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Es mejor estar solos que mal acompañados

La inmensa soledad nos debería hacer darnos cuenta de nuestra increíble excepcionalidad

Shanghai al atardecer.
Shanghai al atardecer. © Getty

Anda parte del mundo científico enfrascado en una interesante discusión después de que tres profesores de la Universidad de Oxford, Anders Sandberg, Eric Drexler y Tod Ord, hayan publicado un estudio en el que —en resumen— señalan que probablemente el ser humano y todos los seres vivos del planeta Tierra estamos solos en el universo. Después del quiénes somos, de dónde venimos y adónde vamos tal vez la pregunta más importante que podamos hacernos es: ¿hay alguien ahí? Pues bien, según los tres de Oxford, no. Probablemente.

El asunto empieza en la ecuación de Drake, que en los años sesenta trató de estimar el número de civilizaciones detectables en la Vía Láctea. Este cálculo viene a decir que, en teoría, existen al menos 10 civilizaciones capaces de comunicarse con nosotros solo en nuestra galaxia. Y puede haber muchas otras que todavía no hayan alcanzado el nivel tecnológico de contactarnos. Pero aquí hay que aplicar la paradoja de Fermi. Puro sentido común romano: si hay tanta gente ¿dónde se ha metido todo el mundo?

La paradoja de Fermi es paradójica en sí misma, porque fue formulada algunos años antes de la ecuación de Drake a la que se suele contraponer. El carro delante de los bueyes. Naturalmente respondía a una discusión —estos científicos siempre discutiendo— ya en marcha y que pocos años más tarde Drake cristalizó en su ecuación. La paradoja de Fermi es la que experimentamos todos cuando escuchamos aquello de “todos nuestros operadores están ocupados” y no podemos evitar imaginar —y tal vez acertar— que en realidad no hay nadie. O cuando en cualquier campo a uno le dicen: “No habrá problema, hay gente de sobra y siempre habrá voluntarios” y la cosa acaba con un “¿por qué entonces lo estoy haciendo yo?”.

En su trabajo, los tres de Oxford consideran que los cálculos de Drake son demasiado optimistas. Ellos reducen considerablemente los parámetros que llevan tanto a los planetas con vida, la evolución de esta y su capacidad de civilización. El resultado es que a medida que decrecen las posibilidades de contactar con otras civilizaciones se multiplica la probabilidad de que sencillamente no haya nadie con quien hacerlo.

¿Y sería eso tan malo? Sería lo mejor. En primer lugar porque el ser humano no viviría con más amenaza que él mismo, lo cual no es poco, dada su demostrada capacidad de destruirse y destruir lo que tiene alrededor. Pero con un enemigo —y más cuando es quien te mira desde el espejo— ya hay de sobra. Pero además, esa inmensa soledad nos debería hacer darnos cuenta de nuestra increíble excepcionalidad en un universo tan grande que, simplemente, no lo podemos comprender, salvo que uno sea de ciencias y de los mejores. Y tal vez así tampoco. El que la materia inorgánica —vamos, las piedras, los gases, los líquidos— de una bola rocosa flotando en la nada de pronto se convierta en un complejo mecanismo que transmite en el tiempo una cadena de información (el ADN) y encima una parte de esa materia (el ser humano) sea consciente de sí misma, es sencillamente asombroso e inexplicable. Estar solos nos ayudaría a valorarnos y a valorar lo que nos rodea. Y eso no es poco.

¿Y si, finalmente, encontramos a alguien? Tal vez lo mejor es que le cantemos como haría el guatemalteco Ricardo Arjona: Acompáñame a estar solo.

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