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El fin de los rescates

Grecia volverá a los mercados tras ocho años de ajustes y depresión social

Alexis Tsipras, primer ministro griego.
Alexis Tsipras, primer ministro griego. ASSOCIATED PRESS

Tres rescates financieros y ocho años de ajustes durísimos después, la economía griega volverá en agosto a los mercados y, después de que el Consejo de Ministros europeos aprobara un plan de reestructuración de la deuda, el país pondrá fin a la estricta dependencia de las ayudas comunitarias. Los daños económicos de casi una década de recortes son profundos. El país ha perdido una cuarta parte de su renta desde 2010, la inversión ha caído el 60%, las pensiones se han recortado cuatro veces, la deuda pública total asciende al 180% del PIB y la tasa de paro está en el 21,5% —inferior, en todo caso, a la tasa previa a la declaración de rescate—. La buena noticia es que Grecia, después de la reestructuración de la deuda del viernes y de las reformas drásticas impuestas por Europa y el FMI, dispondrá de estabilidad financiera en los mercados y podrá operar con autonomía relativa a partir de agosto. La mala, que la economía está muy debilitada y que su tasa de crecimiento (en torno al 1,4% anual) augura que continuará la inestabilidad social.

La era de los rescates terminó el viernes pasado en Luxemburgo, con la aprobación del último tramo de ayudas a Atenas de 15.000 millones y una deuda reestructurada a medias (los intereses empezarán a pagarse a partir de 2032 y el plazo de devolución aumenta en diez años). Pero debe quedar claro desde hoy que Grecia no podrá devolver la deuda. El acuerdo de la madrugada del viernes parece más bien un aplazamiento de una decisión inevitable: tarde o temprano Alemania y los países del norte tendrán que poner fin a la representación de firmeza impostada y aceptarán una quita. Con mayor razón si la economía griega se estanca o se empantana en una recuperación muy lenta.

Grecia estaba en una situación catastrófica en 2010. Las causas merecen un análisis ecuánime. No se trataba solo de un déficit público elevado —que fue falseado por las autoridades helenas en su información a Bruselas— ni de un sistema sumamente caótico de bienestar social, que consistía casi de forma exclusiva en acumular empleo público subvencionado; también sufría las consecuencias de una aguda falta de estructuras institucionales, que impedía la organización fiscal —la evasión tributaria llegaba al 10% del PIB—, la represión del fraude masivo, la creación de nuevas fuentes de ingresos o el control racional de los gastos. Grecia era, si se admite el término orteguiano, una sociedad invertebrada.

Pero aunque esto sea cierto y quepan hoy pocas dudas de que fue un error aceptar la entrada de Grecia en el euro, no es menos cierto que Europa impuso a Portugal, Irlanda o la propia Grecia un modelo de rescate drástico muy costoso en términos sociales, estéril en términos de recuperación de la economía y perjudicial para la estabilidad política europea. El modelo que murió el viernes cometió además errores técnicos graves (los multiplicadores que medían el impacto de la reducción del gasto no eran correctos) que cercenaron la capacidad de acción económica de los Gobiernos y agravaron la depresión de las rentas. Una de las lecciones de Grecia es que la eurozona tendrá que cambiar en profundidad el modelo de rescate —con el permiso de Alemania y sus países amigos— si acaso se desata otra crisis financiera global.

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