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La adrenalina y el mito psicodélico

El adrenocromo, un metabolito de la adrenalina, se convertirá en un falso mito debido a la retórica alucinada de algunos escritos del universo psicodélico

Hunter S. Thompson, fotografiado en su rancho de Colorado en 1990.
Hunter S. Thompson, fotografiado en su rancho de Colorado en 1990.

Aunque se hiciera célebre por narrar sucesos reales en forma de crónica, Hunter S. Thompson siempre supo que sus lectores agradecerían más un falso mito que una verdad científica. Tal vez por eso, en su conocido relato Miedo y asco en Las Vegas, escribió en primera persona sobre los efectos del adrenocromo, una sustancia mítica para la época.

Se trata un metabolito de la adrenalina del que Aldous Huxley también había hipotetizado en su libro Las puertas de la percepción, tomando como referencia el trabajo del psiquiatra británico Humphry Osmond, el mismo psiquiatra que le pasaría a Huxley la dosis de mescalina que le llevó a experimentar nuevas operaciones enzimáticas para su cerebro. Pero vayamos por partes o mejor, por instantes.

En un primer instante, en su libro Miedo y asco en Las Vegas, el periodista Hunter S. Thompson cuenta cómo el abogado Oscar Zeta Acosta le propone echar un vistazo a “esa botellita marrón que había en su estuche de afeitar”. Es entonces cuando el abogado le ilustra acerca de los beneficios y maleficios del adrenocromo, a lo que Hunter S. Thompson, asombrado, añade que tal sustancia solo se puede obtener de las glándulas suprarrenales de un ser humano vivo. “Si se lo sacas a un cadáver no sirve”. El abogado confiesa que se lo ha comprado a un practicante de rituales satánicos.

Llegados aquí, hay que apuntar que algunas tribus australianas aficionadas al canibalismo -como los grupos de clanes denominados Ngarrindjeri- estresaban a sus víctimas para mantener las glándulas suprarrenales con niveles altos de adrenalina y con ello servirse de ellas como alimento energético. Ahora volvamos a Huxley pues, en su trabajo, Las puertas de la percepción, el filósofo y ensayista británico nos cuenta cómo el psiquiatra Osmond se fijó en la similitud existente entre la mescalina -sustancia alucinógena que se obtiene de algunas especies de cactus- y la adrenalina -hormona que actúa como mensajero químico y que se produce en las glándulas suprarrenales-.

Hunter Thompson escribió que sus manos arañaban sin control el cabecero de la cama y sentía que se le hinchaban los ojos como si se le fuesen a salir de las órbitas. Así estuvo hasta pasada la medianoche

Humphry Osmond descubrió que el metabolito de la adrenalina, el adrenocromo, producía síntomas iguales a los observados por la mescalina. Con esto, Huxley planteaba la posibilidad de nuestro organismo para producir una sustancia química capaz de causar profundos cambios en la conciencia; algunos de ellos “análogos a los que se manifiestan en la plaga más característica del siglo XX, la esquizofrenia”.

En ese mismo instante, Huxley empieza a formular preguntas. Cuestiona si el desorden mental tiene por causa un desorden químico o, si al contrario, el desorden químico es efecto de angustias psicológicas que afectan a las glándulas suprarrenales. Esto ocurre a principios de los años 50 del pasado siglo.

Hay que recordar que la adrenalina es la primera hormona en ser descubierta. Se descubre en 1901, gracias al trabajo del químico japonés Jōkichi Takamine. Pero muchos años antes, para ser exactos en 1748, el místico sueco Swedenborg, que en sus escritos visionarios conjugo la anatomía con la mística, se interesó por “un licor marrón de gusto dulce que protege los riñones”.

El último instante se corresponde con la experiencia del psicólogo y experto en drogodependencias Eduardo Hidalgo Downing. En su libro, El Adrenocromo y otros mitos sobre drogas (Amargord ediciones) nos relata su vivencia tras la ingesta de la citada sustancia. Hidalgo cuenta que se administró la misma calidad de adrenocromo que en su día tomase Osmond, pero en mayor cantidad.

A diferencia del psiquiatra británico, Eduardo Hidalgo no experimentó alteraciones en la percepción pero sí que le invadió una euforia poco común. Con todo, la experiencia fue muy diferente a la que señaló Hunter Thompson en su libro cuando escribió que sus manos arañaban sin control el cabecero de la cama y sentía que se le hinchaban los ojos como si se le fuesen a salir de las órbitas. Así estuvo Thompson hasta pasada la medianoche. “Seguía siendo una ruina balbuciente nerviosa que vagaba por la habitación como un animal salvaje, sudando a mares...”

En su relato, Hunter S. Thompson se sirve del adrenocromo para escribir acerca de sus efectos con la retórica psicodélica que caracteriza toda su obra, lo que convierte el metabolito de la adrenalina en un falso mito, tan falso como la anticiencia que trata enfermedades mediante soluciones con principios activos desactivados. Una exageración como lo fue pensar que aquella sustancia solo tenía como fuente posible las glándulas suprarrenales de un ser humano vivo.

Porque en los tiempos en los que Thompson y Acosta atravesaron el desierto en un descapotable con el maletero cargado de drogas -inicios de los años setenta- ya existía el adrenocromo sintético, de igual principio activo que el segregado por las glándulas suprarrenales de un ser humano con estrés.

El hacha de piedra es una sección donde Montero Glez, con voluntad de prosa, ejerce su asedio particular a la realidad científica para manifestar que ciencia y arte son formas complementarias de conocimiento

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