Cesáreas, solo las necesarias

Una enfermera de Médicos sin Fronteras cuenta cómo muchas veces se practica esta operación en República Democrática del Congo aunque no sea necesaria y en condiciones precarias

Fatouma tiene 18 años. En unos días tendrá a su primer bebé en Lulingu.
Fatouma tiene 18 años. En unos días tendrá a su primer bebé en Lulingu.Marta Soszynska /MSF
Más información
Abrir un negocio contra el estigma de la violación
El valor de una ecografía en el Congo
Devolver la salud a las mujeres violadas en Congo
La vuelta al cole cuando estás embarazada

En la provincia congoleña de Kivu Sur, muchas mujeres son sometidas a cesáreas innecesarias por diversos motivos a veces tan injustos como el puro interés económico: el precio de una cesárea es de 100 (85 euros) dólares mientras que la asistencia a un parto cuesta 10 (8,5 euros).

En esta región, la situación de la mujer es precaria y su aceptación social es determinada por su capacidad como progenitora y posteriormente como cuidadora de toda la familia. Teniendo en cuenta que pasarán por una media de seis partos a lo largo de su vida, el peligro de ser víctimas de la agresión que supone una cesárea innecesaria forma parte de su día a día.

En nuestros proyectos tratamos a mujeres que no han cumplido los 20 años y que ya han sido sometidas a dos de estas intervenciones. La tendencia de los centros sanitarios con los que colaboramos es realizar de nuevo esta operación. Esta lógica hace posible que mujeres con múltiples embarazos nunca tengan un parto vaginal pues al llegar a la tercera cicatrización del útero, la cesárea se convierte en la única opción. El limitado número de infraestructuras sanitarias con profesionales formados y la falta de carreteras para llegar hasta ellas en este país de naturaleza indomable convierten el acceso a un parto seguro en una odisea.

Paloma Ezquerra, autora del texto.
Paloma Ezquerra, autora del texto. Marta Soszynska /MSF

Jules Cizungou Bizimwa, promotor de salud de Médicos Sin Fronteras (MSF) en el proyecto de Lulingu, en el este del país, nos explica que “muchas madres acuden a chambres de prière (salas de rezo) en las que son tratadas con medicamentos tradicionales porque tienen miedo a las cesáreas. Allí son engañadas. Por ejemplo, estos tratamientos no corrigen la posición fetal, una de las indicaciones para una cesárea. Esto solo retrasa su ingreso en el hospital y empeora su estado de salud. Queremos explicarles los motivos por los que ciertos embarazos acaban en cesáreas y les proponemos que acudan a la binyola (el centro de espera maternal del hospital donde las mujeres son acogidas durante el último mes de gestación) para garantizar su seguridad y que sean asistidas en un centro con los medios adecuados”.

Jules enfatiza este último punto, pues parte de su trabajo consiste en conocer a los distintos actores de las comunidades en las que trabajamos, desde curanderos tradicionales hasta trabajadores de las estructuras sanitarias. “En una ocasión visitamos una clínica clandestina en Byangama (otra ciudad de la misma región). Estos centros son casetas construidas de bambú, con los medios disponibles en la comunidad, donde personal sin cualificación realiza consultas, examina a los enfermos y administra tratamientos, pero en ocasiones va aún más allá”.

Las cesáreas clandestinas son habituales en esta región y suponen riesgos a todos los niveles: una anestesia inadecuada que puede atravesar la membrana placentaria afectando al recién nacido; una infección postquirúrgica por la falta de asepsia o una hemorragia por una mala técnica quirúrgica que puede culminar en una histerectomía (una intervención para extirpar útero) que estigmatizaría a la mujer de por vida.

Los centros clandestinos son casetas de bambú, donde personal sin cualificación realiza consultas, examina a los enfermos y administra tratamientos, pero en ocasiones va aún más allá

En la clínica, nos encontramos a una mujer con sus dos gemelos que había sido sometida a una cesárea. Nos explicó que había seguido las consultas prenatales del programa de maternidad avanzado y que, al tener un embarazo gemelar, había sido derivada por la partera a la binyola. Sin embargo, la familia se negó a que se separara del marido tanto tiempo. Cuando comenzaron las contracciones, acudió al centro de salud e intentaron trasladarla al hospital, pese al riesgo que supone recorrer los 87 kilómetros que les separaban del centro hospitalario y que se traducen en ocho horas de moto. La familia no aceptó y acabó en la clínica clandestina.

Conscientes de que muchas mujeres son dependientes de sus maridos hasta para aspectos tan básicos como el acceso a la salud, ponemos especial énfasis en la importancia de incluir a los hombres en las sesiones de educación sexual.

Desde nuestros proyectos, solventamos los obstáculos que dificultan el acceso al parto seguro y proporcionamos los medios para alcanzar una tasa ideal de cesáreas en la población. Según la Organización Mundial de la Salud, a medida que las tasas de esta intervención aumentan hasta un 10% o 15%, se reduce la mortalidad materna y neonatal. Sin embargo, por encima de este nivel, las tasas dejan de estar asociadas a una reducción de la mortalidad.

En MSF sabemos que las cesáreas son esenciales en la batalla contra la mortalidad maternal y neonatal, pero en los contextos en los que trabajamos el riesgo/beneficio debe ser sopesado para evitar futuras complicaciones. Por ello, la lucha contra este fenómeno, conocido como violencia obstétrica, es clave para salvar vidas, aliviar el sufrimiento y devolver la dignidad en uno de los momentos más felices de una madre.

Puedes seguir a PLANETA FUTURO en Twitter y Facebook e Instagram, y suscribirte aquí a nuestra newsletter.

Normas

Más información

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS