerpo había sufrido durante las gestaciones de North y Saint (Chicago ha sido concebida mediante gestación subrogada). Beyoncé cierra el Louvre, junto a su marido Jay-Z, para un videoclip. Kanye presenta su álbum Ye (cuyas letras escribió en 48 horas, tras hacer lo mismo que el resto de americanos aquel fin de semana: ver Deadpool 2) en una granja de Wyoming junto a aldeanos, su mujer y Jonah Hill.

Kanye y Jay-Z trabajaron juntos en 2001 cuando el de Chicago era solo un prometedor productor. Una década después, grabaron un disco juntos, Watch the throne. Hoy no se hablan. “Kanye sabe que se pasó de la raya”, ha declarado Jay-Z. Durante un tiempo, compartieron una visión pero, como le ocurre a Black Panther y a su villano Killmonger, métodos incompatibles para materializarla: inclusividad versus exclusividad. Los Kardashian-West son a los Knowles-Carter lo que los Trump a los Obama: una versión provocadora, autobronceada y populista pero que, en la era del selfi (el iPhone nació en 2007, a la vez que el reality de las Kardashian), permite ostentar el mismo poder.

West ha apoyado en Twitter a Donald Trump, al considerar que ambos tienen “energía de dragón”, y ha postergado sus planes de asalto a la Casa Blanca a 2024 para que el actual presidente complete sus dos mandatos. En un mundo obsesionado con entretenerse, que Kim Kardashian acabe como primera dama resulta cada día una distopía menos descabellada.

Así presentó West la segunda colección de su marca, Yeezy, en septiembre de 2016. El sector inicialmente se burló de su afición al diseño. Hoy casi todas las grandes marcas de lujo sacan ropa y zapatillas deportivas influidas en buena parte por él. rn
Así presentó West la segunda colección de su marca, Yeezy, en septiembre de 2016. El sector inicialmente se burló de su afición al diseño. Hoy casi todas las grandes marcas de lujo sacan ropa y zapatillas deportivas influidas en buena parte por él. Getty

De momento está ocupada con KKW Beauty, una compañía cosmética de la que ella es CEO, diseñadora y única accionista y que ha facturado 100 millones de dólares (86,5 millones de euros) en su primer año. El poder de Kardashian ya no es abstracto y además es extensible a su familia: cuando su hermana y rival directa en atención Kylie Jenner dejó caer en Twitter que Snapchat estaba pasado de moda, las acciones de la compañía se desplomaron un 6 % (1.100 millones de euros).

Kim no solo ha recuperado autonomía sobre su imagen, sino que ha reconfigurado la de millones de mujeres de diverso aspecto y clase social alrededor del mundo ayudándolas a experimentar qué tal es ser una Kardashian a un módico precio (un modelo de negocio imitado incluso por Rihanna con la superventas Fenty Beauty). Kim, pionera en abrir una ventana a las vidas de los ricos y famosos, ha acabado emulando la filosofía de su marido al ofrecer “un pedazo de la buena vida” al pueblo.

“Andy Warhol escribió una vez que lo que hacía grande a América es haber iniciado una tradición donde los ricos consumen lo mismo que los pobres: ves un anuncio de Coca-Cola y sabes que el presidente, Liz Taylor y tú la bebéis”, apunta Alex Frank, “y esta es la clave de Kanye. Se ve a sí mismo en una estirpe de titanes empresariales americanos como Disney o Jobs, que vendían productos tan aspiracionales como accesibles. Esta es la base de la cultura americana, y Kanye lo comprende”.

Ni él ni ella, por separado, contaban con la aprobación social de ninguna élite (por eso mismo se llaman élites). Kim, por ser una mujer sexualmente explícita y una nueva rica. Kanye, por su raza y por ser un rapero que pretendía erigirse como el Robin Hood de la moda. Pero juntos han forjado un nuevo paradigma para los conceptos de clase, de triunfo y de poder. Y todo mediante su imagen. Percepción es, más que nunca en el siglo XXI, realidad, y Kim se comportó como una estrella del mismo modo que Kanye actuaba como un prescriptor sartorial (cuando ninguno de los dos lo era) con tanta convicción que ambos han acabado consiguiéndolo. Porque el sueño americano no se crea ni se destruye, solo se transforma.

La boda, celebrada en Florencia y vestida por Givenchy, supuso “un vendaval de fama histórico”, según el ‘New York Times’. rn Él aportó la credibilidad cultural; ella, otra divisa igualmente válida: carisma.
La boda, celebrada en Florencia y vestida por Givenchy, supuso “un vendaval de fama histórico”, según el ‘New York Times’. Él aportó la credibilidad cultural; ella, otra divisa igualmente válida: carisma.

“Las Kardashian no saben cosas, las sienten. No quieren algo, lo merecen”, explicaba Vanessa Grigoriadis en Rolling Stone. Esta visceralidad es lo que convierte a Kim y Kanye en almas gemelas, lo que obsesiona al público con ellos y lo que les hace causa y consecuencia del momento cultural presente: son gente buena en ambos bandos que dice las cosas tal y como son, gente que no esconde sus miserias sino que las expone y las transforma en producto de consumo y gente que, como el árbol que cae en el Amazonas, parece existir solo si alguien la escucha.

Son el siglo XXI. Porque si, según teoriza el filósofo Mark Conard, la sociedad ha reemplazado a la religión por la cultura pop como guía, referente y adhesivo para mantener unida la comunidad, Kimye es, tal y como prometía West en su canción, un dios. Quizá de barro, pero muy bien vestido. Y en el mundo actual la imagen lo es todo. Eso nos lo han enseñado las Kardashian.

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