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Un mundo global marcado por los ‘rankings’

En turismo, esperanza de vida o donación de órganos, España es una potencia mundial. En corrupción o independencia de los medios públicos no sale precisamente bien parada

Campus de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona.
Campus de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona.

En un mundo globalizado y estandarizado las estadísticas comparativas sirven para calibrar la salud de cada país y establecer analogías o diferencias respecto a sus vecinos. Hay indicadores para mensurar todo: desde el paro laboral y los salarios de los trabajadores hasta el nivel de polución en las grandes urbes pasando por la tasa de divorcios o el precio de la electricidad. Hay baremos internacionales, como el turismo, la esperanza de vida o la donación de órganos, en los que España es una potencia mundial encaramada al podio desde hace décadas. Pero hay otros índices en los que no sale precisamente bien parada.

En excelencia universitaria obtiene un rotundo deficiente. En el ranking de Shanghái, que mide los mejores campus del mundo, la clasificación está encabezada por Estados Unidos y Reino Unido, que albergan las tres instituciones más valoradas: Harward, Stanford y Cambridge. España, por en contrario, es el único gran país desarrollado que no tiene ningún centro entre los 200 primeros. Y entre el puesto 201 y 300 solo aparecen tres instituciones: Pompeu Fabra, Barcelona y Granada.

Tampoco está España en las primeras posiciones si se examina el índice de percepción de la corrupción. En su último informe global, Transparencia Internacional le otorga un aprobado raspado con una puntuación de 57 sobre 100, la peor nota de la serie histórica de la organización, que arranca en 2009. España figura así en el puesto 42 de los 180 países evaluados y se sitúa a la misma altura de Chipre, Dominica y la República Checa.

La percepción de la corrupción se incrementa en aquellas sociedades en las que la libertad de expresión y de información son frágiles. Y en este capítulo, España no tiene mucho de lo que presumir. El mapa mundial de Reporteros sin Fronteras sobre libertad de prensa ubica a España en el puesto 29 de los 180 Estados examinados, por detrás de Namibia, Ghana y Cabo Verde, donde el último proceso por difamación se remonta a 2002.

Un buen termómetro para calibrar la libertad de prensa es el comportamiento de los medios públicos. Y aquí, España sigue batiendo récords en cuanto a falta de independencia cuando se sintoniza la televisión. Igual da que sea la catalana TV3 o la estatal TVE, a la que el Parlamento Europeo acaba de sacar los colores. La Comisión de Peticiones admitió la semana pasada a trámite la solicitud formulada por los periodistas de la cadena estatal para que la Eurocámara estudie y, en su caso, adopte las medidas necesarias para que el Gobierno garantice el respeto de los principios de objetividad, pluralidad e imparcialidad en TVE.

Además, la Comisión de Peticiones ha encargado varios informes para testar el estado de la cadena y verificar si, como dice el Consejo de Informativos, desde hace cinco años se incumple la legislación nacional y comunitaria al privar a los ciudadanos de una información veraz y plural. Los grupos parlamentarios españoles podrían tomar nota de la iniciativa del Europarlamento y poner de una vez por todas los medios para regenerar RTVE con altura de mirar y sin enrocarse en posiciones partidistas.

 

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