Análisis
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La república del Dioni

Cada vez que veo a Carles Puigdemont hablando desde su púlpito de Bruselas me acuerdo del Dioni

El expresident catalán, Carles Puigdemont, durante un discurso retransmitido por las redes sociales, el pasado 1 de marzo en Bruselas.
El expresident catalán, Carles Puigdemont, durante un discurso retransmitido por las redes sociales, el pasado 1 de marzo en Bruselas. HANDOUT / REUTERS

El 28 de junio de 1989, Dionisio Rodríguez Martín, el Dioni, aprovechó un descuido de sus dos compañeros de custodia de un furgón blindado y se llevó varias sacas con más de 320 millones de pesetas (unos dos millones de euros). Después de cometer el delito, huyó a Brasil con parte del dinero, se hizo la cirugía estética, se compró un peluquín e intento rehacer su vida hasta que le detuvieron, le extraditaron a España y le condenaron. Años más tarde, cuando salió de la cárcel y se convirtió en una figura mediática, llegó a decir sobre el delito cometido que “trataron de quitarme la dignidad y el orgullo”, como justificando su actuación porque le habían degradado en la empresa a la que robó.

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No sé por qué, cada vez que veo a Carles Puigdemont hablando desde su púlpito de Bruselas me acuerdo del Dioni. Ambos cometieron un delito (el expresidente de la Generalitat es todavía presunto de varios), ambos huyeron de España engañando a sus compañeros y ambos quisieron justificar sus acciones con razones extemporáneas. Es verdad que Puigdemont no ha necesitado comprarse un peluquín.

Dejando a un lado la comparación, llevamos unos meses en los que el expresidente fugado está jugando con sus compañeros de aventura política y con todos los ciudadanos catalanes de una manera escandalosa. El problema es que pasa el tiempo (cinco meses desde el no referéndum del 1 de octubre) y Cataluña sigue enredada en un laberinto del que es imposible salir. El espectáculo del jueves, con la mitad del Parlament votando una resolución para restituir las leyes suspendidas y con Puigdemont renunciando “provisionalmente” a la investidura, es un capítulo más de una mala novela que parece no tener fin.

Mientras los independentistas siguen jugando con una república catalana que no se atreven a defender en los juzgados, los catalanes sufren el desgobierno y la desesperanza sobre un futuro que siempre fue muy prometedor y que ahora no ofrece más que quimeras. Y todo ello, con un personaje que lleva la batuta desde Bélgica, sabiendo que no puede dejar de pedalear porque el día que lo haga se caerá de la bicicleta.

¿Cuándo darán la espalda abiertamente los independentistas a su expresidente fugado? ¿Quién se atreverá a designar un candidato posible para volver a echar a andar la autonomía en Cataluña? Mientras ERC no plante cara a Puigdemont, seguiremos con las mentiras de la legitimidad del Govern en el exilio, con una Cataluña paralizada y, eso sí, una república en Waterloo: La república del Dioni.

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