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Comités ciudadanos frente a las razias de Boko Haram

La irrupción del terrorismo en los montes Mandara de Camerún destruye la frágil economía de la zona

Uno de los conductores de moto taxi en el centro del pueblo de Barek. Ver fotogalería
Uno de los conductores de moto taxi en el centro del pueblo de Barek.
Maroua (Camerún)

“Aquí se juntaban 5.000 0 6.000 personas todos los martes, que es el día del mercado. La gente llegaba desde lejos, tanto de los pueblos de este lado de la frontera como de los de Nigeria. Y ahora mira lo que ha quedado”, se lamenta Ngaskou Mogzou, lawan (jefe de pueblo) de Gossi, una aldea en los montes Mandara, en la región del Extremo Norte de Camerún. Aquellos días de bonanza eran anteriores a 2014, cuando se produjeron los primeros ataques de Boko Haram en la zona. Hoy no se juntan más de 50 personas que merodean entre las dos vendedoras de bil bil —la cerveza local elaborada a partir de mijo—, una parrilla en la que se asan trozos de cabra, unas mujeres que fríen buñuelos y una mesa en la que se asientan pequeños montones de pescado seco. A pocos metros de allí se erigen las ruinas de la escuela que los yihadistas quemaron en una de sus incursiones. Estas son frecuentes. “Hace solo dos días bajaron y se llevaron varias vacas y ovejas. Y así continuamente”, explica el lawan. Los terroristas viven en las montañas que están frente al pueblo, en lo que una vez fue la parte nigeriana del mismo.

El conflicto de Boko Haram ha bajado de intensidad en los últimos meses y las acciones de los grupúsculos que han quedado aislados en la parte nigeriana de los montes Mandala se limitan, casi exclusivamente, a razias en busca de alimentos y esclavos para trabajar sus tierras o para fines sexuales. Por eso, todavía representan un serio peligro para los habitantes de esta zona, que ante la pasividad del ejército y el Gobierno han organizado sus propios comités de vigilancia compuestos por voluntarios que con arcos y flechas tienen el valor de enfrentarse a los Kaláshnikovs de los yihadistas.

Walla Ngoya, Ndjiga Hivi y Ngargoua Silwa ni se han acercado al mercado, no hay nada que comprar, además tienen trabajo en el campo. Quitan las hierbas que nacen entre las plantas de mijo. Sus maridos han regresado desde Yaundé y Duala para ayudarlas durante la estación de las lluvias. “Pasamos todo el año solas, con miedo, sin hombres que nos defiendan”, se quejan. Pero muestran resignación ante la situación: “Rezamos para que a los hombres les vaya bien en las ciudades y puedan traer algo de dinero para que la familia salga adelante”, comenta Ngoya. La vida para ellas no es nada fácil, incluso conseguir agua para las casas se ha convertido en una tarea titánica. El arroyo de donde normalmente la obtenían está controlado por Boko Haram y no pueden acercarse a él. Ahora están obligadas a caminar horas, colina abajo, para llegar a un pequeño curso de agua que casi se extingue durante la estación seca.

En esta aldea, como en otras que se asientan en la frontera con Nigeria, casi no se ven niños. Los padres los han mandado a vivir con familiares y amigos de zonas más seguras para que no sean secuestrados por los yihadistas. Así, la mayor parte del año, los pueblos quedan prácticamente en manos de las mujeres y los ancianos. Ni ellas ni los más mayores parece que tengan intención de moverse: “¿Dónde vamos a ir? Esta es nuestra casa, no conocemos otro sitio”, afirma Ngoya, mientras baja la cabeza y mira al suelo.

Cientos de miles de personas empleadas en la agricultura, el transporte, la pesca y la cría de ganado se han visto afectadas tras la llegada de Boko Haram. Las zonas fronterizas son inaccesibles y los cultivos de cereales —mijo y maíz, principalmente— han sido prohibidos por el ejército en estas áreas, incluso, también, en algunas no fronterizas, por razones de seguridad. Esto ha provocado una drástica reducción de la producción agrícola. El cierre de la frontera también ha supuesto que esta población no pueda acceder a la sanidad. Antes, ante la falta de centros de salud funcionales en los montes Mandara, acudía a los nigerianos. “La mortalidad infantil y materna ha aumentado grandemente desde que no podemos cruzar la frontera, ahora no tenemos adónde acudir”, comenta Martine Dalika, única mujer en el Comité de Desarrollo de Tourou, un organismo que intenta atraer proyectos a la zona para paliar la situación, sin conseguirlo hasta el momento.

Cientos de miles de personas se han visto afectadas por la llegada de Boko Haram

A este panorama se suman los cientos de desplazados que han encontrado cobijo en casas de amigos y parientes que viven en los pueblos más apartados de la frontera. Esto supone una nueva presión sobre los ya escuálidos graneros familiares, que aunque cultiven algunas parcelas cedidas por la comunidad, la tierra es un bien tan escaso en esa zona, que es poco lo que pueden sacar de ella. No existen cifras exactas del número de personas que se han visto obligadas a abandonar sus hogares y buscar refugio lejos de las fronteras. Estas no cuentan con ningún tipo de asistencia. “A los nigerianos se los llevaron todos al campo de refugiados de Minawao (a unos 50 kilómetros de la zona), donde reciben todo tipo de ayuda. Pero el Gobierno y las Naciones Unidas han abandonado a los cameruneses y los han dejado a merced de la caridad de sus conocidos y esto ha terminado con los últimos ahorros de las familias”, afirma Idrissou Hamawa, lawan de Wandaï.

