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Románticos

Trump y Putin quieren ser creíbles para sus votantes. Para eso se reinventan una y otra vez, ensayan guiños, sacan músculo

Donald Trump y Vladimir Putin durante su encuentro en Helsinki.
Donald Trump y Vladimir Putin durante su encuentro en Helsinki. AP

En unos de los ensayos reunidos en El poder de las ideas, Isaiah Berlin se ocupa de la esencia del romanticismo europeo para sostener que fue un fenómeno de una trascendencia infinitamente mayor de la que habitualmente se le suele dar. El gran historiador de las ideas explica que los románticos vinieron a dinamitar una manera de ver las cosas que, por mucho que se encarnara en corrientes filosóficas y religiosas diferentes —e incluso incompatibles—, se sostenía en “la asunción de que existía una realidad, una estructura de las cosas, una rerum natura que el investigador cualificado podía ver, estudiar y, en principio, comprender”. Fueron estos cimientos los que los románticos se dedicaron a masacrar para defender la idea de que no existía tal cosa, que no hay realidad alguna que descubrir: vaya, que toca inventársela.

“De ahí ese nuevo énfasis en lo subjetivo e ideal más que en lo objetivo y real”, escribe Berlin. Por eso, subraya, a los románticos les interesan más los motivos que las consecuencias y, para ellos, “la pureza de corazón, la inocencia de la intención, la sinceridad de propósito son más importantes que obtener la respuesta correcta, es decir, que obtener una correspondencia exacta con lo que es dado”.

¿No les suena todo esto? Igual lo del romanticismo huele a naftalina, pero Trump y Putin se han comportado en su último encuentro como dos auténticos románticos. Las cosas del mundo, el estado de las relaciones entre los dos países que representan, las complicaciones geopolíticas, el control de las armas nucleares: todo eso, y más, les importa una higa. Apuntan en otra dirección, quieren ser creíbles para sus votantes. Y para eso se reinventan una y otra vez, ensayan guiños, sacan músculo y se entretienen con una pelota de fútbol.

Pureza de corazón, inocencia en la intención, sinceridad de propósito, y luego lo que toque en la representación: enfado y firmeza, o sonrisas y bromas. Los románticos trajeron una enérgica defensa de la subjetividad; no está mal. Pero su actitud tenía un lado oscuro, según Berlin: la adoración “de ese artista más siniestro cuya materia prima son los hombres”. Trump y Putin, no lo olvidemos, pertenecen a este tipo de artistas.

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