“A los jóvenes no nos queda más remedio que irnos fuera, aquí no hay trabajo. Antes pasábamos a Nigeria, pero ahora no se puede, por eso hay que viajar hasta las grandes ciudades del sur”, comenta Towkowa Bakawa, recién llegado de Duala para ayudar a su familia con las labores agrícolas en Gossi. Antes de la irrupción de Boko Haram muchos jóvenes iban a Nigeria, donde trabajaban en el campo u otras profesiones no cualificadas o se dedicaban al comercio (contrabando) de productos como gasolina, materiales de construcción y víveres que muchas veces transportaban hasta la frontera de Chad, donde los artículos nigerianos también son muy apreciados.

La falta de empleo y oportunidades empuja a los jóvenes lejos de los montes Mandara. No es tarea fácil, pero el que puede emprende la marcha. El viaje es caro: unos 30.000 francos CFA (46 euros). Muchos se empeñan para poder marchar y después de meses de trabajo consiguen poco más que lo justo para volver a casa a ayudar a sus familias. Otro inconveniente es la falta de la tarjeta de identidad. Desde que Boko Haram se hizo presente en la zona, nadie puede moverse sin este documento, que es continuamente exigido por policías y militares. “Antes era muy fácil obtenerlo”, explica Sarki Haman, lawan de Ldamang. “Bastaba con que yo reuniese a los jóvenes del pueblo y los llevase ante el subprefecto de Mokolo y a todos les daban el carné de identidad porque yo atestiguaba que eran nacidos aquí”.

Ahora las cosas no son tan sencillas. Primero es necesario obtener el certificado de nacimiento, pero en una zona donde no hay hospitales, donde las mujeres todavía dan a luz en sus casas con ayuda de parteras tradicionales y, por tanto, no hay registros, se impone ir hasta la subprefectura, pagar por el viaje de ida y vuelta y abonar 10.000 francos CFA (11 euros) por el documento y luego abonar las tasas de la expedición de la carta de identidad. “Es un dinero que no tenemos, que cuesta mucho conseguir; por eso algunos nos encontramos atrapados aquí a la espera de que llegue nuestra oportunidad”, se lamenta Guitéré Delegué, un joven de la aldea de Barek que se gana la vida gracias a un generador de luz con el que carga los móviles de sus vecinos.

Los que quedan en las aldeas se las ingenian para buscar fuentes de ingresos que les permitan ahorrar para emprender el viaje. Los más afortunados conducen un mototaxi. Ganan dinero transportando personas y mercancías por la zona. Otros compaginan los trabajos del campo con algo de construcción o como ayudantes en los asadores de carne que hay por toda la región o vendiendo artículos de uso diario: velas, latas de sardinas, cigarrillos, cerillas… “Están desesperados por conseguir algo de dinero para irse de aquí. Los ancianos intentamos aconsejarles para que se queden, pero no escuchan, están obsesionados con el viaje”, se lamenta Tsakala Aminou, imán de Barek.

No hay nadie en la zona que se preocupe de traer alternativas para los jóvenes

En otro de los pueblos, Ndrock, el pastor baptista, Robert Guideke, y el catequista católico, Yohana Ldoued, unen fuerzas en la búsqueda de iniciativas que ayuden a los jóvenes a quedarse en el pueblo. “Pero no tenemos nada que ofrecerles a cambio, solo buenos consejos, y eso no les sirve para nada. No hay nadie en la zona que se preocupe de traer alternativas que ayuden a estos chicos a conseguir un ingreso que les permita vivir”, se lamenta Guideke. “Antes de la llegada de Boko Haram no era así, se podía hacer negocios con los que conseguir lo suficiente para mantener a tu familia. Entiendo que los jóvenes quieran irse, pero no es bueno para nosotros, los pueblos se quedan vacíos y desprotegidos”, apostilla Ldoued. También los tres últimos bi (hacedores de lluvia) que sobreviven en Ndrock se quejan: “Ya no quedan personas a las que pasar nuestros poderes, si todos se van nuestra cultura y nuestra religión desaparecerán”, se queja con amargura Medouque Azagoua, acompañado de sus asistentes Baldena Azagoua y Bava Warda.

La migración es cosa de hombres; son pocas las chicas que hablan de emprender el camino, parece que tuvieran asumido que a ellas les toca quedarse al cuidado de las casas, de los pequeños y de los ancianos. “Siempre ha sido así, desde el tiempo de los antepasados”, explica Walla Ngoya, que atrae inmediatamente la aquiescencia de sus compañeras antes de volver a su labor en los campos de mijo de Gossi.

Además de esta grave crisis económica, el conflicto de Boko Haram también ha causado la destrucción de propiedades, casas, escuelas, mercados, carreteras y centros de salud. La poca infraestructura que había en los montes Mandara ha desaparecido. El turismo, que antes de 2014 era una fuente importante de ingresos en la región, quizás haya sigo el sector más afectado. Waza y Rumsiki fueron destinos populares en el pasado, lo que también impulsó la producción artesanal local y los servicios.

En definitiva, llueve sobre mojado en esta estación de lluvias en los montes Mandara: al ya crónico abandono por parte del Estado se ha sumado el daño causado por la presencia de Boko Haram y no parece que las autoridades camerunesas tengan interés por paliar esta situación. En toda esta zona, en la que viven algo más de 68.000 personas repartidas en 23 pueblos, una ONG española es la única organización humanitaria presente con programas de escolarización, ayuda a las víctimas de Boko Haram y apoyo a los comités de vigilancia.

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